domingo, 22 de marzo de 2026

Enseñar y aprender a dibujar (aforismos)



Picasso dibujando en el aire con un haz de luz

— Lo susceptible es lo personal, lo emocional sobre-expuesto, lo condescendiente. Así no se aprende nada, se justifica que no se aprende.

— Conocer los materiales y las técnicas hace al dibujante conocerse a sí mismo.


— Conocer las técnicas no es saber cómo se utilizan, es dominarlas.


— El estudiante cree que si una técnica le sale bien a la primera, con eso ya la conoce bien, entonces decide que le gusta e insiste con ella; entonces lo que le sale mal no le gusta y se aleja. Es al revés.


— La disciplina para dibujar es la misma que se requiere para hacer cualquier cosa.


— El tiempo que se tarda en hacer un dibujo es muestra y reflejo a la vez, de la capacidad de solvencia del dibujante.


— La dificultad de un dibujo se amolda al tiempo. Hay dibujos rápidos que son tan difíciles como los que se llevan mucho tiempo. No hay garantías. Tardarse no es hacer bien las cosas, hacerlo rápido no es hacerlas al aventón.


— La gente que no aprende a dibujar aprende cómo justificar que no sabe dibujar.


— Cuando era estudiante, muchos de mis compañeros que se daban cuenta que no daban una con el dibujo, se hicieron fotógrafos. Los que siguieron en una línea que pedía dibujo, como grabado o pintura, hallaron formas de evadir el dibujo con abstracciones o estilos cachetones. Y otros —los peores—, se hicieron artistas contemporáneos. Ahora se añaden otros al espectro, los que se dedican a la investigación.


— Generalmente los alumnos no saben qué es dibujar; piensan que copiar un molde que les gusta es dibujar.


— El tiempo que tarda un estudiante en aprender a dibujar es relativo en razón de la energía, compromiso, responsabilidad, disciplina y cultura visual que tiene o se autogestiona.


— El alumno que se queja, que se la pasa platicando, usando el celular, que ya se quiere ir o que no lleva sus materiales en plena clase y todavía le pregunta a su profesor que qué hace, es una persona que no sabe qué quiere ni porqué está ahí.


— La capacidad cognitiva aplicada al dibujo es el nivel de atención, asimilación, concentración y sacrificio que aplica el dibujante para hacer su trabajo.


— Después de más de 30 años de enseñar dibujo, puedo decir con autoridad que nunca he tenido alumnos excelentes. Los más sobresalientes se sienten tan seguros, que terminan atascados. Y los demás, ven al dibujo como un mero trámite, como lo ven también las instituciones en donde se enseña.


— Cada vez que califico los dibujos de mis alumnos me imagino en una institución en donde puedo elegir a los que realmente valen la pena.


— Los alumnos vienen muy mal, no saben hacer nada con las manos, tienen una cultura visual deplorable y no tienen enraizado el pensamiento crítico, la capacidad cognitiva.


— Cuando entran a las facultades se dan cuenta inmediatamente que el nivel de exigencia es lo que menos importa y que la identidad, los gustos personales o colectivos tienen preponderancia. Y aprenden, lamentablemente, que cualquier resquicio por donde pueden meter un cambio, un camino corto o un pretexto para no esforzarse, es válido.


— Explico muy bien los conceptos dos veces y cómo hacer los ejercicios, les pongo un ejemplo visual o práctico, pregunto si tienen dudas, si todo está claro. Nadie dice nada. Luego, ya en la práctica, no falta quien me pregunta que qué se va a hacer.


— Quieren ruido, gentío, platicar, mitote... El silencio, la soledad y la concentración los aburre.


— En un curso de dos semestres mis alumnos hacen cientos de dibujos. Cuando termina, se me acerca uno y me pregunta por el manual ideal para aprender a dibujar.


— Si los alumnos están mal, es porque sus maestros, su escuela, su sistema y su país están mal. Y sin embargo, es su responsabilidad, su elección estar mal.


— El talento es una cualidad susceptible de ser útil o inútil.


— El cansancio es reflejo de una inversión de trabajo, sea que valga o no valga la pena.


— El alumno ya sabe que regatear le funciona en otros espacios. Si te regatea como profesor y cedes una pizca, no podrás apretar después.


— Pocos alumnos saben qué hacer con la pluralidad de profesores de dibujo que tienen. Solo ven el cambio de profesores que tienen, pero no procuran un cambio en sí mismos.


— El alumno consciente de sí mismo no posterga, no espera hasta la clase, no se conforma. Busca más allá, se pregunta, se exige a sí mismo, nunca se llena, dibuja más de lo que ve en su clase.


— Fuera de clase los veo caminar por los pasillos con una cámara en el cuello, comiendo, platicando, riéndose. Nunca los veo dibujar.


— Pocos profesores de dibujo saben bien cómo calificar a sus alumnos. Esto es compatible con los pocos profesores de dibujo que saben dibujar.


— Un maestro que imparte dibujo y no sabe dibujar es como seguir pensando que la tierra es plana.


— Enseñar a experimentar a locas no es enseñar a dibujar. Dibujar a locas es anteponer todo factor susceptible a la razón.


— Un maestro pone a sus alumnos a hacer un dibujo de copia por dos meses hasta que les queda. En el ínter de hacerlo, los alumnos platican, comen, escuchan música, dan un trazo cada diez minutos. No aprenden a dibujar, aprenden a postergar lo que puede hacerse en una hora.


— Al comienzo de mi labor docente pensaba que el problema era generacional, propio de la edad o propio del contexto académico. No, el problema es la incapacidad individual de ser responsable.


— Para calificar un dibujo, se debe ser objetivo, y para eso los ejercicios deben ser objetivos en la manera en que se enseñan. ¿Cómo calificas algo que no tiene pies ni cabeza?


— Enseñar a dibujar es enseñar a percibir el mundo. Va junto con pegado.


— Calificar 40 tareas de cada uno de mis alumnos es mi trabajo. Pero calificar 35 tareas hechas al aventón, es una pérdida de tiempo.


— Para evaluar, se ponen los elementos formales a revisar y los elementos antecedentes, lo que ya se enseñó y se debe aplicar por asimilación. Se revisa la técnica, que incluye lo técnico/formal y el manejo de los materiales. Pero otros factores, como la limpieza, la capacidad de elección y el juicio introspectivo, se reflejan en los resultados.


— Los maestros son genios, hablan como si supieran de todo, lo critican todo, están inconformes, algunos son contestones y agresivos. ¡Pero no saben dibujar!


— Un maestro de dibujo elige a sus consentidos, a los demás no los atiende. Hace dibujos peludos, de esos con un montón de rayas y les enseña a sus alumnos a dibujar así. Como sus dibujos se parecen a los mangas y a las historietas de súper héroes, a los chicos les encanta.


— Una maestra de dibujo es impuntual y se va temprano, y lo peor: pone a sus alumnos a "experimentar". Los alumnos no entienden al principio qué es lo que les pide, pero se trata de dibujar a locas, de soltarse, de "sentir" el material, de trazar sin ton ni son porque no importa la técnica, sino cómo se siente. Al final los alumnos "entienden" lo que deben hacer, pero la maestra, como no tiene parámetros racionales para lo que les pide, no sabe al final del curso cómo calificarlos.


— Tuve un maestro de dibujo cachetón. Entraba al salón con una grabadora y ponía a todo volumen una música extrana en francés. Y luego, a gritos, pedía que se trazara sin parámetros, rayando el papel como si se tallara una prenda en el lavadero. Lo más irrisorio es que había una modelo y cada cinco minutos el maestro cambiaba la pose.


 Darse cuenta es el primer paso para aprender bien. Y eso no tiene nada que ver con que les guste, se identifiquen, tengan al maestro ideal o esté cerca su escuela.


 Tener cultura visual es un proceso muy largo y doloroso. Lleva años, nunca se acaba y exige hacer sacrificios. Es una tarea paralela a aprender las técnicas. Muy pocos aprenden a dibujar, pero casi nadie sabe dibujar y tener cultura visual a la vez.

viernes, 13 de febrero de 2026

PIEZAS DE LEGO

 


Distendí muy bien mis argumentos. Tendí mis ideas, haciéndolas coincidir con las del proyecto, las de la institución y las del modelo civilizatorio, como hace la mucama con las sábanas limpias, para que les dé el sol y queden frescas, blancas y perfumadas. Pero convertí mi tiempo en su tiempo. Recorté mi salario intelectual, para así podernos ver debajo de la mesa, no por encima. Edifiqué unas estructuras bien medidas, primero con piezas de lego, aunque ya no pude después con materiales de verdad. Adapté mis maquetas, les quité piezas, alteré las escalas (a la medida de ellos), dejé zonas sin retocar. Regresé a la bibliografía básica; les propuse otra, pero no la leían, no la comprendían. Preparé el motor para volar, pero a la mera hora tuvieron miedo; otros se enojaron, me señalaron entre ellos y se decían que qué me pasaba. Apagué el motor, les dí chance una y otra vez, y no. Querían volar de avioncito, con los brazos abiertos y corriendo en círculos mientras hacían trompetillas. Les grité al pie del avión que podían subir, que el motor estaba encendido, pero no. Unos me ignoraron, otros ve veían mientras seguían con las trompetillas y otros más me mentaron la madre. No los oí pero leí sus labios.
Arriba en el cielo volaban otros aviones, de diferentes especies. Un amigo allá arriba me llamó por el walkie talkie: —Qué demonios haces ahí?— dijo riendo.
Perdí mis esperanzas. Me subí a mi avión y los dejé atrás. Cobrando altura miré hacia abajo y los ví, haciendo cabriolas, entre piezas coloridas de lego, como en sus maquetas.

miércoles, 11 de febrero de 2026

APOTEOSIS VISUAL

 



" "El árbol gris" y "Composición 2 en rojo, azul y amarillo" Piet Mondrian

Los árboles de Piet Mondrian establecen una jerarquía equilibrada entre la forma y el espacio. Los cuadros rojos, azules y amarillos, por su parte, son más una glorificación conceptual que una proposición formal. En los árboles hay complejidad, en los cuadros de colores hay simpleza y concreción.

Los focos históricos que dieron origen al diseño actual son muchos: la invención de la imprenta, la fotografía, las técnicas fotomecánicas, la prensa, la tipografía... La Bauhaus es apenas un remanente consecuente de más de dos mil años precedentes.

La técnica de pintura al óleo es hija de la pintura al temple, y ésta de la pintura al fresco. El óleo no es ensalzado por su dificultad, sino por su predominancia histórica, apenas de 500 años.

La aceptación del figurativismo por sobre el abstraccionismo es respuesta a un modo de interpretación del mundo, coincidente con un tipo de afiliación social, no con una valoración estética real. No es que sea mejor, no. Es que es coincidente con la idea de lo que es el mundo visual: algo reconocible, aunque no se sepa nada de él.

El empleo dominante del rectángulo como formato universal es respuesta a factores prácticos de utilidad y usabilidad, íntimamente vinculados a múltiples modalidades perceptivas y representativas: perspectiva, proporción, ergonomía, masa, una pizca de tradición y modulabilidad.

La cultura de la pantalla es cada vez más una reafirmación de una realidad hecha con luz artificial.

La necesidad como justificación de producción visual tiene varias jerarquías, todas ellas determinan un tipo de visión sobre su disciplina: expresión, persuasión, satisfacción, comunicación, contraposición, dominio, posicionamiento, tradición, exaltación o simple locura. ¿Razón?, muy poca.

La composición es la relación espiritual entre la belleza y la aspiración a la perfección.

"El buey desollado" Rembrandt 


En "El buey desollado" de Rembrandt, lo bello es primero, lo plástico de la pintura, cómo está hecho. Segundo, la relación entre el phatos y el cuerpo, imagen cárnica que remite inexorablemente al memento mori. Y tercero, lo terrible como lo horrible, lo feo como lo trágico, lo extremadamente sensible como lo irremediablemente temporal. Por eso es bello.

Lo simplemente bonito es lo simplemente bien hecho pero hueco. Lo cursi es lo bien o mal hecho pero pretencioso. Y lo sobrio es lo bien hecho y a la vez asertivo, suficiente pero no tanto para ser genial. Lo genial es de otros niveles, de otro planeta.

"La Gioconda" Leonardo da Vinci

Lo apoteótico de la Gioconda no está en el supuesto misterio de su sonrisa, ni en su mirada, ni en las manos, ni en el paisaje de fondo. Se encuentra en la unidad de cada una de sus pinceladas, que son a su vez, la incólume proyección espiritual de una mano distendida, que supo transformar lo terrenal en "lo divino" para trastocar su realidad taciturna. Nadie puede comprender eso si no es pintor. Y ningún pintor puede sentirlo si no es Leonardo da Vinci.

"Mujer llorona" Picasso

No todos los Picassos son Picasso. Lo que es de Picasso es lo incomprensiblemente replanteado e inventado. Lo demás son rostros chuecos.

El arte del artista no es pretender serlo, sino serlo al mismo tiempo que pretende hacer arte sin pensar que lo sea.

Lo descriptivo, lo simbólico, lo metafórico, lo visceral, lo terrible, lo decorativo, lo histórico, lo costumbrista, lo religioso, lo banal o lo cotidiano. Formas congruentes o coincidentes de abordaje a los temas en el arte; como formas plásticas con qué "decirlos".

La obra anónima no intercede identidades para hacerse ver, entender y valorar. Su anonimato permite vislumbrar su compromiso espiritual, no su posicionamiento social.

Festejarle un dibujo mal hecho a un niño es como festejarle que se haga popó en los pantalones. Los parámetros de exigencia formativa deben estar ligados con la realidad que los contiene, de otra manera se generan realidades inexistentes, falsas espectativas, éxitos de papel.




miércoles, 4 de febrero de 2026

LA PERSISTENCIA DE LA RAZÓN

 

La versión de Disney de la reina de corazones

Domesticar lo trágico de la vida está en la persistencia de lo que se hace. No para someter a la realidad. No para comulgar con las identidades y las susceptibilidades. No para enaltecer los sueños y la magia. Sino para aprovechar al máximo el tiempo, el esfuerzo y todo factor de subsistencia. Si ya estamos aquí entonces hagamos lo que tenemos que hacer; y si es posible, hagámoslo tan bien que lo vivamos bien.

Si la práctica hiciera al maestro, bastarían pocos años para tener buenos políticos, buenos maestros, buenos herreros, buenos albañiles, buenos padres, buenos ciudadanos...
La construcción del yo, que es paralela a la del trabajador, el profesionista o el artesano, se nutre de acciones, no de teorizaciones, pero una minima dosis de racionalidad es siempre necesaria para enaltecer el trabajo, para que valga la pena lo que se hace y entonces sí, la persistencia dé frutos. Consciencia.

Hay gente que lleva años practicando su oficio y siempre lo hace mal. Entonces no es la práctica solita, es la pertinencia de lo que se hace, que es la conjunción entre un buen esquema o modelo de instrucción y una buena dosis de compromiso. ¿No nos quejamos siempre del otro que no hace las cosas bien? ¿No son ellos los que repetidamente, después de hacer lo que hacen mal, no lo depuran? Aquí nada tiene que ver si la acción es un oficio o una profesión. Puede ser la vida misma, que requiere por simple subsistencia, que las cosas se hagan bien, que se respete el dinero, el tiempo y la energía del otro. Un simple servicio mal hecho de tintorería, cerrajería o mecánica es suficiente para no volver más. Los negocios no truenan por mala estrategia, sino por mala producción. Si el dentista se empeña en quitarle la muela al paciente, con un argumento que sólo él entiende, será suficiente para ganarse unos pesos de más. Y cuando otro dentista le dice que eso no era necesario, el primero habrá perdido un cliente.
En la formación es lo mismo. Una estudiante de mi clase de dibujo me dijo que la práctica hace al maestro. ¿Por qué entonces no hacen eso? ¿Por qué se conforman con tres ejercicios de acuarela que tienen que entregar al maestro en vez de hacerlo cien veces por su cuenta hasta dominarlo? ¿Por qué regatean el costo de los materiales, el esfuerzo, el compromiso? ¿Qué es entonces para ellos el tiempo? ¿Que algún día lo harán, que alguien lo haga por ellos o que se haga solo?
Regresamos a la culpa del otro, ese que hace las cosas mal. Yo no.

La práctica sin pertinencia no genera super dotados, al contrario, produce conformistas, criticones, quejosos y corruptos. Dibujar mil veces lo mismo hará al maestro si lo que se dibuja y cómo se dibuja contiene los elementos suficientes para validar su pertinencia. Hay cosas que si se repiten, sirven para aprender a dibujar, y hay cosas que no sirven para nada, por muy bonitas o sabrosas que sean.
Dominar la acuarela requiere primero aprender bien la técnica y luego repetirla. Aplicarla mal y repetirla mil veces es hacerla mal mil veces, y eso no hace a nadie maestro. El espacio para repetirla no está en la clase, está en quien realmente abre un espacio porque quiere hacerlo. Los referentes ayudan, pero cuando el profesor no da la pauta correcta para referirlos bien, el alumno chifla en la loma.

Y que no se nos olvide, el alumno no sabe, el que sabe es el maestro. —¿Cómo que el maestro tampoco sabe? —¿Cómo que el alumno cuestiona al maestro?—

En el país de las maravillas la locura y el sinsentido hacen parecer que la loca es Alicia.
—¡Que le corten la cabeza!— Al fin y al cabo la persistencia de la razón vale un comino.

martes, 27 de enero de 2026

BREAKING BAD

 

Imagen del cartel promocional de la serie televisiva "Breaking bad" (alusión referencial)

Mis reglas son muy estrictas, pero ellos siempre encuentran el mínimo espacio para contradecirlas. Ellos harán lo que no dije porque no lo dije, no porque esté permitido o sea informal. Ellos lo saben, pero no les importa.

Con un bafle a todo volumen se instalaron sin permiso en los oídos de todos. No hay permiso porque los permisos los permite al que le importan un bledo los permisos.

Que no me lo hagan a mí. Doy por hecho que la desgracia de los demás es aparte de la mía, aún cuando vivamos en la misma sociedad.

Aviso de oficina: —El negocio abre a las 9 y cierra a las 8. El horario de comida es de 3 a 5, aunque comamos en la sala de juntas con la puerta abierta cuando nos dé la gana y a la vista de todos. El de hacer chismes es a cualquier hora. El de ver las redes, todo el tiempo. Las contrataciones y las artimañas para mantenerse en los puestos o contratar a familiares se hacen a escondidas. Si ve que no hay nadie o no se le atiende, sea tolerante o venga otro día. Si es cuate no se preocupe, tiene las puertas abiertas de par en par—.

Tengo mil costras. Las cultivo arrancándome unas, mientras se me hacen otras. Las llagas nunca sanan, pero las costras mantienen viva la llama de mi vida, pues al devorarlas redimo la parte espiritual de mi piel que no tiene heridas.

El ungido cumple el sacramento en sí mismo, aún cuando se sepa impuro o impío. El que unge no revisa el perfil de quien unge, ya sea por ignorancia o protocolo.
Los ungidos podrían guiar a los otros, pero el liderazgo no suele ser parte de un perfil equilibrado, sino de uno corrupto.

Prefirió romper sus juguetes que prestarlos. No por egoísmo, sino para proteger la esencia de sus sueños. Él sabe que jugar no es un juego.

Le pedimos a la virgen que nos atienda, le rogamos, le suplicamos y si se puede —cuando es fecha y en bola de preferencia—, nos arrastramos para que nos cumpla. Pero no sabemos, o más bien, no queremos que nos pidan ser prolijos con el prójimo.

Damos por hecho que la lluvia, el calor, el frío o la sequía son naturales, pero no queremos aceptar la naturaleza propia, esa que por un lado nos invita al salvajismo, y por otro lado, nos obliga a dominarlo.

Con un cuchillo asesiné mi destino cuando no pude soportar el vacío de mis escrúpulos. Hubiera querido usar una pistola, habría sido más fácil y menos tortuoso, no hubiera sufrido tanto y no sería tan lenta mi agonía. Pero una pistola es mucho más cara que un cuchillo.

Los loros arremedan muy bien lo que escuchan. Los humanos escuchan muy bien, pero solo arremedan a la perfección el influjo de la estupidez.

Nunca aprendió a tocar bien su instrumento pero se hizo músico. No pudo nunca aprender a dibujar pero expone su obra con regularidad. No tenía el cuerpo ideal para bailar, pero se hizo bailarina profesional. Tenía carencias elementales de redacción y ortografía, pero ya tiene varios libros publicados. En la escuela nunca destacó, pero gracias al papá y la mamá famosos se hizo actor. No sabía ni qué era, pero aceptó la plaza de investigador y ahora hasta le dan premios. No sabe hacer nada, pero ahora es artista contemporáneo, con beca y toda la cosa.
Lo justo no es lo justo, sino justo es lo que no lo es. Así es en el arte actual.

Con inteligencia artificial me arreglé la nariz, la papada, la lonja y las bolsas de los ojos. Con nada de inteligencia me hice político.

Con una facilidad como nunca antes puedo viajar a cualquier lugar del planeta, pero nunca encontré la oficina para tramitar mi pasaporte a los más ocultos resquicios de mi ser.

Nunca supe qué estudiar pero hice la prueba y la pasé, sin gran esfuerzo. Ya en la escuela, reprobé muchas materias pero luego las pasé en extras. Ahora que ya me gradué, sigo sin saber por qué estudie eso, pero me va mejor que aquel compañero que sí sabía lo que quería y sacaba puro diez.

Nunca preparo mis clases. Por eso llego al aula y les repito lo mismo a mis alumnos, y cuando se me acaba el carrete, les hablo de política, de las injusticias y de cómo se hacen bien unos huevos fritos.

Madrugo todos los días para darle fuerte al trabajo, pero nunca es suficiente. Le pedí prestado al banco y a veces nos ayuda mi mamá, a escondidas de papá, si no se enoja. No sé por qué no progreso si soy buen hombre, nunca me alcanza para mantener a mi mujer embarazada y mis ocho hijos.

Decidí ya no verme nunca más en los espejos. Para no hacerme a la idea de que aquel reflejo soy yo, cuando en realidad es una copia invertida de mí mismo. Estoy pensando en sacarme los ojos, a ver si así puedo ver las cosas como son, como las veía Borges.

La gente que anda en moto anda con el cuerpo expuesto a la velocidad y a la impertinencia. A ver cuándo hace los respectivos ajustes la Real Academia Española: —motociclista, del latín motoris=que mueve o produce estupidez—.

No tenemos ni para tragar, pero le vamos a hacer sus quince años a mi hija de dieciséis. A ver cómo le hacemos después.

Inconscientemente a propósito me disfrazo con retazos de ropa indígena de aquí y de allá, como antropóloga o etnóloga hippie, aunque por la época me queda mejor el término hipster millenial. Pero tengo más de 50, así que me queda mejor todavía hipster chavorruca. No soy muy de ir al Starbucks ni soy vegana ni me interesa lo ecológico ni la sustentabilidad, pero como mucho pan y refresco, hago yoga y soy feminista. ¡Ah, eso sí!, tengo un doctorado patito sobre estudios de cultura náhuatl.

Escondo mis secretos en la caja de la taza del baño. No confío en los bancos ni en las cajas de seguridad. Saco una parte cada vez que necesito excomulgar lo que realmente pienso de las personas, del mundo y del universo.

Ya lo sé, lo respetable es lo que merece respeto, no lo que se mantiene al margen de una discusión o pleito. Pero si fuera sincero tendría pleitos con todos.

Lo cortés no es formalidad ni necesariamente es ser educado. Es una manera de interceder un protocolo social o cultural. Puedes dar los buenos días a tu vecino y al mismo tiempo sacar a tu perro para que se orine en su puerta.

El mayor reto es progresar en un contexto hostil. Por eso recurro siempre a los atajos más eficaces para hacerme el tonto conmigo mismo.

Analizo las partículas mínimas, los esteres y las bacterias, pero no sé cómo estudiar mis erratas de vida, no caben en el microscopio. 


sábado, 24 de enero de 2026

REFUGIOS



La realidad es la sofocante manera de estar presente, y las brechas entre la guerra y la paz, modos antagónicos entre estar adentro y afuera, se hacen, pero también las hacemos. No hay un mismo refugio para todos. Para unos es la intransigente manera de convertir la felicidad en locura. Para mí es la aspiración por estar consciente de que respiro, con pequeñas pausas de labilidad, en donde cabe también el ensueño. También es una forma de locura, pero es la única manera que reconozco de limar las asperezas entre lo real y lo divino. ¿Es un refugio real? ¿Es posible compartirlo? No lo sé, no creo. El refugio más grande para todos es la muerte, pero como nadie la reconoce, para nadie existe. He visto rayar en la muerte a muchos amigos y conocidos, pero ninguno ha sabido concebir su experiencia en un globo aerostático para contemplarse a sí mismo; todos terminan por ensanchar su imagen en un espejo de feria, de esos que deforman los reflejos.

Otros refugios menos estratosféricos son la meditación, la religión, las vacaciones y el Internet. Tengo un amigo, de esos que vemos cada quinientos años, que es budista. Aunque casi no nos vemos y que tenemos diferencias abismales, compartimos el mismo refugio, la silente amistad de estar desde lejos en la misma cavidad: respirar el mismo aire espiritual. Él convierte el espacio en pinceladas que definen la distancia lumínica entre los objetos que existen en los paisajes. Yo lo hago con nervaduras lineales que luego imprimo en telares de fibras flexibles. Él exhibe lo que hace para sostener la ligadura social, para justificar su relación con el mundo real. A mí no me importa exhibir mis líneas, pero doy clases para aterrizar en el mundo y luego despegarme de él.
El refugio más poderoso de mi edificio no está en el sótano ni en la bodega, está en los pilares del control y el refrenamiento. Cada vez que hay un bombardeo me aferro a mis pilares, me compenetro. No sé que haría con una bomba atómica. Para sobrevivir tendría que dejar el mundo antes, como hacen los jubilados; pero tendría que dejar todo atrás y no sé qué sea eso. Lo más probable es que me refugie en la muerte, para que nada me haga daño.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

EL HOMBRE SEMPITERNO

 


Estudio de cabeza de viejo, de Rembrandt. Alusión a Matusalén, el hombre más longevo en la Biblia.

EL HOMBRE SEMPITERNO

No soy de este tiempo ni de esta época, aunque viva en México en 2026. Tengo sangre sumeria, persa y babilónica, pero también estoy amarrado al linaje griego. Soy de la época de Marco Aurelio, de los campos germanos del siglo XIII, del Renacimiento, de trozos multiformes del Barroco, del periodo Novohispano (de donde proviene mi sangre mestiza), del Siglo de las Luces, de la tecnología bisagra del XIX, y de tan sólo un parpadeo reciente. No reniego de mis ancestros precolombinos, con quienes conviví en los principios de mi vida, pero fue mi periodo adolescente, en donde exageré mis ahíncos y no pude ver más allá de mis escrutinios. Si vivo aquí y en este tiempo es porque vine para corroborar lo inexcrutable: que todo y nada ha cambiado; y que, aunque hablo español porque aquí se habla este idioma, me comunico mejor con Platón, Durero y Descartes. ¡Pero qué curioso!, Hawking me presentó a Einstein y este me presentó al infinito. Y cuando estuve en lo indecible, decidí ser yo mismo y regresar para ser todos y ninguno.

 
Hammurabi me lleva más de tres mil quinientos años; Pitágoras y Vitruvio poco más de dos mil; Humboldt poco más de ciento cincuenta, y con Picasso platico todos los días dibujando y pintando. Pero yo soy más longevo que ellos. La suma de mis seres es la suma de los seres de la humanidad, aún cuando no pueda en mí mismo resumir lo de todos, sino lo de todos a través de algunos, como en el laberinto de Borges, dentro y fuera a la vez.


Aprendí orfebrería con los escitas, preparación primaria. Pero con ostrogodos y visigodos definí mi vocación; y con Durero, Goltzius y Rembrandt me gradué. Cuando estuve con Senefelder y Linati todo se complicó, guardé mis herramientas para sostener con ellos una discusión. No llegamos a nada, porque casi de inmediato la industria se sobrepuso a la evolución natural de la representación, y la saboteó.
Cuando pasó la segunda guerra, me fui a vivir a Alemania para ver las ruinas y darme cuenta del presagio de autodestrucción. Con la guerra de Ukrania, decidí resucitar a los muertos rusos para que vieran el pedestal de su epitafio y lo reescribieran con la sangre de todas las épocas, que es la misma de siempre.
Con frecuencia regreso a los mismos periodos, pero vuelvo al punto inicial, el que me dio mi origen, no por masoquismo, sino porque desde ahí puedo tener perspectiva de todo lo demás. Eso me falta superar de mí mismo, romper los puntos de referencia, materia con que se hace el molde del hombre y con lo que se construyen los egos y se hace la muerte.


Le dije a Durero que lo que hacemos ya no se hace, y en vez de sorprenderse, sonrió con amplitud y luego me dijo: —Unsere Arbeit ist zeitlos, auch wenn sie nicht mehr praktiziert wird—. Pues sí, le dije, pero como se hacen otras cosas, distintas en todo unas, y en otras por mera factoría, no es que nadie quiera, es que no pueden.

 
Cada vez que doy una conferencia me guardo el secreto, pues si les digo de dónde vengo y en dónde he estado, se espantarían y luego seguro me apedrearían. —En un evento académico se me salió decir que venía del siglo XVI, y una doctora notó que no era metáfora y se sorprendió muchísimo—. No están listos para verse en el espejo, esperan seguirse viendo el ombligo. Por eso también me envuelvo en mi capa del tiempo, que es de pasta y de papel, para doblegar lo que me une con ellos y así ser lo que puedo y lo que quiero ser. También hice conos con periódicos, para envolver mis sentimientos, revueltos entre las noticias, para que se los llevara el tiempo y se hicieran uno con la historia. Ahora, cada vez que quiero revocar lo que sentí, voy a la hemeroteca y recapitulo en silencio lo que fui, para sentir algo.
En el otoño de mi vida me compré un coche para celebrar, con él anduve de andariego por Buenos Aires, Lima, Uruguay y todo México, barriendo con la vista lo que hizo Verne con la imaginación. ¡¿Qué celebré?! ¡Que no hay nada que celebrar!.
En mis sueños (mi forma de viajar por excelencia) me topé con sirenas, centauros, minotauros y nínfulas griegas, nada más para redimir el lado oculto de mi ser, para sumergirme en el mar oscuro de la conciencia y con eso, ratificar mi realidad, permanecer en ella, pero sin que nadie se dé cuenta, para no llamar la atención, para no contaminar mi libertad de operación.

Me quedé con el Minotauro en los 90s, para entender el vacío descomunal del ser. Lo entendí, pero solo estaba ahí, por eso me fuí.
En mi época nadie llega tarde, nadie se ofende porque sí, todos se subliman al espíritu de engrandecer su ser con lo mínimo, no por orgullo ni presunción, sino porque saben que no hay tiempo que perder. Todos tienden su hilo y con él atraviesan el ojo de la nobleza y la solemnidad. Y ya que estoy hablando de líneas, hice miles con el filo del buril, para trazar mis rutas de investigación, y con cada una un hilo para remendar la especulación, para hacer del mundo algo familiar, algo asequible de ver, de ser y de contemplar. Tengo un tratado sobre la línea que escribí a oscuras, apenas con una lamparilla que me prestaron Pitágoras, Roy Kerr, Einstein y Stephen Hawking. Lo escribí casi en penumbras porque no encontré paralelismos, más que sustanciales coincidencias en la física cuántica y en la teoría sobre los agujeros negros. No lo he publicado pero existe en todos lados, aunque nadie lo sepa ver.
Aunque mi tiempo es antiguo, tengo tintes futuristas, no sólo por lo de la línea, sino por el margen evolutivo que veo en mis transiciones, que divagan entre el pasado y el presente, lo que horma mis zapatos.

 
Siempre he querido ir más atrás, para tener una plática con un Australopithecus o un Cromañón, pero nunca aprendí su idioma, no había de quién aprenderlo. Un antiguo sabio egipcio me dijo que no indagara, que la antigüedad del hombre no está en los genes del mono como piensan muchos, tampoco en las religiones ni mucho menos en los vestigios. Que está perdido en el tiempo, en más de quinientos mil años, y que todo vestigio real sobre el origen humano no es tangible ni lineal; y que por eso no sabremos nunca su idioma, su filosofía y su punto de partida, porque no lo hay. Me dijo que el Cromañón no era humano, y que el Australopithecus era una versión muy reciente del ser humano, casi idéntica a lo que ya somos. Me dijo además, que debemos mirar hacia atrás y con un espejo en la mano, mismo que debe apuntar hacia donde se mira, no hacía uno mismo, pues aunque en ambos casos se trata de un reflejo, es en el primer caso un reflejo real del origen de la humanidad, reflejo directo pero difuso, como cuando se encuentran de frente dos espejos y con la profundidad se pierde luz y definición.
En mi tiempo los amaneceres son lentos y fríos, como ahora. Pero los crepúsculos no tienen temperatura, sino textura, y duran un segundo. El mediodía es blando y rígido a la vez, como una esponja que absorbe el agua y que al exprimirse se vacía. Y las madrugadas, ¡ah!, son un manto que envuelve con sopor el viento, lo hace más opaco y lo convierte en ensoñación. Los hombres que respiran despiertos ese vapor suman letargos de inspiración, viven dos vidas. Los que lo hacen dormidos flotan a la deriva de la indefinición y apenas rozan la tierra, pero nunca se desprenden de ella sino hasta que mueren.
No hay escuelas, pero se enseña bien todos los días. Hay amarras religiosas pero se usan de pretexto para grandes obras. Existen las jerarquías y están tan bien definidas, que lo competente es lo que determina. Por supuesto que hay idioteces y que eso también determina, pero es por ignorancia y fanatismo, no por ocurrencias desmedidas, como ahora. Aunque lo científico no tiene la edición actual, se ejerce con seriedad, con riesgo y bajo la industria de mi época. El arte por su lado, no persigue simulaciones sino concreciones. Para ser artista se debe demostrar, no justificar. Existe la muerte indeleble; y ya sea por enfermedad, circunstancia, voluntad propia o ejecución, la muerte se practica como si fuera un deporte de alto riesgo: con audacia, velocidad, miedo y confrontación. No hay muerte independiente. La muerte no es parte de la vida, es gracias a la muerte que se vive la vida.
Cuando viajé fuera de la tierra por primera vez, me preocupé de lo que se preocupan los astronautas, de cómo voy a respirar, qué voy a comer y si voy a regresar. Pero nunca tuve que ver nada de eso. Como en los viajes al espacio el tiempo se desdobla un poco, y así también pasa cuando transito entre épocas, no hizo falta el traje espacial ni la comida especial. Lo que sí necesité, fue un estímulo. De estímulos están llenos todos los seres humanos, pues cuenta todo con lo que interactúan, con lo que "hacen" su mundo. En el espacio no hay nada de eso, la nada no es el vacío espacial, sino el vacío de estímulos. No hay nada que valide los estados emocionales porque no existen los referentes.
Y ahí les va un dato, un tip que a mí me congeló los huesos y todavía me pasa: el espacio fuera de la tierra no es el espacio exterior. Es la nada, lo incomprensible, lo inconmensurable, lo indecible; pero es también lo inexorablemente presente, lo eternamente intransigente, lo impermeable, lo inescrutable. ¿Dije tierra verdad? No me refiero al planeta que orbita alrededor del sol. Me refiero al planeta que hizo del hombre ser hombre. Al globo de la realidad al que se sube toda la humanidad para hacer real su realidad. Al conjunto de emociones que lo amarran a su ser. A la línea que define su borde perceptivo. A su contexto, cualquiera que este fuere. No me pregunten cómo llego ahí. Digamos que me pongo un traje de astronauta, pero en vez de ser hermético para el espacio exterior, los rayos gamma del sol y equipado con tanques para la respiración, está compuesto de silencio interno, desapego y un poco de austeridad, no de abstenerse de cosas, sino de lo que hace al hombre ser hombre.


Ya los dejo, tengo pendientes en Alejandría, en Roma, en Constantinopla, en Tula y en Maguncia, donde quedé de verme con Gutenberg y Johann Fust. Tenemos un proyecto, vamos a imprimir la primera versión impresa del Génesis, que incluirá un apartado sobre el ADN, la evolución de Darwin y el egomaniatismo. Yo la voy a ilustrar.