El maestro tiene en contra el salario, que es y ha sido siempre una labor lastimada por el dinero. Y tiene en contra la demagogia, esa que lo señala como responsable de todo problema educativo. ¿Y los sistemas, y los padres de familia, y los alumnos? ¿Cómo manifiesta el maestro su dolor cuando él mismo ya no es ni representa un epítome de conocimiento y autoridad moral? Aunque en el maestro recae el mayor peso de todo factor educativo, los sistemas bloquean sus recursos, los alumnos entorpecen sus labores y los padres de familia lastiman sus funciones. Los sistemas dependen de los programas, y los programas de las decisiones institucionales, del gobierno. Los alumnos dependen de los sistemas y éstos también de los consorcios sociales y culturales. Los padres de familia son parte de un sistema y a la vez son herederos de una educación moldeada por ella misma; y por decisión propia desde luego. A la sociedad no la mencionamos pero está incluida pues es en cierto modo, sinónimo de sistema, de cultura y de institución, de todo.
Pero al maestro le duele lo directo, lo que hacen o no hacen sus alumnos. Al alumno ya no le interesa aprender, sino imponer. No le interesa reflexionar, sino soslayar. No se quiere comprometer, sino entretener. No sabe cómo implicar ni responsabilizar, pero sí evadir, evitar, ahorrar, juzgar, grillar y regatear. —¡Pero no todos y no en todas las escuelas!— diría el comentario opositor. ¡Obviamente!, si particularizamos perdemos el foco, por eso el problema debe verse en perspectiva.
En las aulas el alumno es un ente más pasivo que activo, es un receptor. El maestro por el contrario, para impartir su clase la debe preparar, debe supervisar, debe calificar, se debe actualizar, debe modular su sistema frente a las respuestas, debe investigar y debe estimular el pensamiento crítico, todo esto bajo una actitud asertiva para mantener la clase viva. Por eso es insostenible que las actitudes descalifiquen y califiquen maestro, que lo maltraten, lo señalen y lo juzguen, mientras que al estudiante le amplíen el espacio cada vez más para justificar las indolencias de todos, para vanagloriar lo identitario y para evadir la responsabilidad de mostrarle el camino correcto.
"Aristóteles fue alumno de Platón durante 22 años, antes de proclamar sus desacuerdos, de darse el derecho de decir. Probó su excelencia antes de darse, y cuando lo hizo, no humilló a su maestro" (Antaki). Los alumnos ahora critican sin saber, proponen sin entender, evalúan porque sí e insultan al profesor. Y las instituciones colaboran en el delirio: destruyeron los exámenes, sobajaron las tesis, hicieron de los grados un mérito de pacotilla, exaltaron la antigüedad académica, inventaron las competencias como un modo de gestión curricular, cuando en verdad son justificantes de falta de capacidad; hicieron a un lado la disciplina y la suplieron con el apapacho, en donde metieron la procrastinación, el lenguaje inclusivo y la sicología; nunca previnieron las saturaciones, ni los presupuestos ni los problemas de transporte; y nunca retomaron, como aquellos gloriosos años de prospección educativa, que a través de una buena educación se podrían vislumbrar horizontes de progreso, nacionalidad y construcción, de humanización, de civilización.
Los maestros ahora se deben inclinar al alumno, le deben pedir permiso, deben ser flexibles con ellos y se deben dejar evaluar por ellos; y para ser políticamente correctos —aunque no crean en eso y estén convencidos de que está mal—, ni siquiera lo pueden comentar. ¿Que hay maestros malos y que bien cabe implicar el factor democrático para enaltecer el respeto y la igualdad? Claro que hay malos maestros, como hay malos alumnos, malos padres, malas instituciones. El sazón del caldo que hace a la educación se hace con todos los ingredientes, pero no olvidemos que la democracia no ayuda siempre a aplanar las cosas y que el respeto se hace con el establecimiento bien definido de jerarquías. ¿Cómo va a saber un estudiante lo que requiere, lo que debe, lo que no debe?
Como hay malos maestros, hay cada vez menos casos de excelencia en los alumnos ¿Entonces para qué tantas becas, tantos apoyos, tantos intercambios, donaciones y permisos? El alumno aprende rápido de esto, se da cuenta que con el mínimo esfuerzo pasa la materia, pasa el extraordinario, le dan la beca, se va al extranjero. Mientras tanto, el maestro aboga por más horas, por definitividades, por escalafones, por llenar su currículum, por complementar su salario, por atender peticiones para sus superiores, por llenar los informes, por tolerar humillaciones.
La labor del maestro requiere cada vez más de alumnos dispuestos, pero las aulas están llenas de estudiantes de los que solo uno o dos valen la pena. Al maestro le demandan más, al alumno cada vez menos. Al estudiante lo hacen ver de una carne y hueso hipersensibles, al maestro parece vérsele como de madera o cartón. Eso inexorablemente lo frustra, lo desanima, lo hace sentirse menos, le duele.
Los sistemas rigen, pero también descorrigen. Enseñar ya no es la idea epitética de loabilidad, herencia, tradición y máxima expresión humanas. Educar es un trabajo más para ganar dinero. Aprender es un pretexto para tener trabajo. Sí, como tradición, pero a un nivel cada vez más deplorable, por cumplir más que por saber, por el documento más que por conocimiento. Esto debe dolerle a la sociedad, no sólo a los maestros. Dolor en el deterioro social, en la falta de civilidad, en la carencia de proyectos que vayan más allá de lo material. Ver la labor del docente como un mero trámite hace así al maestro un tramitario, un vehículo, no un transmisor; un juguete del sistema en vez de un eje rector. ¿De quién es la culpa? Buscar culpables sin un retrovisor es una búsqueda estéril, porque la construcción de una sociedad es de cada integrante de la misma. Y porque cuando se buscan culpas es porque no se asumen responsabilidades.
La estera en donde se recarga el maestro para subsistir es su trabajo mismo, su aula, su taller, su laboratorio, sus extensiones/complementos. Lo que le duele al maestro es un síntoma importante de un gran padecimiento social, que por cierto, él padece al mismo tiempo que enaltece. ¿Es entonces víctima y gestor a la vez? Sí y no ¿Que por qué? Porque esto no es un mundo de buenos y malos, sino de responsables e irresponsables en un mundo irresponsable. Con la debida anestesia, claro.
Una cita de Ikram Antaki sobre la defensa del maestro, para reafirmar:
"Tenemos hoy día la demagogia de considerar que los problemas de la educación se generan cuando los maestros son malos. No nos atrevemos a decirles a los alumnos: —Ustedes son malos—. Muchos alumnos no vienen a aprender, sino a enjuiciar y a grillar. Pequeños jueces ignorantes de 17, 18 años que no saben, porque no pueden lógicamente a esta edad saber. Que no conocen las reglas del derecho ni la larga experiencia del abogado; y que nadie, salvo ellos mismos, se han nombrado jueces. Vienen y decretan: —Esto está bien, esto está mal, yo lo haría de esta manera... Desde lo alto de su chaparro conocimiento, de la estrecha llanura de su vida ¡Ya basta!".










