Héctor Morales Prints
Grabados, dibujos, pinturas, ilustraciones y disertaciones de Héctor Morales
martes, 27 de enero de 2026
BREAKING BAD
sábado, 24 de enero de 2026
REFUGIOS
La realidad es la sofocante manera de estar presente, y las brechas entre la guerra y la paz, modos antagónicos entre estar adentro y afuera, se hacen, pero también las hacemos. No hay un mismo refugio para todos. Para unos es la intransigente manera de convertir la felicidad en locura. Para mí es la aspiración por estar consciente de que respiro, con pequeñas pausas de labilidad, en donde cabe también el ensueño. También es una forma de locura, pero es la única manera que reconozco de limar las asperezas entre lo real y lo divino. ¿Es un refugio real? ¿Es posible compartirlo? No lo sé, no creo. El refugio más grande para todos es la muerte, pero como nadie la reconoce, para nadie existe. He visto rayar en la muerte a muchos amigos y conocidos, pero ninguno ha sabido concebir su experiencia en un globo aerostático para contemplarse a sí mismo; todos terminan por ensanchar su imagen en un espejo de feria, de esos que deforman los reflejos.
Otros refugios menos estratosféricos son la meditación, la religión, las vacaciones y el Internet. Tengo un amigo, de esos que vemos cada quinientos años, que es budista. Aunque casi no nos vemos y que tenemos diferencias abismales, compartimos el mismo refugio, la silente amistad de estar desde lejos en la misma cavidad: respirar el mismo aire espiritual. Él convierte el espacio en pinceladas que definen la distancia lumínica entre los objetos que existen en los paisajes. Yo lo hago con nervaduras lineales que luego imprimo en telares de fibras flexibles. Él exhibe lo que hace para sostener la ligadura social, para justificar su relación con el mundo real. A mí no me importa exhibir mis líneas, pero doy clases para aterrizar en el mundo y luego despegarme de él.
El refugio más poderoso de mi edificio no está en el sótano ni en la bodega, está en los pilares del control y el refrenamiento. Cada vez que hay un bombardeo me aferro a mis pilares, me compenetro. No sé que haría con una bomba atómica. Para sobrevivir tendría que dejar el mundo antes, como hacen los jubilados; pero tendría que dejar todo atrás y no sé qué sea eso. Lo más probable es que me refugie en la muerte, para que nada me haga daño.
miércoles, 19 de noviembre de 2025
EL HOMBRE SEMPITERNO
Estudio de cabeza de viejo, de Rembrandt. Alusión a Matusalén, el hombre más longevo en la Biblia.
EL HOMBRE SEMPITERNO
No soy de este tiempo ni de esta época, aunque viva en México en 2026. Tengo sangre sumeria, persa y babilónica, pero también estoy amarrado al linaje griego. Soy de la época de Marco Aurelio, de los campos germanos del siglo XIII, del Renacimiento, de trozos multiformes del Barroco, del periodo Novohispano (de donde proviene mi sangre mestiza), del Siglo de las Luces, de la tecnología bisagra del XIX, y de tan sólo un parpadeo reciente. No reniego de mis ancestros precolombinos, con quienes conviví en los principios de mi vida, pero fue mi periodo adolescente, en donde exageré mis ahíncos y no pude ver más allá de mis escrutinios. Si vivo aquí y en este tiempo es porque vine para corroborar lo inexcrutable: que todo y nada ha cambiado; y que, aunque hablo español porque aquí se habla este idioma, me comunico mejor con Platón, Durero y Descartes. ¡Pero qué curioso!, Hawking me presentó a Einstein y este me presentó al infinito. Y cuando estuve en lo indecible, decidí ser yo mismo y regresar para ser todos y ninguno.
Hammurabi me lleva más de tres mil quinientos años; Pitágoras y Vitruvio poco más de dos mil; Humboldt poco más de ciento cincuenta, y con Picasso platico todos los días dibujando y pintando. Pero yo soy más longevo que ellos. La suma de mis seres es la suma de los seres de la humanidad, aún cuando no pueda en mí mismo resumir lo de todos, sino lo de todos a través de algunos, como en el laberinto de Borges, dentro y fuera a la vez.
Aprendí orfebrería con los escitas, preparación primaria. Pero con ostrogodos y visigodos definí mi vocación; y con Durero, Goltzius y Rembrandt me gradué. Cuando estuve con Senefelder y Linati todo se complicó, guardé mis herramientas para sostener con ellos una discusión. No llegamos a nada, porque casi de inmediato la industria se sobrepuso a la evolución natural de la representación, y la saboteó.
Cuando pasó la segunda guerra, me fui a vivir a Alemania para ver las ruinas y darme cuenta del presagio de autodestrucción. Con la guerra de Ukrania, decidí resucitar a los muertos rusos para que vieran el pedestal de su epitafio y lo reescribieran con la sangre de todas las épocas, que es la misma de siempre.
Con frecuencia regreso a los mismos periodos, pero vuelvo al punto inicial, el que me dio mi origen, no por masoquismo, sino porque desde ahí puedo tener perspectiva de todo lo demás. Eso me falta superar de mí mismo, romper los puntos de referencia, materia con que se hace el molde del hombre y con lo que se construyen los egos y se hace la muerte.
Le dije a Durero que lo que hacemos ya no se hace, y en vez de sorprenderse, sonrió con amplitud y luego me dijo: —Unsere Arbeit ist zeitlos, auch wenn sie nicht mehr praktiziert wird—. Pues sí, le dije, pero como se hacen otras cosas, distintas en todo unas, y en otras por mera factoría, no es que nadie quiera, es que no pueden.
Cada vez que doy una conferencia me guardo el secreto, pues si les digo de dónde vengo y en dónde he estado, se espantarían y luego seguro me apedrearían. —En un evento académico se me salió decir que venía del siglo XVI, y una doctora notó que no era metáfora y se sorprendió muchísimo—. No están listos para verse en el espejo, esperan seguirse viendo el ombligo. Por eso también me envuelvo en mi capa del tiempo, que es de pasta y de papel, para doblegar lo que me une con ellos y así ser lo que puedo y lo que quiero ser. También hice conos con periódicos, para envolver mis sentimientos, revueltos entre las noticias, para que se los llevara el tiempo y se hicieran uno con la historia. Ahora, cada vez que quiero revocar lo que sentí, voy a la hemeroteca y recapitulo en silencio lo que fui, para sentir algo.
En el otoño de mi vida me compré un coche para celebrar, con él anduve de andariego por Buenos Aires, Lima, Uruguay y todo México, barriendo con la vista lo que hizo Verne con la imaginación. ¡¿Qué celebré?! ¡Que no hay nada que celebrar!.
En mis sueños (mi forma de viajar por excelencia) me topé con sirenas, centauros, minotauros y nínfulas griegas, nada más para redimir el lado oculto de mi ser, para sumergirme en el mar oscuro de la conciencia y con eso, ratificar mi realidad, permanecer en ella, pero sin que nadie se dé cuenta, para no llamar la atención, para no contaminar mi libertad de operación.
Me quedé con el Minotauro en los 90s, para entender el vacío descomunal del ser. Lo entendí, pero solo estaba ahí, por eso me fuí.
En mi época nadie llega tarde, nadie se ofende porque sí, todos se subliman al espíritu de engrandecer su ser con lo mínimo, no por orgullo ni presunción, sino porque saben que no hay tiempo que perder. Todos tienden su hilo y con él atraviesan el ojo de la nobleza y la solemnidad. Y ya que estoy hablando de líneas, hice miles con el filo del buril, para trazar mis rutas de investigación, y con cada una un hilo para remendar la especulación, para hacer del mundo algo familiar, algo asequible de ver, de ser y de contemplar. Tengo un tratado sobre la línea que escribí a oscuras, apenas con una lamparilla que me prestaron Pitágoras, Roy Kerr, Einstein y Stephen Hawking. Lo escribí casi en penumbras porque no encontré paralelismos, más que sustanciales coincidencias en la física cuántica y en la teoría sobre los agujeros negros. No lo he publicado pero existe en todos lados, aunque nadie lo sepa ver.
Aunque mi tiempo es antiguo, tengo tintes futuristas, no sólo por lo de la línea, sino por el margen evolutivo que veo en mis transiciones, que divagan entre el pasado y el presente, lo que horma mis zapatos.
Siempre he querido ir más atrás, para tener una plática con un Australopithecus o un Cromañón, pero nunca aprendí su idioma, no había de quién aprenderlo. Un antiguo sabio egipcio me dijo que no indagara, que la antigüedad del hombre no está en los genes del mono como piensan muchos, tampoco en las religiones ni mucho menos en los vestigios. Que está perdido en el tiempo, en más de quinientos mil años, y que todo vestigio real sobre el origen humano no es tangible ni lineal; y que por eso no sabremos nunca su idioma, su filosofía y su punto de partida, porque no lo hay. Me dijo que el Cromañón no era humano, y que el Australopithecus era una versión muy reciente del ser humano, casi idéntica a lo que ya somos. Me dijo además, que debemos mirar hacia atrás y con un espejo en la mano, mismo que debe apuntar hacia donde se mira, no hacía uno mismo, pues aunque en ambos casos se trata de un reflejo, es en el primer caso un reflejo real del origen de la humanidad, reflejo directo pero difuso, como cuando se encuentran de frente dos espejos y con la profundidad se pierde luz y definición.
En mi tiempo los amaneceres son lentos y fríos, como ahora. Pero los crepúsculos no tienen temperatura, sino textura, y duran un segundo. El mediodía es blando y rígido a la vez, como una esponja que absorbe el agua y que al exprimirse se vacía. Y las madrugadas, ¡ah!, son un manto que envuelve con sopor el viento, lo hace más opaco y lo convierte en ensoñación. Los hombres que respiran despiertos ese vapor suman letargos de inspiración, viven dos vidas. Los que lo hacen dormidos flotan a la deriva de la indefinición y apenas rozan la tierra, pero nunca se desprenden de ella sino hasta que mueren.
No hay escuelas, pero se enseña bien todos los días. Hay amarras religiosas pero se usan de pretexto para grandes obras. Existen las jerarquías y están tan bien definidas, que lo competente es lo que determina. Por supuesto que hay idioteces y que eso también determina, pero es por ignorancia y fanatismo, no por ocurrencias desmedidas, como ahora. Aunque lo científico no tiene la edición actual, se ejerce con seriedad, con riesgo y bajo la industria de mi época. El arte por su lado, no persigue simulaciones sino concreciones. Para ser artista se debe demostrar, no justificar. Existe la muerte indeleble; y ya sea por enfermedad, circunstancia, voluntad propia o ejecución, la muerte se practica como si fuera un deporte de alto riesgo: con audacia, velocidad, miedo y confrontación. No hay muerte independiente. La muerte no es parte de la vida, es gracias a la muerte que se vive la vida.
Cuando viajé fuera de la tierra por primera vez, me preocupé de lo que se preocupan los astronautas, de cómo voy a respirar, qué voy a comer y si voy a regresar. Pero nunca tuve que ver nada de eso. Como en los viajes al espacio el tiempo se desdobla un poco, y así también pasa cuando transito entre épocas, no hizo falta el traje espacial ni la comida especial. Lo que sí necesité, fue un estímulo. De estímulos están llenos todos los seres humanos, pues cuenta todo con lo que interactúan, con lo que "hacen" su mundo. En el espacio no hay nada de eso, la nada no es el vacío espacial, sino el vacío de estímulos. No hay nada que valide los estados emocionales porque no existen los referentes.
Y ahí les va un dato, un tip que a mí me congeló los huesos y todavía me pasa: el espacio fuera de la tierra no es el espacio exterior. Es la nada, lo incomprensible, lo inconmensurable, lo indecible; pero es también lo inexorablemente presente, lo eternamente intransigente, lo impermeable, lo inescrutable. ¿Dije tierra verdad? No me refiero al planeta que orbita alrededor del sol. Me refiero al planeta que hizo del hombre ser hombre. Al globo de la realidad al que se sube toda la humanidad para hacer real su realidad. Al conjunto de emociones que lo amarran a su ser. A la línea que define su borde perceptivo. A su contexto, cualquiera que este fuere. No me pregunten cómo llego ahí. Digamos que me pongo un traje de astronauta, pero en vez de ser hermético para el espacio exterior, los rayos gamma del sol y equipado con tanques para la respiración, está compuesto de silencio interno, desapego y un poco de austeridad, no de abstenerse de cosas, sino de lo que hace al hombre ser hombre.
Ya los dejo, tengo pendientes en Alejandría, en Roma, en Constantinopla, en Tula y en Maguncia, donde quedé de verme con Gutenberg y Johann Fust. Tenemos un proyecto, vamos a imprimir la primera versión impresa del Génesis, que incluirá un apartado sobre el ADN, la evolución de Darwin y el egomaniatismo. Yo la voy a ilustrar.
domingo, 6 de julio de 2025
La caída de la tesis
El campo energético y el poder de las acciones
He Man: "Ya tengo el poder"
sábado, 22 de febrero de 2025
Mr. Hyde
miércoles, 29 de enero de 2025
Buque de guerra
Jorge Alberto Manrique se sentó junto a mí, como un imán atraído por un misterio incolume. O sea, sin más circunstancia que lo circunstancial y sin mayor casualidad que lo casual. Aunque lo vi abordar mi fila, tambaleándose entre las bancas como un buque de guerra —con un bastón como un ancla que no logra fondear, cansado de tantas batallas, con saco café y pantalón gris, como la madera calafateada de los cascos—, me sorprendió mucho por lo imprevisto y por el contexto; habiendo tantas bancas, eligió la que estaba a mi izquierda. El auditorio del IIE estaba casi vacío, a cuenta gotas llegaban los asistentes y los ponentes. Eran principios de 2016 y el coloquio se antojaba por la temática general y por los títulos de las ponencias. El maestro no parecía ponente sino asistente. Estábamos sentados al centro del cuadro de butacas, a buena distancia del proscenio, pero lejos como para salir y subir al escenario.
En unos minutos llegó y se acercó hasta el maestro Elisa Vargaslugo Rangel, se saludaron de pie como viejos camaradas pero ella sí subió. El maestro, todavía con la sonrisa en la cara me miró y me invitó a sonreír, como esperando una aprobación de su efusiva comunión. Retomó su asiento.
Al final del evento, después de un racimo de ponencias y lleno más de colegas que de asistentes fortuitos como yo, abrieron un espacio para homenajear a los veteranos. Entonces se levantó el maestro y con el mismo tambalear, como si el buque partiera de regreso de un continente a otro, subió con ayudas al escenario y dijo unas palabras protocolarias. Nunca intercambiamos personalmente nada más que la compañía adyacente de dos butacas, pero eso fue para mí un regalo profético, una muestra-presagio para lo que después me condujo a la investigación.






