lunes, 13 de abril de 2026

EL DOLOR DEL MAESTRO

 


El maestro tiene en contra el salario, que es y ha sido siempre una labor lastimada por el dinero. Y tiene en contra la demagogia, esa que lo señala como responsable de todo problema educativo. ¿Y los sistemas, y los padres de familia, y los alumnos? ¿Cómo manifiesta el maestro su dolor cuando él mismo ya no es ni representa un epítome de conocimiento y autoridad moral? Aunque en el maestro recae el mayor peso de todo factor educativo, los sistemas bloquean sus recursos, los alumnos entorpecen sus labores y los padres de familia lastiman sus funciones. Los sistemas dependen de los programas, y los programas de las decisiones institucionales, del gobierno. Los alumnos dependen de los sistemas y éstos también de los consorcios sociales y culturales. Los padres de familia son parte de un sistema y a la vez son herederos de una educación moldeada por ella misma; y por decisión propia desde luego. A la sociedad no la mencionamos pero está incluida pues es en cierto modo, sinónimo de sistema, de cultura y de institución, de todo.
Pero al maestro le duele lo directo, lo que hacen o no hacen sus alumnos. Al alumno ya no le interesa aprender, sino imponer. No le interesa reflexionar, sino soslayar. No se quiere comprometer, sino entretener. No sabe cómo implicar ni responsabilizar, pero sí evadir, evitar, ahorrar, juzgar, grillar y regatear. —¡Pero no todos y no en todas las escuelas!— diría el comentario opositor. ¡Obviamente!, si particularizamos perdemos el foco, por eso el problema debe verse en perspectiva.
En las aulas el alumno es un ente más pasivo que activo, es un receptor. El maestro por el contrario, para impartir su clase la debe preparar, debe supervisar, debe calificar, se debe actualizar, debe modular su sistema frente a las respuestas, debe investigar y debe estimular el pensamiento crítico, todo esto bajo una actitud asertiva para mantener la clase viva. Por eso es insostenible que las actitudes descalifiquen y califiquen maestro, que lo maltraten, lo señalen y lo juzguen, mientras que al estudiante le amplíen el espacio cada vez más para justificar las indolencias de todos, para vanagloriar lo identitario y para evadir la responsabilidad de mostrarle el camino correcto.
"Aristóteles fue alumno de Platón durante 22 años, antes de proclamar sus desacuerdos, de darse el derecho de decir. Probó su excelencia antes de darse, y cuando lo hizo, no humilló a su maestro" (Antaki). Los alumnos ahora critican sin saber, proponen sin entender, evalúan porque sí e insultan al profesor. Y las instituciones colaboran en el delirio: destruyeron los exámenes, sobajaron las tesis, hicieron de los grados un mérito de pacotilla, exaltaron la antigüedad académica, inventaron las competencias como un modo de gestión curricular, cuando en verdad son justificantes de falta de capacidad; hicieron a un lado la disciplina y la suplieron con el apapacho, en donde metieron la procrastinación, el lenguaje inclusivo y la sicología; nunca previnieron las saturaciones, ni los presupuestos ni los problemas de transporte; y nunca retomaron, como aquellos gloriosos años de prospección educativa, que a través de una buena educación se podrían vislumbrar horizontes de progreso, nacionalidad y construcción, de humanización, de civilización.
Los maestros ahora se deben inclinar al alumno, le deben pedir permiso, deben ser flexibles con ellos y se deben dejar evaluar por ellos; y para ser políticamente correctos —aunque no crean en eso y estén convencidos de que está mal—, ni siquiera lo pueden comentar. ¿Que hay maestros malos y que bien cabe implicar el factor democrático para enaltecer el respeto y la igualdad? Claro que hay malos maestros, como hay malos alumnos, malos padres, malas instituciones. El sazón del caldo que hace a la educación se hace con todos los ingredientes, pero no olvidemos que la democracia no ayuda siempre a aplanar las cosas y que el respeto se hace con el establecimiento bien definido de jerarquías. ¿Cómo va a saber un estudiante lo que requiere, lo que debe, lo que no debe?
Como hay malos maestros, hay cada vez menos casos de excelencia en los alumnos ¿Entonces para qué tantas becas, tantos apoyos, tantos intercambios, donaciones y permisos? El alumno aprende rápido de esto, se da cuenta que con el mínimo esfuerzo pasa la materia, pasa el extraordinario, le dan la beca, se va al extranjero. Mientras tanto, el maestro aboga por más horas, por definitividades, por escalafones, por llenar su currículum, por complementar su salario, por atender peticiones para sus superiores, por llenar los informes, por tolerar humillaciones.
La labor del maestro requiere cada vez más de alumnos dispuestos, pero las aulas están llenas de estudiantes de los que solo uno o dos valen la pena. Al maestro le demandan más, al alumno cada vez menos. Al estudiante lo hacen ver de una carne y hueso hipersensibles, al maestro parece vérsele como de madera o cartón. Eso inexorablemente lo frustra, lo desanima, lo hace sentirse menos, le duele.
Los sistemas rigen, pero también descorrigen. Enseñar ya no es la idea epitética de loabilidad, herencia, tradición y máxima expresión humanas. Educar es un trabajo más para ganar dinero. Aprender es un pretexto para tener trabajo. Sí, como tradición, pero a un nivel cada vez más deplorable, por cumplir más que por saber, por el documento más que por conocimiento. Esto debe dolerle a la sociedad, no sólo a los maestros. Dolor en el deterioro social, en la falta de civilidad, en la carencia de proyectos que vayan más allá de lo material. Ver la labor del docente como un mero trámite hace así al maestro un tramitario, un vehículo, no un transmisor; un juguete del sistema en vez de un eje rector. ¿De quién es la culpa? Buscar culpables sin un retrovisor es una búsqueda estéril, porque la construcción de una sociedad es de cada integrante de la misma. Y porque cuando se buscan culpas es porque no se asumen responsabilidades.
La estera en donde se recarga el maestro para subsistir es su trabajo mismo, su aula, su taller, su laboratorio, sus extensiones/complementos. Lo que le duele al maestro es un síntoma importante de un gran padecimiento social, que por cierto, él padece al mismo tiempo que enaltece. ¿Es entonces víctima y gestor a la vez? Sí y no ¿Que por qué? Porque esto no es un mundo de buenos y malos, sino de responsables e irresponsables en un mundo irresponsable. Con la debida anestesia, claro.


Una cita de Ikram Antaki sobre la defensa del maestro, para reafirmar:


"Tenemos hoy día la demagogia de considerar que los problemas de la educación se generan cuando los maestros son malos. No nos atrevemos a decirles a los alumnos: —Ustedes son malos—. Muchos alumnos no vienen a aprender, sino a enjuiciar y a grillar. Pequeños jueces ignorantes de 17, 18 años que no saben, porque no pueden lógicamente a esta edad saber. Que no conocen las reglas del derecho ni la larga experiencia del abogado; y que nadie, salvo ellos mismos, se han nombrado jueces. Vienen y decretan: —Esto está bien, esto está mal, yo lo haría de esta manera... Desde lo alto de su chaparro conocimiento, de la estrecha llanura de su vida ¡Ya basta!".

(Podcast Ikram Antaki)

viernes, 3 de abril de 2026

LA ETERNIDAD

 


Conocí a un hombre en el desierto, un anciano terso. No me sorprendió verlo ahí, sino cómo había sobrevivido en ese lugar por años. Me dijo con serenidad que eso no tenía importancia. Me llevó a caminar con él por las dunas. Nos sentamos a contemplar el crepúsculo. Me pidió que no parpadeara hasta que se metiera el sol y que guardara silencio. Sin darme cuenta el cielo se apagó y con ello, mi concentración. Enjuagué mis ojos y respiré hondo. Busqué al viejo pero ya no estaba.
Intenté regresar a mi base pero no la encontré. Me sentí perdido al principio pero luego me acostumbré a estar solo, a no comer, a no aburrirme. En un santiamén pasó una eternidad. Me topé con un joven extranjero. Me preguntó cómo había sobrevivido ahí por años. Para mí no tenía ninguna importancia. Entonces, para contestar su respuesta y sin usar el lenguaje, le pedí que me acompañara a caminar por ahí. Le mostré el portal para que viera por sí mismo, y me fuí.


domingo, 22 de marzo de 2026

Enseñar y aprender a dibujar (aforismos)



Picasso dibujando en el aire con un haz de luz


— Los dibujos de niños menores de 5 años se deben ver como lo que son, un reflejo de asimilación y representación primitiva del mundo, nunca como una sobreexposición de talentos y logros.

— Festejarle un dibujo mal hecho a un niño es como festejarle que se haga popó en los pantalones. Los parámetros de exigencia formativa deben estar ligados con la realidad que los contiene, de otra manera se generan realidades inexistentes, falsas espectativas, éxitos de papel.

— Entre más temprano se aprende a dibujar, mejor recepción se tiene de lo que es saber dibujar.

— El poder de la conciencia social define la idea que se tiene de lo que es dibujar: algo divertido, informal, sin complejidad, sin seriedad; de lo que se sabe que hay grandes obras pero de lo que no se puede vivir.



— Los padres son los primeros en frenar la intención del joven de dibujar: —¿De qué vas a vivir? ¿En qué vas a trabajar? Te vas a morir de hambre ¿Porqué no estudias algo de verdad?—.


— Si el dibujo es un fin, es porque en él se define un trayecto de principio a fin. Si es un medio, es porque con él o a través de él se construye otra cosa. Si se le excluye con el argumento de que no es necesario o es un impedimento, es porque no se acepta su integridad técnica ni creativa.


— Lo susceptible es lo personal, lo emocional sobre-expuesto, lo condescendiente. Así no se aprende nada, se justifica que no se aprende.

— Conocer los materiales y las técnicas hace al dibujante conocerse a sí mismo.


— Conocer las técnicas no es saber cómo se utilizan, es dominarlas.


— El estudiante cree que si una técnica le sale bien a la primera, con eso ya la conoce bien, entonces decide que le gusta e insiste con ella; entonces lo que le sale mal no le gusta y se aleja. Es al revés.


— La disciplina para dibujar es la misma que se requiere para hacer cualquier cosa.


— El tiempo que se tarda en hacer un dibujo es muestra y reflejo a la vez, de la capacidad de solvencia del dibujante.


— La dificultad de un dibujo se amolda al tiempo. Hay dibujos rápidos que son tan difíciles como los que se llevan mucho tiempo. No hay garantías. Tardarse no es hacer bien las cosas, hacerlo rápido no es hacerlas al aventón.


— La gente que no aprende a dibujar aprende cómo justificar que no sabe dibujar.


— Cuando era estudiante, muchos de mis compañeros que se daban cuenta que no daban una con el dibujo, se hicieron fotógrafos. Los que siguieron en una línea que pedía dibujo, como grabado o pintura, hallaron formas de evadir el dibujo con abstracciones o estilos cachetones. Y otros —los peores—, se hicieron artistas contemporáneos. Ahora se añaden otros al espectro, los que se dedican a la investigación.


— Generalmente los alumnos no saben qué es dibujar; piensan que copiar un molde que les gusta es dibujar.


— El tiempo que tarda un estudiante en aprender a dibujar es relativo en razón de la energía, compromiso, responsabilidad, disciplina y cultura visual que tiene o se autogestiona.


— El alumno que se queja, que se la pasa platicando, usando el celular, que ya se quiere ir o que no lleva sus materiales en plena clase y todavía le pregunta a su profesor que qué hace, es una persona que no sabe qué quiere ni porqué está ahí.


— La capacidad cognitiva aplicada al dibujo es el nivel de atención, asimilación, concentración y sacrificio que aplica el dibujante para hacer su trabajo.


— Después de más de 30 años de enseñar dibujo, puedo decir con autoridad que nunca he tenido alumnos excelentes. Los más sobresalientes se sienten tan seguros, que terminan atascados. Y los demás, ven al dibujo como un mero trámite, como lo ven también las instituciones en donde se enseña.


— Cada vez que califico los dibujos de mis alumnos me imagino en una institución en donde puedo elegir a los que realmente valen la pena.


— Los alumnos vienen muy mal, no saben hacer nada con las manos, tienen una cultura visual deplorable y no tienen enraizado el pensamiento crítico, la capacidad cognitiva.


— Cuando entran a las facultades se dan cuenta inmediatamente que el nivel de exigencia es lo que menos importa y que la identidad, los gustos personales o colectivos tienen preponderancia. Y aprenden, lamentablemente, que cualquier resquicio por donde pueden meter un cambio, un camino corto o un pretexto para no esforzarse, es válido.


— Explico muy bien los conceptos dos veces y cómo hacer los ejercicios, les pongo un ejemplo visual o práctico, pregunto si tienen dudas, si todo está claro. Nadie dice nada. Luego, ya en la práctica, no falta quien me pregunta que qué se va a hacer.


— Quieren ruido, gentío, platicar, mitote... El silencio, la soledad y la concentración los aburre.


— En un curso de dos semestres mis alumnos hacen cientos de dibujos. Cuando termina, se me acerca uno y me pregunta por el manual ideal para aprender a dibujar.


— Si los alumnos están mal, es porque sus maestros, su escuela, su sistema y su país están mal. Y sin embargo, es su responsabilidad, su elección estar mal.


— El talento es una cualidad susceptible de ser útil o inútil.


— El cansancio es reflejo de una inversión de trabajo, sea que valga o no valga la pena.


— El alumno ya sabe que regatear le funciona en otros espacios. Si te regatea como profesor y cedes una pizca, no podrás apretar después.


— Pocos alumnos saben qué hacer con la pluralidad de profesores de dibujo que tienen. Solo ven el cambio de profesores que tienen, pero no procuran un cambio en sí mismos.


— El alumno consciente de sí mismo no posterga, no espera hasta la clase, no se conforma. Busca más allá, se pregunta, se exige a sí mismo, nunca se llena, dibuja más de lo que ve en su clase.


— Fuera de clase los veo caminar por los pasillos con una cámara en el cuello, comiendo, platicando, riéndose. Nunca los veo dibujar.


— Pocos profesores de dibujo saben bien cómo calificar a sus alumnos. Esto es compatible con los pocos profesores de dibujo que saben dibujar.


— Un maestro que imparte dibujo y no sabe dibujar es como seguir pensando que la tierra es plana.


— Enseñar a experimentar a locas no es enseñar a dibujar. Dibujar a locas es anteponer todo factor susceptible a la razón.


— Un maestro pone a sus alumnos a hacer un dibujo de copia por dos meses hasta que les queda. En el ínter de hacerlo, los alumnos platican, comen, escuchan música, dan un trazo cada diez minutos. No aprenden a dibujar, aprenden a postergar lo que puede hacerse en una hora.


— Al comienzo de mi labor docente pensaba que el problema era generacional, propio de la edad o propio del contexto académico. No, el problema es la incapacidad individual de ser responsable.


— Para calificar un dibujo, se debe ser objetivo, y para eso los ejercicios deben ser objetivos en la manera en que se enseñan. ¿Cómo calificas algo que no tiene pies ni cabeza?


— Enseñar a dibujar es enseñar a percibir el mundo. Va junto con pegado.


— Calificar 40 tareas de cada uno de mis alumnos es mi trabajo. Pero calificar 35 tareas hechas al aventón, es una pérdida de tiempo.


— Para evaluar, se ponen los elementos formales a revisar y los elementos antecedentes, lo que ya se enseñó y se debe aplicar por asimilación. Se revisa la técnica, que incluye lo técnico/formal y el manejo de los materiales. Pero otros factores, como la limpieza, la capacidad de elección y el juicio introspectivo, se reflejan en los resultados.


— Los maestros son genios, hablan como si supieran de todo, lo critican todo, están inconformes, algunos son contestones y agresivos. ¡Pero no saben dibujar!


— Un maestro de dibujo elige a sus consentidos, a los demás no los atiende. Hace dibujos peludos, de esos con un montón de rayas y les enseña a sus alumnos a dibujar así. Como sus dibujos se parecen a los mangas y a las historietas de súper héroes, a los chicos les encanta.


— Una maestra de dibujo es impuntual y se va temprano, y lo peor: pone a sus alumnos a "experimentar". Los alumnos no entienden al principio qué es lo que les pide, pero se trata de dibujar a locas, de soltarse, de "sentir" el material, de trazar sin ton ni son porque no importa la técnica, sino cómo se siente. Al final los alumnos "entienden" lo que deben hacer, pero la maestra, como no tiene parámetros racionales para lo que les pide, no sabe al final del curso cómo calificarlos.


— Tuve un maestro de dibujo cachetón. Entraba al salón con una grabadora y ponía a todo volumen una música extrana en francés. Y luego, a gritos, pedía que se trazara sin parámetros, rayando el papel como si se tallara una prenda en el lavadero. Lo más irrisorio es que había una modelo y cada cinco minutos el maestro cambiaba la pose.


 Darse cuenta es el primer paso para aprender bien. Y eso no tiene nada que ver con que les guste, se identifiquen, tengan al maestro ideal o esté cerca su escuela.


 Tener cultura visual es un proceso muy largo y doloroso. Lleva años, nunca se acaba y exige hacer sacrificios. Es una tarea paralela a aprender las técnicas. Muy pocos aprenden a dibujar, pero casi nadie sabe dibujar y tener cultura visual a la vez.


— Dibujar sin saber dibujar no es dibujar, es aprender a dibujar. ¿Se trata de que algo este bien o mal? No, se trata de dilucidar el proceso de aprender, no de dar por hecho cualquier trazo.

— Cuando se encuentra un modo de resolver se deben agotar los resultados y pasar a otra cosa. De otro modo el dibujante ya no se busca, se auto complace.

— Lo que se dice con dibujo no se puede decir con otra cosa, pero eso no significa que cualquier cosa en cómo se dice y lo que se dice valga la pena.

— Los dibujos bellos no son los bonitos que a todos les gustan. Son los que suman una mezcla entre sencillez y complejidad, y que reflejan con exactitud, una proyección representativa del mundo.

— En mis clases de dibujo los ejercicios rápidos son siempre más complejos para mis alumnos que los dibujos prolongados. No es la presión de hacerlos rápido y que no los terminan, es que no saben que los dibujos valen por su nivel de exigencia, no porque son bonitos.

— Conceptualizar los conceptos de dibujo es tan complejo como domar la mano y el ojo. Se debe insistir en comparar y cuestionar lo que se hace, en desestabilizar lo establecido, en hacer del acto de dibujar una acción intelectual suprema.

— En la enseñanza del dibujo se debe abarcar un espectro amplio que incluya variedad de tiempos, velocidades, tamaños, conceptos, actitudes, ejemplos y referentes, sin perder de vista la cultura visual que lo respalde.

— ¿Si se deja de dibujar se pierden facultades? No exactamente. No es como andar en bicicleta.

— Saber dibujar es saber dibujar. Esto aplica a cualquier disciplina en donde se enseña dibujo.

— El nivel de atención sobre lo que se dibuja es el foco que determina lo que se quiere dibujar. El que no logra hacer eso no aprende a dibujar nunca.

— Si le quitamos lo artístico al dibujo, tenemos un oficio, no un intento de pertenencia.

— Se debe dibujar todo tema y motivo, para modular la percepción, para establecer criterios comparativos, para hacer de la mano un instrumento universal. El experto en algo es ignorante en todo lo demás.

— Planas de líneas rectas, de líneas curvas, de figuras geométricas, con la mano derecha, con la mano izquierda, como cuando aprendimos a escribir.

— La dignidad en dibujo es cuando se reconoce que algo se gana y algo se pierde. No todo es gloria, los fracasos enaltecen.

— Dibujar de la misma manera so pretexto de que es un estilo, es justificar lo injustificable.

— Buscar un estilo no es buscar nada. El estilo es consecuencia, no principio.

— El que sabe dibujar no dice que sabe, lo demuestra


— No se aprende a dibujar con práctica constante, se aprende con la constante práctica de ver el mundo y de verse a sí mismo.

— Si me preguntaran con cuántos alumnos me gustaría trabajar, diría que no es el número sino la intensidad con que se comprometen. Y ahí sí, me quedaría con dos o tres de los cuarenta que tengo cada año.


— La conexión entre saber ver, saber elegir del mundo, dominar las técnicas y saber qué decir con el dibujo, es dibujar.


— Mis primeros dibujos fueron iguales que los de cualquier niño de 5 años. Los que hice a los doce ya no tenían nada que ver con los de los demás. Con la edad se definen modos de ver y en consecuencia, de hacer.


— Si no existe el entorno adecuado para hacer a un buen dibujante, se debe crear uno. Estar en una escuela en donde se enseña dibujo ya es tener un entorno propicio. Otra cosa es que algo germine.


viernes, 13 de febrero de 2026

PIEZAS DE LEGO

 


Distendí muy bien mis argumentos. Tendí mis ideas, haciéndolas coincidir con las del proyecto, las de la institución y las del modelo civilizatorio, como hace la mucama con las sábanas limpias, para que les dé el sol y queden frescas, blancas y perfumadas. Pero convertí mi tiempo en su tiempo. Recorté mi salario intelectual, para así podernos ver debajo de la mesa, no por encima. Edifiqué unas estructuras bien medidas, primero con piezas de lego, aunque ya no pude después con materiales de verdad. Adapté mis maquetas, les quité piezas, alteré las escalas (a la medida de ellos), dejé zonas sin retocar. Regresé a la bibliografía básica; les propuse otra, pero no la leían, no la comprendían. Preparé el motor para volar, pero a la mera hora tuvieron miedo; otros se enojaron, me señalaron entre ellos y se decían que qué me pasaba. Apagué el motor, les dí chance una y otra vez, y no. Querían volar de avioncito, con los brazos abiertos y corriendo en círculos mientras hacían trompetillas. Les grité al pie del avión que podían subir, que el motor estaba encendido, pero no. Unos me ignoraron, otros ve veían mientras seguían con las trompetillas y otros más me mentaron la madre. No los oí pero leí sus labios.
Arriba en el cielo volaban otros aviones, de diferentes especies. Un amigo allá arriba me llamó por el walkie talkie: —Qué demonios haces ahí?— dijo riendo.
Perdí mis esperanzas. Me subí a mi avión y los dejé atrás. Cobrando altura miré hacia abajo y los ví, haciendo cabriolas, entre piezas coloridas de lego, como en sus maquetas.

miércoles, 11 de febrero de 2026

APOTEOSIS VISUAL

 



" "El árbol gris" y "Composición 2 en rojo, azul y amarillo" Piet Mondrian

Los árboles de Piet Mondrian establecen una jerarquía equilibrada entre la forma y el espacio. Los cuadros rojos, azules y amarillos, por su parte, son más una glorificación conceptual que una proposición formal. En los árboles hay complejidad, en los cuadros de colores hay simpleza y concreción.

Los focos históricos que dieron origen al diseño actual son muchos: la invención de la imprenta, la fotografía, las técnicas fotomecánicas, la prensa, la tipografía... La Bauhaus es apenas un remanente consecuente de más de dos mil años precedentes.

La técnica de pintura al óleo es hija de la pintura al temple, y ésta de la pintura al fresco. El óleo no es ensalzado por su dificultad, sino por su predominancia histórica, apenas de 500 años.

La aceptación del figurativismo por sobre el abstraccionismo es respuesta a un modo de interpretación del mundo, coincidente con un tipo de afiliación social, no con una valoración estética real. No es que sea mejor, no. Es que es coincidente con la idea de lo que es el mundo visual: algo reconocible, aunque no se sepa nada de él.

El empleo dominante del rectángulo como formato universal es respuesta a factores prácticos de utilidad y usabilidad, íntimamente vinculados a múltiples modalidades perceptivas y representativas: perspectiva, proporción, ergonomía, masa, una pizca de tradición y modulabilidad.

La cultura de la pantalla es cada vez más una reafirmación de una realidad hecha con luz artificial.

La necesidad como justificación de producción visual tiene varias jerarquías, todas ellas determinan un tipo de visión sobre su disciplina: expresión, persuasión, satisfacción, comunicación, contraposición, dominio, posicionamiento, tradición, exaltación o simple locura. ¿Razón?, muy poca.

La composición es la relación espiritual entre la belleza y la aspiración a la perfección.

"El buey desollado" Rembrandt 


En "El buey desollado" de Rembrandt, lo bello es primero, lo plástico de la pintura, cómo está hecho. Segundo, la relación entre el phatos y el cuerpo, imagen cárnica que remite inexorablemente al memento mori. Y tercero, lo terrible como lo horrible, lo feo como lo trágico, lo extremadamente sensible como lo irremediablemente temporal. Por eso es bello.

Lo simplemente bonito es lo simplemente bien hecho pero hueco. Lo cursi es lo bien o mal hecho pero pretencioso. Y lo sobrio es lo bien hecho y a la vez asertivo, suficiente pero no tanto para ser genial. Lo genial es de otros niveles, de otro planeta.

"La Gioconda" Leonardo da Vinci

Lo apoteótico de la Gioconda no está en el supuesto misterio de su sonrisa, ni en su mirada, ni en las manos, ni en el paisaje de fondo. Se encuentra en la unidad de cada una de sus pinceladas, que son a su vez, la incólume proyección espiritual de una mano distendida, que supo transformar lo terrenal en "lo divino" para trastocar su realidad taciturna. Nadie puede comprender eso si no es pintor. Y ningún pintor puede sentirlo si no es Leonardo da Vinci.

"Mujer llorona" Picasso

No todos los Picassos son Picasso. Lo que es de Picasso es lo incomprensiblemente replanteado e inventado. Lo demás son rostros chuecos.

El arte del artista no es pretender serlo, sino serlo al mismo tiempo que pretende hacer arte sin pensar que lo sea.

Lo descriptivo, lo simbólico, lo metafórico, lo visceral, lo terrible, lo decorativo, lo histórico, lo costumbrista, lo religioso, lo banal o lo cotidiano. Formas congruentes o coincidentes de abordaje a los temas en el arte; como formas plásticas con qué "decirlos".

La obra anónima no intercede identidades para hacerse ver, entender y valorar. Su anonimato permite vislumbrar su compromiso espiritual, no su posicionamiento social.

Festejarle un dibujo mal hecho a un niño es como festejarle que se haga popó en los pantalones. Los parámetros de exigencia formativa deben estar ligados con la realidad que los contiene, de otra manera se generan realidades inexistentes, falsas espectativas, éxitos de papel.




miércoles, 4 de febrero de 2026

LA PERSISTENCIA DE LA RAZÓN

 

La versión de Disney de la reina de corazones

Domesticar lo trágico de la vida está en la persistencia de lo que se hace. No para someter a la realidad. No para comulgar con las identidades y las susceptibilidades. No para enaltecer los sueños y la magia. Sino para aprovechar al máximo el tiempo, el esfuerzo y todo factor de subsistencia. Si ya estamos aquí entonces hagamos lo que tenemos que hacer; y si es posible, hagámoslo tan bien que lo vivamos bien.

Si la práctica hiciera al maestro, bastarían pocos años para tener buenos políticos, buenos maestros, buenos herreros, buenos albañiles, buenos padres, buenos ciudadanos...
La construcción del yo, que es paralela a la del trabajador, el profesionista o el artesano, se nutre de acciones, no de teorizaciones, pero una minima dosis de racionalidad es siempre necesaria para enaltecer el trabajo, para que valga la pena lo que se hace y entonces sí, la persistencia dé frutos. Consciencia.

Hay gente que lleva años practicando su oficio y siempre lo hace mal. Entonces no es la práctica solita, es la pertinencia de lo que se hace, que es la conjunción entre un buen esquema o modelo de instrucción y una buena dosis de compromiso. ¿No nos quejamos siempre del otro que no hace las cosas bien? ¿No son ellos los que repetidamente, después de hacer lo que hacen mal, no lo depuran? Aquí nada tiene que ver si la acción es un oficio o una profesión. Puede ser la vida misma, que requiere por simple subsistencia, que las cosas se hagan bien, que se respete el dinero, el tiempo y la energía del otro. Un simple servicio mal hecho de tintorería, cerrajería o mecánica es suficiente para no volver más. Los negocios no truenan por mala estrategia, sino por mala producción. Si el dentista se empeña en quitarle la muela al paciente, con un argumento que sólo él entiende, será suficiente para ganarse unos pesos de más. Y cuando otro dentista le dice que eso no era necesario, el primero habrá perdido un cliente.
En la formación es lo mismo. Una estudiante de mi clase de dibujo me dijo que la práctica hace al maestro. ¿Por qué entonces no hacen eso? ¿Por qué se conforman con tres ejercicios de acuarela que tienen que entregar al maestro en vez de hacerlo cien veces por su cuenta hasta dominarlo? ¿Por qué regatean el costo de los materiales, el esfuerzo, el compromiso? ¿Qué es entonces para ellos el tiempo? ¿Que algún día lo harán, que alguien lo haga por ellos o que se haga solo?
Regresamos a la culpa del otro, ese que hace las cosas mal. Yo no.

La práctica sin pertinencia no genera super dotados, al contrario, produce conformistas, criticones, quejosos y corruptos. Dibujar mil veces lo mismo hará al maestro si lo que se dibuja y cómo se dibuja contiene los elementos suficientes para validar su pertinencia. Hay cosas que si se repiten, sirven para aprender a dibujar, y hay cosas que no sirven para nada, por muy bonitas o sabrosas que sean.
Dominar la acuarela requiere primero aprender bien la técnica y luego repetirla. Aplicarla mal y repetirla mil veces es hacerla mal mil veces, y eso no hace a nadie maestro. El espacio para repetirla no está en la clase, está en quien realmente abre un espacio porque quiere hacerlo. Los referentes ayudan, pero cuando el profesor no da la pauta correcta para referirlos bien, el alumno chifla en la loma.

Y que no se nos olvide, el alumno no sabe, el que sabe es el maestro. —¿Cómo que el maestro tampoco sabe? —¿Cómo que el alumno cuestiona al maestro?—

En el país de las maravillas la locura y el sinsentido hacen parecer que la loca es Alicia.
—¡Que le corten la cabeza!— Al fin y al cabo la persistencia de la razón vale un comino.

martes, 27 de enero de 2026

BREAKING BAD

 

Imagen del cartel promocional de la serie televisiva "Breaking bad" (alusión referencial)

Mis reglas son muy estrictas, pero ellos siempre encuentran el mínimo espacio para contradecirlas. Ellos harán lo que no dije porque no lo dije, no porque esté permitido o sea informal. Ellos lo saben, pero no les importa.

Con un bafle a todo volumen se instalaron sin permiso en los oídos de todos. No hay permiso porque los permisos los permite al que le importan un bledo los permisos.

Que no me lo hagan a mí. Doy por hecho que la desgracia de los demás es aparte de la mía, aún cuando vivamos en la misma sociedad.

Aviso de oficina: —El negocio abre a las 9 y cierra a las 8. El horario de comida es de 3 a 5, aunque comamos en la sala de juntas con la puerta abierta cuando nos dé la gana y a la vista de todos. El de hacer chismes es a cualquier hora. El de ver las redes, todo el tiempo. Las contrataciones y las artimañas para mantenerse en los puestos o contratar a familiares se hacen a escondidas. Si ve que no hay nadie o no se le atiende, sea tolerante o venga otro día. Si es cuate no se preocupe, tiene las puertas abiertas de par en par—.

Tengo mil costras. Las cultivo arrancándome unas, mientras se me hacen otras. Las llagas nunca sanan, pero las costras mantienen viva la llama de mi vida, pues al devorarlas redimo la parte espiritual de mi piel que no tiene heridas.

El ungido cumple el sacramento en sí mismo, aún cuando se sepa impuro o impío. El que unge no revisa el perfil de quien unge, ya sea por ignorancia o protocolo.
Los ungidos podrían guiar a los otros, pero el liderazgo no suele ser parte de un perfil equilibrado, sino de uno corrupto.

Prefirió romper sus juguetes que prestarlos. No por egoísmo, sino para proteger la esencia de sus sueños. Él sabe que jugar no es un juego.

Le pedimos a la virgen que nos atienda, le rogamos, le suplicamos y si se puede —cuando es fecha y en bola de preferencia—, nos arrastramos para que nos cumpla. Pero no sabemos, o más bien, no queremos que nos pidan ser prolijos con el prójimo.

Damos por hecho que la lluvia, el calor, el frío o la sequía son naturales, pero no queremos aceptar la naturaleza propia, esa que por un lado nos invita al salvajismo, y por otro lado, nos obliga a dominarlo.

Con un cuchillo asesiné mi destino cuando no pude soportar el vacío de mis escrúpulos. Hubiera querido usar una pistola, habría sido más fácil y menos tortuoso, no hubiera sufrido tanto y no sería tan lenta mi agonía. Pero una pistola es mucho más cara que un cuchillo.

Los loros arremedan muy bien lo que escuchan. Los humanos escuchan muy bien, pero solo arremedan a la perfección el influjo de la estupidez.

Nunca aprendió a tocar bien su instrumento pero se hizo músico. No pudo nunca aprender a dibujar pero expone su obra con regularidad. No tenía el cuerpo ideal para bailar, pero se hizo bailarina profesional. Tenía carencias elementales de redacción y ortografía, pero ya tiene varios libros publicados. En la escuela nunca destacó, pero gracias al papá y la mamá famosos se hizo actor. No sabía ni qué era, pero aceptó la plaza de investigador y ahora hasta le dan premios. No sabe hacer nada, pero ahora es artista contemporáneo, con beca y toda la cosa.
Lo justo no es lo justo, sino justo es lo que no lo es. Así es en el arte actual.

Con inteligencia artificial me arreglé la nariz, la papada, la lonja y las bolsas de los ojos. Con nada de inteligencia me hice político.

Con una facilidad como nunca antes puedo viajar a cualquier lugar del planeta, pero nunca encontré la oficina para tramitar mi pasaporte a los más ocultos resquicios de mi ser.

Nunca supe qué estudiar pero hice la prueba y la pasé, sin gran esfuerzo. Ya en la escuela, reprobé muchas materias pero luego las pasé en extras. Ahora que ya me gradué, sigo sin saber por qué estudie eso, pero me va mejor que aquel compañero que sí sabía lo que quería y sacaba puro diez.

Nunca preparo mis clases. Por eso llego al aula y les repito lo mismo a mis alumnos, y cuando se me acaba el carrete, les hablo de política, de las injusticias y de cómo se hacen bien unos huevos fritos.

Madrugo todos los días para darle fuerte al trabajo, pero nunca es suficiente. Le pedí prestado al banco y a veces nos ayuda mi mamá, a escondidas de papá, si no se enoja. No sé por qué no progreso si soy buen hombre, nunca me alcanza para mantener a mi mujer embarazada y mis ocho hijos.

Decidí ya no verme nunca más en los espejos. Para no hacerme a la idea de que aquel reflejo soy yo, cuando en realidad es una copia invertida de mí mismo. Estoy pensando en sacarme los ojos, a ver si así puedo ver las cosas como son, como las veía Borges.

La gente que anda en moto anda con el cuerpo expuesto a la velocidad y a la impertinencia. A ver cuándo hace los respectivos ajustes la Real Academia Española: —motociclista, del latín motoris=que mueve o produce estupidez—.

No tenemos ni para tragar, pero le vamos a hacer sus quince años a mi hija de dieciséis. A ver cómo le hacemos después.

Inconscientemente a propósito me disfrazo con retazos de ropa indígena de aquí y de allá, como antropóloga o etnóloga hippie, aunque por la época me queda mejor el término hipster millenial. Pero tengo más de 50, así que me queda mejor todavía hipster chavorruca. No soy muy de ir al Starbucks ni soy vegana ni me interesa lo ecológico ni la sustentabilidad, pero como mucho pan y refresco, hago yoga y soy feminista. ¡Ah, eso sí!, tengo un doctorado patito sobre estudios de cultura náhuatl.

Escondo mis secretos en la caja de la taza del baño. No confío en los bancos ni en las cajas de seguridad. Saco una parte cada vez que necesito excomulgar lo que realmente pienso de las personas, del mundo y del universo.

Ya lo sé, lo respetable es lo que merece respeto, no lo que se mantiene al margen de una discusión o pleito. Pero si fuera sincero tendría pleitos con todos.

Lo cortés no es formalidad ni necesariamente es ser educado. Es una manera de interceder un protocolo social o cultural. Puedes dar los buenos días a tu vecino y al mismo tiempo sacar a tu perro para que se orine en su puerta.

El mayor reto es progresar en un contexto hostil. Por eso recurro siempre a los atajos más eficaces para hacerme el tonto conmigo mismo.

Analizo las partículas mínimas, los esteres y las bacterias, pero no sé cómo estudiar mis erratas de vida, no caben en el microscopio. 


sábado, 24 de enero de 2026

REFUGIOS



La realidad es la sofocante manera de estar presente, y las brechas entre la guerra y la paz, modos antagónicos entre estar adentro y afuera, se hacen, pero también las hacemos. No hay un mismo refugio para todos. Para unos es la intransigente manera de convertir la felicidad en locura. Para mí es la aspiración por estar consciente de que respiro, con pequeñas pausas de labilidad, en donde cabe también el ensueño. También es una forma de locura, pero es la única manera que reconozco de limar las asperezas entre lo real y lo divino. ¿Es un refugio real? ¿Es posible compartirlo? No lo sé, no creo. El refugio más grande para todos es la muerte, pero como nadie la reconoce, para nadie existe. He visto rayar en la muerte a muchos amigos y conocidos, pero ninguno ha sabido concebir su experiencia en un globo aerostático para contemplarse a sí mismo; todos terminan por ensanchar su imagen en un espejo de feria, de esos que deforman los reflejos.

Otros refugios menos estratosféricos son la meditación, la religión, las vacaciones y el Internet. Tengo un amigo, de esos que vemos cada quinientos años, que es budista. Aunque casi no nos vemos y que tenemos diferencias abismales, compartimos el mismo refugio, la silente amistad de estar desde lejos en la misma cavidad: respirar el mismo aire espiritual. Él convierte el espacio en pinceladas que definen la distancia lumínica entre los objetos que existen en los paisajes. Yo lo hago con nervaduras lineales que luego imprimo en telares de fibras flexibles. Él exhibe lo que hace para sostener la ligadura social, para justificar su relación con el mundo real. A mí no me importa exhibir mis líneas, pero doy clases para aterrizar en el mundo y luego despegarme de él.
El refugio más poderoso de mi edificio no está en el sótano ni en la bodega, está en los pilares del control y el refrenamiento. Cada vez que hay un bombardeo me aferro a mis pilares, me compenetro. No sé que haría con una bomba atómica. Para sobrevivir tendría que dejar el mundo antes, como hacen los jubilados; pero tendría que dejar todo atrás y no sé qué sea eso. Lo más probable es que me refugie en la muerte, para que nada me haga daño.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

EL HOMBRE SEMPITERNO

 


Estudio de cabeza de viejo, de Rembrandt. Alusión a Matusalén, el hombre más longevo en la Biblia.

EL HOMBRE SEMPITERNO

No soy de este tiempo ni de esta época, aunque viva en México en 2026. Tengo sangre sumeria, persa y babilónica, pero también estoy amarrado al linaje griego. Soy de la época de Marco Aurelio, de los campos germanos del siglo XIII, del Renacimiento, de trozos multiformes del Barroco, del periodo Novohispano (de donde proviene mi sangre mestiza), del Siglo de las Luces, de la tecnología bisagra del XIX, y de tan sólo un parpadeo reciente. No reniego de mis ancestros precolombinos, con quienes conviví en los principios de mi vida, pero fue mi periodo adolescente, en donde exageré mis ahíncos y no pude ver más allá de mis escrutinios. Si vivo aquí y en este tiempo es porque vine para corroborar lo inexcrutable: que todo y nada ha cambiado; y que, aunque hablo español porque aquí se habla este idioma, me comunico mejor con Platón, Durero y Descartes. ¡Pero qué curioso!, Hawking me presentó a Einstein y este me presentó al infinito. Y cuando estuve en lo indecible, decidí ser yo mismo y regresar para ser todos y ninguno.

 
Hammurabi me lleva más de tres mil quinientos años; Pitágoras y Vitruvio poco más de dos mil; Humboldt poco más de ciento cincuenta, y con Picasso platico todos los días dibujando y pintando. Pero yo soy más longevo que ellos. La suma de mis seres es la suma de los seres de la humanidad, aún cuando no pueda en mí mismo resumir lo de todos, sino lo de todos a través de algunos, como en el laberinto de Borges, dentro y fuera a la vez.


Aprendí orfebrería con los escitas, preparación primaria. Pero con ostrogodos y visigodos definí mi vocación; y con Durero, Goltzius y Rembrandt me gradué. Cuando estuve con Senefelder y Linati todo se complicó, guardé mis herramientas para sostener con ellos una discusión. No llegamos a nada, porque casi de inmediato la industria se sobrepuso a la evolución natural de la representación, y la saboteó.
Cuando pasó la segunda guerra, me fui a vivir a Alemania para ver las ruinas y darme cuenta del presagio de autodestrucción. Con la guerra de Ukrania, decidí resucitar a los muertos rusos para que vieran el pedestal de su epitafio y lo reescribieran con la sangre de todas las épocas, que es la misma de siempre.
Con frecuencia regreso a los mismos periodos, pero vuelvo al punto inicial, el que me dio mi origen, no por masoquismo, sino porque desde ahí puedo tener perspectiva de todo lo demás. Eso me falta superar de mí mismo, romper los puntos de referencia, materia con que se hace el molde del hombre y con lo que se construyen los egos y se hace la muerte.


Le dije a Durero que lo que hacemos ya no se hace, y en vez de sorprenderse, sonrió con amplitud y luego me dijo: —Unsere Arbeit ist zeitlos, auch wenn sie nicht mehr praktiziert wird—. Pues sí, le dije, pero como se hacen otras cosas, distintas en todo unas, y en otras por mera factoría, no es que nadie quiera, es que no pueden.

 
Cada vez que doy una conferencia me guardo el secreto, pues si les digo de dónde vengo y en dónde he estado, se espantarían y luego seguro me apedrearían. —En un evento académico se me salió decir que venía del siglo XVI, y una doctora notó que no era metáfora y se sorprendió muchísimo—. No están listos para verse en el espejo, esperan seguirse viendo el ombligo. Por eso también me envuelvo en mi capa del tiempo, que es de pasta y de papel, para doblegar lo que me une con ellos y así ser lo que puedo y lo que quiero ser. También hice conos con periódicos, para envolver mis sentimientos, revueltos entre las noticias, para que se los llevara el tiempo y se hicieran uno con la historia. Ahora, cada vez que quiero revocar lo que sentí, voy a la hemeroteca y recapitulo en silencio lo que fui, para sentir algo.
En el otoño de mi vida me compré un coche para celebrar, con él anduve de andariego por Buenos Aires, Lima, Uruguay y todo México, barriendo con la vista lo que hizo Verne con la imaginación. ¡¿Qué celebré?! ¡Que no hay nada que celebrar!.
En mis sueños (mi forma de viajar por excelencia) me topé con sirenas, centauros, minotauros y nínfulas griegas, nada más para redimir el lado oculto de mi ser, para sumergirme en el mar oscuro de la conciencia y con eso, ratificar mi realidad, permanecer en ella, pero sin que nadie se dé cuenta, para no llamar la atención, para no contaminar mi libertad de operación.

Me quedé con el Minotauro en los 90s, para entender el vacío descomunal del ser. Lo entendí, pero solo estaba ahí, por eso me fuí.
En mi época nadie llega tarde, nadie se ofende porque sí, todos se subliman al espíritu de engrandecer su ser con lo mínimo, no por orgullo ni presunción, sino porque saben que no hay tiempo que perder. Todos tienden su hilo y con él atraviesan el ojo de la nobleza y la solemnidad. Y ya que estoy hablando de líneas, hice miles con el filo del buril, para trazar mis rutas de investigación, y con cada una un hilo para remendar la especulación, para hacer del mundo algo familiar, algo asequible de ver, de ser y de contemplar. Tengo un tratado sobre la línea que escribí a oscuras, apenas con una lamparilla que me prestaron Pitágoras, Roy Kerr, Einstein y Stephen Hawking. Lo escribí casi en penumbras porque no encontré paralelismos, más que sustanciales coincidencias en la física cuántica y en la teoría sobre los agujeros negros. No lo he publicado pero existe en todos lados, aunque nadie lo sepa ver.
Aunque mi tiempo es antiguo, tengo tintes futuristas, no sólo por lo de la línea, sino por el margen evolutivo que veo en mis transiciones, que divagan entre el pasado y el presente, lo que horma mis zapatos.

 
Siempre he querido ir más atrás, para tener una plática con un Australopithecus o un Cromañón, pero nunca aprendí su idioma, no había de quién aprenderlo. Un antiguo sabio egipcio me dijo que no indagara, que la antigüedad del hombre no está en los genes del mono como piensan muchos, tampoco en las religiones ni mucho menos en los vestigios. Que está perdido en el tiempo, en más de quinientos mil años, y que todo vestigio real sobre el origen humano no es tangible ni lineal; y que por eso no sabremos nunca su idioma, su filosofía y su punto de partida, porque no lo hay. Me dijo que el Cromañón no era humano, y que el Australopithecus era una versión muy reciente del ser humano, casi idéntica a lo que ya somos. Me dijo además, que debemos mirar hacia atrás y con un espejo en la mano, mismo que debe apuntar hacia donde se mira, no hacía uno mismo, pues aunque en ambos casos se trata de un reflejo, es en el primer caso un reflejo real del origen de la humanidad, reflejo directo pero difuso, como cuando se encuentran de frente dos espejos y con la profundidad se pierde luz y definición.
En mi tiempo los amaneceres son lentos y fríos, como ahora. Pero los crepúsculos no tienen temperatura, sino textura, y duran un segundo. El mediodía es blando y rígido a la vez, como una esponja que absorbe el agua y que al exprimirse se vacía. Y las madrugadas, ¡ah!, son un manto que envuelve con sopor el viento, lo hace más opaco y lo convierte en ensoñación. Los hombres que respiran despiertos ese vapor suman letargos de inspiración, viven dos vidas. Los que lo hacen dormidos flotan a la deriva de la indefinición y apenas rozan la tierra, pero nunca se desprenden de ella sino hasta que mueren.
No hay escuelas, pero se enseña bien todos los días. Hay amarras religiosas pero se usan de pretexto para grandes obras. Existen las jerarquías y están tan bien definidas, que lo competente es lo que determina. Por supuesto que hay idioteces y que eso también determina, pero es por ignorancia y fanatismo, no por ocurrencias desmedidas, como ahora. Aunque lo científico no tiene la edición actual, se ejerce con seriedad, con riesgo y bajo la industria de mi época. El arte por su lado, no persigue simulaciones sino concreciones. Para ser artista se debe demostrar, no justificar. Existe la muerte indeleble; y ya sea por enfermedad, circunstancia, voluntad propia o ejecución, la muerte se practica como si fuera un deporte de alto riesgo: con audacia, velocidad, miedo y confrontación. No hay muerte independiente. La muerte no es parte de la vida, es gracias a la muerte que se vive la vida.
Cuando viajé fuera de la tierra por primera vez, me preocupé de lo que se preocupan los astronautas, de cómo voy a respirar, qué voy a comer y si voy a regresar. Pero nunca tuve que ver nada de eso. Como en los viajes al espacio el tiempo se desdobla un poco, y así también pasa cuando transito entre épocas, no hizo falta el traje espacial ni la comida especial. Lo que sí necesité, fue un estímulo. De estímulos están llenos todos los seres humanos, pues cuenta todo con lo que interactúan, con lo que "hacen" su mundo. En el espacio no hay nada de eso, la nada no es el vacío espacial, sino el vacío de estímulos. No hay nada que valide los estados emocionales porque no existen los referentes.
Y ahí les va un dato, un tip que a mí me congeló los huesos y todavía me pasa: el espacio fuera de la tierra no es el espacio exterior. Es la nada, lo incomprensible, lo inconmensurable, lo indecible; pero es también lo inexorablemente presente, lo eternamente intransigente, lo impermeable, lo inescrutable. ¿Dije tierra verdad? No me refiero al planeta que orbita alrededor del sol. Me refiero al planeta que hizo del hombre ser hombre. Al globo de la realidad al que se sube toda la humanidad para hacer real su realidad. Al conjunto de emociones que lo amarran a su ser. A la línea que define su borde perceptivo. A su contexto, cualquiera que este fuere. No me pregunten cómo llego ahí. Digamos que me pongo un traje de astronauta, pero en vez de ser hermético para el espacio exterior, los rayos gamma del sol y equipado con tanques para la respiración, está compuesto de silencio interno, desapego y un poco de austeridad, no de abstenerse de cosas, sino de lo que hace al hombre ser hombre.


Ya los dejo, tengo pendientes en Alejandría, en Roma, en Constantinopla, en Tula y en Maguncia, donde quedé de verme con Gutenberg y Johann Fust. Tenemos un proyecto, vamos a imprimir la primera versión impresa del Génesis, que incluirá un apartado sobre el ADN, la evolución de Darwin y el egomaniatismo. Yo la voy a ilustrar.

domingo, 6 de julio de 2025

La caída de la tesis

 


La palabra tesis proviene del latín Thesis=conclusión o razonamiento, y esta a su vez del griego tithemi=yo pongo. Por lo que su significado se encuentra relacionado con una postura que se sostiene mediante una disertación, cuyo objetivo fluctúa entre la proposición y la contraposición, es decir, mediante un canal argumentativo, por lo que es viable que ante una tesis haya una antítesis y una síntesis, formas sintácticas de oposición y solución respectivamente.
La invención del pensamiento racional en la antigua Grecia nos lleva a considerar su origen como un sistema de construccion argumentativo, en donde lo razonable consistía en hacer proposiciones coherentes sobre temas diversos. Aún cuando la tesis como documento académico escrito no existió formalmente sino hasta la fundacion de las primeras universidades (siglo XII), es a los griegos que debemos el pináculo del pensamiento racional, siendo la tesis una edificación que propone, bajo parámetros de lógica, hechos y fundamentos, que algo es válido, verdadero o verificable porque se explica en sí mismo.
Les tesis es así, la manera más eficaz, desde el punto de vista racional y estructural, de contraponer el conocimiento científico a una revisión, solución o proposición académica. En los últimos años, el desplazamiento de la tesis por otras formas de titulación, ha propiciado que su propósito terminal en las carreras represente más un trámite que una revisión de conocimientos.
Los artículos publicados al respecto de porqué los alumnos de la UNAM ya no eligen hacer una tesis presentan variables sostenibles pero sin un respaldo argumentativo sólido. Dichas variables fluctúan entre la falta de recursos económicos, deficiencias en conocimientos de investigación, el tiempo requerido, la complejidad administrativa, la sobre población estudiantil y factores políticos. A estas debemos añadir la idea que tiene el alumno sobre la practicidad entre unas opciones de titulación por sobre otras. A la falta de información sobre lo que es o implica hacer una tesis como elemento terminal formativo y no sólo como un trámite administrativo. A la idea insostenible de estudiar para trabajar, que en teoría perfila a los alumnos a reducir los tiempos en que terminan sus estudios y buscar trabajo. A factores propios de conceptos sobre lo que es estudiar, trabajar, el campo laboral, el compromiso social y la formación profesional. Y por último, considerando los escalafones de la formación profesional —con todo lo que ello implica—, a la consecución de hacer estudios de posgrado al terminar una licenciatura, en donde se requieren conocimientos de investigación.
Aunque es un hecho que la elección de los estudiantes sobre cómo titularse depende del tipo de carrera que cursaron, pues unas áreas son más prácticas que teóricas, o simplemente gestionan el conocimiento en mayor o menor medida entre procesos de reflexión, aplicación y ejecución, existen datos de tipo formativo, anímico, social, cultural y económico que también influyen.
Es un hecho que no disponer de una experiencia tácita en la investigación invita a los alumnos a "sentir" que no son aptos para hacer una tesis —pese a sus estudios elementales de formación básica y educación media, en donde "acarician" el método científico en algunas asignaturas y lo complementan superficialmente con la práctica de lecto-escritura, herramienta indispensable en la investigación—. Pero también consideremos que hacer una tesis no es en sí misma una labor que define la investigación. Si bien se formula de acuerdo con la estructura del método científico, si no se ejerce con regularidad y profundidad, lo mas probable es que no pase de ser más que un trámite de titulación. Por otro lado, si hacer una tesis fuera determinante para formarse en la investigación, cualquiera sería investigador. La distancia entre hacer una tesis y hacer investigación es estrecha si consideramos que el conocimiento racional se define mejor cuando se hace una tesis que si no se hace, pues la reflexión como elemento cognitivo en la representación de un tema de investigación y en su aplicación directa en la recta final de las carreras, es lo que modula una actitud y nutre los valores profesionales de su área. Sin embargo, aunque parten de un mismo modelo metodológico que es el protocolo, existe una distancia considerable entre hacer una tesis y la investigación formal porque los niveles que hacen del proceso de investigar no son siempre los mismos. Cuando una tesis está bien dirigida y el tesista encaja bien los pormenores del desarrollo de su tema y además obtiene los honores en su examen profesional, es natural que piense que su investigación es publicable, pero eso no significa que lo sea y mucho menos que es un investigador. Entonces, el valor de hacer una tesis radica en el perfil de quién la hace, de cómo se dirige o asesora y del seguimiento o fin que resulte de hacerla, en donde, independientemente de la obtención del grado, se debe tomar en cuenta la visión que se tiene de lo que es y representa investigar. También se nota esta distancia cuando el tesista se estanca en su tesis y hace refritos de ella en otros espacios y en otros textos, conferencias y demás.
Cuando los estudiantes eligen otra opción que no es tesis o tesina, no anteponen la idea de ser aptos o no para esas "otras opciones", sino de implicar una ruta más corta o menos complicada que la tesis. Aquí resalta un factor que tiene que ver con la actitud del estudiante ante los retos académicos, pues si bien la idea de estudiar es por sí misma compleja, lo es más cuando se anteponen deficiencias de formación escolar, como el hábito de la lectura, el rigor de la escritura, el pensamiento crítico, la concentración, y la vinculación de estos con su aplicación en tareas o proyectos específicos de su área. A su vez, tiene que ver con su trayecto académico, en donde influye la misión y visión de su carrera, la calidad de sus profesores, el conocimiento de su área en el campo profesional/laboral, y el tipo o fidelidad que tiene para con su carrera, de lo que se derivan matices como el gusto, la pasión, las metas a corto y largo plazo y la inversión o complemento de alicientes académicos externos, como tomar cursos extra curriculares o practicar por su cuenta —sin la obligatoriedad de las asignaturas ni la calificación—, los ejercicios vistos en clase.
La mejor opción de titulación, si consideramos una formación integral y no sólo justa o práctica para la obtención del grado, es la tesis. ¿Es la ruta más compleja? Sí, pero su complejidad conlleva un beneficio implícito: un aliciente intelectual útil no sólo para revalorar su tradición, dar cause a posibles rutas de investigación y producción, enaltecer el ejercicio epistemológico, llevar el esquema de estudiar para trabajar a niveles mayores, sino para confrontar al estudiante consigo mismo, cosa que fomenta el pensamiento crítico, la responsabilidad social y la libertad del pensamiento.

El campo energético y el poder de las acciones


He Man: "Ya tengo el poder" 

— Para evitar el conflicto [pero sacrificando la verdad] me contengo, me refreno, me auto censuro y me silencio. La mayor parte de lo que les digo son mentiras, pero ellos quedan satisfechos. No siempre me sale. Es entonces cuando me atosigan o me dejan de hablar.
Las acciones y los sentimientos son tipos o intensidades de gasto energético. Cuando inviertes tu energía en preferencias o gustos por cualquier cosa, pierdes una cantidad importante de energía. Para amortizar esa pérdida debes canalizar tus intereses en cosas que valgan la pena. La cuestión es ¿qué vale la pena?. Eso se aprende con tropiezos y con tiempo, pero darse cuenta de eso no es fácil, sobre todo si no sabes cómo estar en silencio contigo mismo. El roce social es el mayor consumidor de energía, porque con él se llena gran parte de lo que hace al mundo.
Convertir los gustos en intereses puede ser el primer paso, pues los gustos suelen partir de estructuras impuestas por la sociedad, no de nosotros mismos; y por otro lado están los paliativos, con los que se satisfacen los gustos, en donde caben todo tipo de payasadas con que rellenamos nuestras prioridades y nuestros actos.
Lo que nos interesa parte de una sincera y profunda reflexión: lo que nos gusta es un impulso primitivo. El problema es que anteponemos criterios que no tienen mayor objetivo que justificarnos, como cuando decimos que no todo es rigor y reflexión, o que tenemos que descansar, que debemos divertirnos, que somos seres humanos con defectos, etc. Pero cuando vemos gente que invierte cantidades extremas de tiempo y esfuerzo en su apariencia física, en sumarse a una identidad colectiva, en reuniones de chisme o en adoptar cualquier tipo de actitudes de consenso social, es que nos damos cuenta de que perdemos tiempo, esfuerzo y dinero en cosas que no valen la pena. Aquí también cabe el cómo o el para qué hacemos esas cosas. En el trabajo tenía un compañero que hizo lo posible para irse de viaje a Europa, pero no creas que fue a aprender viendo los museos, conocer un lenguaje distinto o saber de otra cultura, no. Se fue para regresar a su país con la presumible idea de que estuvo en Europa y llenar una carpeta de fotitos en sus redes sociales.
Cualquiera diría que es imposible desprenderse de los consensos, a menos que se viva una vida ascética. Pero el aislamiento no sirve de nada si la persona no le da un nivel de desapego a su participación social. Estar en sociedad no es lo mismo que ser parte de ella.
La decisión de elegir es un factor energético que comienza desde antes, con el tipo de priorización que se construye el individuo. Cuando se hace una idea en la mente para cristalizar un gusto o una acción, la energía adquiere un tinte particular, como cuando tenemos hambre y hacemos un repaso mental sobre qué vamos a comer. Esta etapa de construcción se convierte en una especie de actitud predatoria, en donde el individuo busca un modo de salirse con la suya. Con las elecciones que no se planean con tiempo es lo mismo pero se debe tener un plan general, para que la sorpresa no resulte tan sorprendente y las reacciones tengan un mejor tino, como cuando sabemos de antemano cómo comportarnos en una entrevista de trabajo y hacer o decir cosas que vayan en contra de nosotros mismos. Ya sé que me dirás que todos son libres de hacer lo que quieran con su tiempo, su dinero y su esfuerzo, pero no estoy hablando de libres albedríos. Esto tiene que ver con las capacidades humanas de relacionarse con el universo, y eso va más allá de su situación social. Si utilizaríamos nuestra energía con el mismo ahínco predatorio pero para cosas útiles y no para tonterías, tendríamos tiempo de sobra para implicarnos con compromiso en todo lo que hacemos y pensamos. El quid del asunto no es establecer categorías de qué vale y no vale la pena, eso lo puede hacer cualquier idiota. Es implicar en cualquier cosa que hagamos el mayor esfuerzo y compromiso posibles. Automáticamente eso le dará una dimensión a lo que hacemos, pues el simple hecho de dosificar con tino nuestras prioridades nos resulta en cosas que bien vale la pena hacer y descartar lo que no. La gente toma decisiones sin valorar su tiempo de vida. Y créeme, nadie escapa a la muerte, nadie.
—¿Entonces qué cosas descartamos y en qué cosas nos implicamos?
— (Risas). Sabía que me preguntarías eso. No te voy a decir qué hagas y qué no hagas porque lo utilizarías inmediatamente para hacerte el agredido o el ofendido. Pero ahí tienes un buen ejemplo, no te pongas en primer plano para todo. El roce social consume mucha energía porque implicamos mucho esfuerzo en hacernos los hipersensibles. No esperes una receta. Identifica tus debilidades y atácalas directamente. Los súper héroes nunca serán invencibles si tienen las debilidades mundanas que corresponden a cualquier ser humano.

sábado, 22 de febrero de 2025

Mr. Hyde

 

Dodó como Mr. Hyde en un episodio de la Pantera Rosa con el Inspector 

Un estudiante que no hace su tarea como una inversión de conocimiento y fijación práctica, que la hace más por una cifra, por cumplir un mandato que no es suyo, que aplaza hasta el último minuto hacerla, como si fuera un suplicio impostergable, será el profesional típico.
Cuando se da cuenta —si es que lo hace—, verá tras de sí un tiempo irrecuperable, pero se dará cuenta también que ante sus faltas, existe la pócima de Mr Hyde. Entonces se sumará a la filas de los profesionales mediocres, que logran sus éxitos mediante estrategias de oportunismo y auto engaño, en donde lo que menos importa son las aptitudes, sino formas mañosas de acomodarse a un esquema poroso y permisible; en donde el grado, la promoción, la plaza, la beca o el cargo no son honorarios, sino trofeos huecos, útiles para rellenar una vitrina de egos o para someter a otros como ellos, que persiguen lo mismo.

miércoles, 29 de enero de 2025

Buque de guerra

 


Jorge Alberto Manrique se sentó junto a mí, como un imán atraído por un misterio incolume. O sea, sin más circunstancia que lo circunstancial y sin mayor casualidad que lo casual. Aunque lo vi abordar mi fila, tambaleándose entre las bancas como un buque de guerra —con un bastón como un ancla que no logra fondear, cansado de tantas batallas, con saco café y pantalón gris, como la madera calafateada de los cascos—, me sorprendió mucho por lo imprevisto y por el contexto; habiendo tantas bancas, eligió la que estaba a mi izquierda. El auditorio del IIE estaba casi vacío, a cuenta gotas llegaban los asistentes y los ponentes. Eran principios de 2016 y el coloquio se antojaba por la temática general y por los títulos de las ponencias. El maestro no parecía ponente sino asistente. Estábamos sentados al centro del cuadro de butacas, a buena distancia del proscenio, pero lejos como para salir y subir al escenario.

     En unos minutos llegó y se acercó hasta el maestro Elisa Vargaslugo Rangel, se saludaron de pie como viejos camaradas pero ella sí subió. El maestro, todavía con la sonrisa en la cara me miró y me invitó a sonreír, como esperando una aprobación de su efusiva comunión. Retomó su asiento.

     Al final del evento, después de un racimo de ponencias y lleno más de colegas que de asistentes fortuitos como yo, abrieron un espacio para homenajear a los veteranos. Entonces se levantó el maestro y con el mismo tambalear, como si el buque partiera de regreso de un continente a otro, subió con ayudas al escenario y dijo unas palabras protocolarias. Nunca intercambiamos personalmente nada más que la compañía adyacente de dos butacas, pero eso fue para mí un regalo profético, una muestra-presagio para lo que después me condujo a la investigación.

lunes, 20 de enero de 2025

La muerte de Héctor

La muerte de Héctor . Peter Paul Rubens

Fui muchos. Uno para cada año que viví, para cada mes, para cada día y para cada segundo. El que se muere de mí no es todos esos, sino uno en particular que no es el mismo. 

 Por eso, la estela que dejo atrás —que es lo que viví— es mía y no es mía. Atrás ya no estoy y sin embargo sigo ahí.

Y cuando muera seguiré allá, en los que fuí, en la historia mía y en las de los demás con quienes conviví. No dejo el mundo porque lo he dejado miles de veces; sigo aquí, pero me voy un instante para siempre, y para siempre regreso ipso facto, como en un periplo exprés.

     Mi cuerpo regresa a la tierra y mi espíritu al infinito, de donde partí. El lado de la espada que me corta, me redime a la vez.

     No me lloren, ni me extrañen, ni me ajusticien. Antes de ser lo que fui, fui nada, y a la nada no se le puede llorar ni extrañar.

     Regresen a sus casas, a sus trabajos y a su cotidianidad, que la parábola de la muerte es para todos, pero es individual.

jueves, 7 de noviembre de 2024

La explicación de lo inexplicable

Viñeta del libro"Corrido de la Revolución" de Celedonio Serrano Martínez. 

Explicar es una tendencia, una inercia, no un entendimiento. Cuando nos decimos a nosotros mismos que algo es comprensible porque es explicable, no estamos haciendo más que dar por hecho que las palabras y los pensamientos son más que suficientes para comprender el mundo. Las personas que defienden a capa y espada que las palabras son el epítome explicativo del mundo hacen eso: se revuelven en sus propias aseveraciones, tratan de convencerse y hacer convencer a los demás que así es como deben ser las cosas. Una doctora en un seminario, experta en filología, comenzaba siempre su participación con la frase —Desde la literatura...— como para dar sentido a lo que diría después y para justificar que su rama es intachable e inexpugnable. Pero cuando se le presentaba una versión distinta, un punto de vista desde otras latitudes, agachaba la cabeza con cierto temor y enfado, y se quedaba callada.
     Olvidamos que estar de acuerdo con una explicación es hacernos sentir un tipo de satisfacción momentánea, una especie de medicamento para quitar el dolor pero no para curarnos. Entender es otra cosa, es encarnar lo que se comprende y hacerlo valer en uno mismo.
     Además, el entendimiento no es instantáneo, es doloroso y lento. Pero sobre todo no es para cualquiera, es para los valientes y testarudos, para los que ambicionan con miedo y respeto, al mismo tiempo que para los anarquistas y solitarios. Tuve un amigo en la carrera, un tipo que me seguía a todos lados y en varias ocasiones me copiaba lo que hacía. Era enojón, criticón y le importaba un bledo proyectar una imagen favorable en los demás. Vivía en ciudad Nezahualcóyotl, un municipio del Estado de México famoso por su agresividad, inseguridad y pobreza. Se justificaba para sí mismo —y cuando le convenía, para los demás—, que debía ser así por el entorno en que vivía, cuando en realidad era muestra de su inseguridad. Cansado de su despotez, le dije una vez que porqué no cambiaba —¿Para qué, si así soy? Si no les gusta es su problema— me contestó con un dejo de molestia.  Querer cambiar o darse cuenta que podemos cambiar es parte del entendimiento, de saberse de alguna manera moldeable por voluntad. Nadie es como es, sino como se hace a sí mismo y con los demás. El que tiene el carácter fuerte es más bien débil porque no sabe canalizar su energía ni su ego si no es en forma de imposición y agresión. El que se hace chistoso y amable es más bien inseguro, porque busca cómo quedar bien. El ninguneador es un egomaniático en potencia, porque hace del ninguneo una pirámide de jerarquías en donde él se encuentra en la cúspide. ¿Quiénes somos entonces en realidad?
     Ni el más grande coloquio, ni la conferencia magistral en un congreso, ni las palabras del sabio más sabio, nos harán comprender nada si no se sublima con la práctica. Y a veces ni así, porque los placebos son deliciosos bocados de comida chatarra, ricos momentos de satisfacción, pero carentes de nutrimento.
     Lo malo de "entender después" es que se pierde mucho tiempo. Y cuando estamos viejos, si hemos entendido algo, ya no tenemos la energía necesaria para resarcirlo.
     El espíritu maduro de decidir está en la acción, no en la comprensión. Este sería el mejor epítome de la explicación que, aunque no es razonable, es efectivo, siempre y cuando claro está, se encuentre plantado entre la asertividad y la pertinencia. A mis alumnos les repito cien veces lo que deben hacer para cumplir el propósito de un ejercicio, pero pocos lo acatan. La mayoría lo deja a la deriva de la explicación, no lo encarna para sí, no lo convierte en un reto personal, ni siquiera si les afecta en la calificación. Así somos como humanos para aprender: ojos ciegos, oídos sordos, cerebros huecos.
     Algunas aves arrojan al vacío a sus críos para que aprendan a volar "haciéndolo". Los predadores aprenden a cazar cazando, sin un pizarrón y receta de por medio. Los humanos queremos explicaciones, para hacer hasta lo imposible por ignorarlas o cuestionarlas.
     Si lo que se explica merece entonces hacerse para explicarse por sí mismo o para sí mismo, ¿qué es lo que no se puede explicar? Muchas cosas, casi todo. En el campo de lo humano o lo terrenal, lo inexplicable es el comportamiento, las reacciones, la estupidez. Fuera de lo humano, lo inexplicable es el universo mismo. Si las palabras son pensamientos verbalizados, una forma incipiente de explicarlos es hablar de ellos o escribirlos, con la conciencia de que la palabra no lo abarca todo. La claridad de la explicación será así, la transparencia entre lo que se explica y cómo se explica. Pero no todo en el mundo es explicable, porque es incomprensible, inalcanzable. La naturaleza del universo no tiene explicación. Tendrá teorización y breves rasgos de correspondencia entre lo inexplicable y lo corroborable. Entonces, si lo que es el mundo y el hombre es apenas un vistazo de ratificaciones de lo que es y lo que somos, la explicación no será requerida.
     La explicación de lo inexplicable es así, no explicar nada, y como este texto, las palabras no serán si no un intento fallido de completar el círculo racional de la explicación. 

lunes, 28 de octubre de 2024

El arco del triunfo, el silencio interno y el amor infinito

Detalle de las manos de los amantes de Teruel en el monumento funerario de Juan de Ávalos y Taborda.
En una clase de Abelardo, el diálogo académico se convierte en un reencuentro de unión asertiva y armónica con Eloisa, su alumna y su amante; y en una contraposición de criterios.

Abelardo.— El poder como símbolo de posición jerárquica y posesión material ha sido y será el último resquicio que el hombre deberá erradicar de su naturaleza animal. Desde la antigua Roma, la ambición por las medallas fue una forma de ensalzar lo impermanente; los romanos lo sabían, para eso existían los consejeros, pero el molde humano contiene en sí mismo un canon indeleble a su egolatría. El arco del triunfo fue así, por ejemplo, un emblema de logros, victorias y reconocimiento, pero también de imposición, ego y ambición. Querer algo, poseerlo y lucirlo a los demás es, además de reconocimiento, una forma salvaje de dominio y de manutención de autoridad: Entra al pueblo un carruaje seguido de 36 tríadas de caballos de tiro, cada una jalando su carro de guerra. Todo un evento con color, contraste, movimiento y osadía. Armaduras relucientes, plumajes coloridos, fíbulas rebosantes y decorados primorosos. Llega el tribuno con su legión militar. Su mérito es entrar a la ciudad después de una campaña usual de requisición.

Eloisa.— ¿Cómo debemos entonces, amor mío, celebrar nuestros méritos? ¿Sueno caprichosa preguntando eso?

Abelardo.— Querida, tu pregunta no es caprichosa, caprichosa es mi respuesta, que es otra pregunta:  ¿Debemos celebrar nuestros méritos?

Eloisa.— Si no es el dinero ni el estatus lo que importa, ni las batallas campales, ni las conquistas, debe ser entonces el conocimiento en sí mismo. Así, lo intangible tendría por honra de quien sabe y quien es prudente, lo que merecería reconocimiento.

Abelardo.— Aún con elementos intangibles la vara que nos mide sería la misma, corazón. Si te comparas con los demás por quién tiene más que tú, o si te sientes grande si ves que alguien no logra lo que tú, estarás de acuerdo con un consenso social, pero estarás haciendo a un lado lo que realmente importa de todo eso. Debemos perseguir sin descanso aquellos aludes estaturarios que la academia o la profesionalización nos demandan como pináculos de gloria, pero al mismo tiempo debemos reírnos de ellos, no tomarlos en serio. El deseo puro de saber conlleva el ser mejor siempre, en donde la priorización por lo que vale la pena es un aprendizaje que se define de manera constante e infinita, y que solo se puede domar con humildad y silencio con uno mismo. Este estado del ser, que no se doblega con la adulación, es el que templa el espíritu y es el que modula los acentos de socialización.
     El que se pone a la par de quienes se comparan con él será tan idiota que no hará sino medir sus espectativas con rangos de papel. Las pasiones no son malas, lo malo es enfocarlas en el ombligo, que no es otra cosa que la importancia personal en  una de sus facetas.
    Honra tus éxitos por un instante pero no te detengas a cacarearlos y anunciarlos demasiado. Enfoca tu atención en el espíritu, que no tiene rango, ni medida, ni valor humano alguno, y luego distingue de lo que te rodea el placer de saber sin prebendas. Entonces eliges con seguridad y prudencia, y sigues hasta donde la vida te dé, que puede ser en cualquier instante.

Eloisa.— Si para ser prudente y sabia tengo que cumplir con la perspectiva de silenciar mis vocaciones, triunfos y pasiones, o al menos modularlos o refrenarlos para darles un enfoque justo, más me valdría morir amor mío, pues además del saber o de creer merecer de los demás reconocimiento alguno, tendría que renunciar a ti por cuanto tú eres mi mayor vocación, triunfo y pasión. Entiendo tu postura, que es aplicable a la distancia de lo ajeno, pues en lo personal no tendría sentido para con lo irracional, que es el amor que te tengo y que atesoro tanto o más que cualquier título, conquista o consagración. No sé si eso conlleve algún tipo de egolatría, pues no ambiciono que nadie reconozca mi amor ni requiero un justificante para mi currículum. Solo sé que te siento con intensidad.
Abelardo.— (Con júbilo mostrado en el rostro, en los ojos enjugados y con voz temblorosa) Mataste mi teorema pero ensalzaste mi espíritu. No creo que el amor pueda amoldarse como cualquier otra pasión, pues lo que hace a las pasiones plena correspondencia con el ego es precisamente la anteposición del yo. Y no el yo puro que, libre de condiciones, se entrega porque sí, sino el yo ambicioso de poder.

Eloisa.— Perdóname mi amor, pero no puedo ser más que necia al hacer coincidir tus palabras con nuestra situación.  El amor es, además de una pasión, una conjunción exacta  de un ser con otro, en donde el yo no puede aislarse y no puede ser más ambicioso que lograr la correspondencia de quien se ama. El arco del triunfo en este caso es la consagración del uno por el otro. El único elemento ausente que mencionas en tu proposición, el silencio interior, no aplica aquí, porque sería la antítesis del amor. Yo celebro para mí y contigo que compartimos esto, ese es mi arco triunfal, mi medalla, mi columna dorada, mi felicidad exclusiva. No me puedo comparar con nadie porque nadie te tiene como yo. Honro el éxito de tenerte y no requiero más que tú me tengas por siempre y para siempre.

Abelardo y Eloisa se enlazan en un abrazo que intersecta sus cuerpos y entonces se cristalizan.