miércoles, 9 de marzo de 2022

Anecdotario 3

 El PORVENIR

Teníamos un terreno en esquina con una casa al fondo. Digo teníamos porque yo vivía ahí, con toda mi familia. La entrada era una reja de metal hueco pintada de blanco, oxidada por todos lados, con fecha de caducidad pero segura. Mis recuerdos más vivos de esa época son de 1976, cuando tenía 3 o 4 años. 

     Aun tengo en la mente varios recuerdos frescos, como el de mi tía Rosa que me cargaba mientras unas quesque primas de ella, con permiso y estímulo de mi tía, me chuleaban y besaban. En otro, ya más grande, decían mis hermanas que yo era bonito, que tenía el pelo rojo y que era medio güerillo. Mi hermana Patricia decía que me cargaba acostada en la cama y entre cánticos y mimos se me salía la baba y le escurría en su cara. 

     La casa estaba en la calle 10 esquina con calle 28, en la colonia El Porvenir, una zona enmarcada al oriente por la calzada Vallejo, al sur por la Parroquia de san Francisco de Asís que, unas cuantas calles más allá se abría hasta el Hospital de la Raza, al poniente por la calle Pino y el teatro Virginia Fabregas, que daba a mi escuela primaria, que se llamaba Licenciado Atenedoro Monroy. Y al norte por la calzada Cuitláhuac, que colindaba con la colonia Prohogar. 

     El terreno de la casa era a la vez el patio y era muy grande ¿Qué no es grande para cualquiera cuando se es niño? Una entrada de piedras planas que daban hasta el fondo, donde estaba el lavadero y una pileta de cemento; y a un costado un piso de tierra, mezcla de polvo y tierra seca, como molida. Hacia la esquina había un pequeño jardín, que no era sino un laberinto diminuto mezcla de macetas con malvones y helechos, que compartían caminos con unos arbustos plantados a flor de tierra de no sé de qué especie. Mi tía Rosa rentaba el espacio para los coches de los vecinos, carros de aquella época, de lámina maciza, largotes largotes como el de Batman de la televisión. Algunos de esos carros los hojalateaba mi papá, don Raúl Morales Escudero, pintor de oficio y padre de profesión. Le sacaba los golpes a los coches, los resanaba con primer, los lijaba con lija de agua, los sellaba y luego los pintaba con pistola de aire y compresora.

     En poco tiempo, no sé en cuanto, aparecieron unos montículos de grava y arena en el patio, por dentro y a un lado de la reja, para no estorbar el acceso de los carros. Ahí jugué encima de la grava y me sentía un gigante que alteraba la orografía de unos cerros diminutos, ayudado con una cuchara de albañil o con espátulas de metal. Como andaba de calzón traía las piernas sueltas, como canillitas, entonces me sangraba seguido las rodillas, pero cada vez que me sucedía me daba el llanto, más porque veía la sangre que por el dolor, y más porque sabía que me pondrían alcohol, jugo de limón o merthiolate para prevenir la infección. Sin recuerdo alguno, pese a que frecuentaba el patio como cancha diaria de juegos, aparecieron unos cuartos en obra negra, en donde una vez caché a mi tía Rosa recostada en una cama, exprimiéndole el miembro a un tipo gordo y alto, que le decían "El Gordo". Se llamaba Gabriel y era chofer de un camión de Muebles y Mudanzas MyM. Era el novio de mi tía. El Gordo y mi tía no se dieron cuenta que los vi, pero a mí me desconcertó la escena y con inocencia, pero con afilada intuición se lo conté a mi mamá, doña Zenaida Mejía González, que se carcajeó abiertamente y luego le reclamó a mi tía que no dejara abierta la puerta porque —El niño puede entrar y cacharlos haciendo sus cosas—. 

     En el patio cabían unos seis carros pero parecía que eran veinte —ya dije que de niño a uno todo le parece enorme—. De día los sacaban, así que el patio estaba libre, pero de noche los metían. 

     Había también unos pollos, no sé cuántos, y una perra de raza ratonera, muy brava, se llamaba La Muñeca, que sólo era mansa con mi hermano Toño. La amarraban casi todo el día. Pero los pollos andaban por todos lados, a veces se metían hasta la cocina, el comedor o el baño, pues no había puertas sino unas cortinas. En una de esas el pollo macho me vió cara de comida o de gallina, con una mirada penetrante y estoica como la tienen todos los pollos, pero acompañada de un aire pretencioso. Nos vimos y el primer paso lo dio el pollo, arremetiendo conmigo hasta la casa. Corrí al baño, seguido del pollo, que picoteada mis piernas flacas y trataba de montarme. Traté de encerrarme pero el pollo traspasó sin problemas y me atacó a picotazos. Mi tía Rosa dejó el lavadero y me rescató de una polletiza. Fue una experiencia aterradora en verdad. El pollo no me hizo mucho daño pero las pequeñas heridas empezaron a sangrar. No paré de chillar un buen rato. Inconscientemente me dí cuenta de mi sensibilidad. Mi reacción  ante lo desconocido fue por varios años llorar. 

     Ver lavar a mi mamá o a mi tía era todo un suceso para mí. Seguía con todos mis sentidos el método de mojar, enjabonar, tallar y enjuagar, que culminaba en el tendido, creación efímera de espacios móviles y húmedos a la vez, Sábanas blancas que parecían muros de viento fresco y aromático (el olor del Fab). Con la función me hacían partícipe, me prestaban una cubeta para chacualear con las manos en el agua y sumergir en ella los juguetes de plástico que me compraban en el mercado de La Prohogar. A veces me compraban ahí mismo un peso de charales vivos para que los echara a la pileta y desbocara en ella todo un universo de sorpresa, de verlos nadar y comer.  El golpe de ropa sobre las estrías del lavadero era un estilo distinto en ellas pero rítmico en ambas: dos o tres talladas seguidas de un remojo de agua enjabonada y otra vez, en seis series. Luego seguía la enjuagada con bandeja, una o dos cucharadas de agua con la mano derecha y dos tres tallones con la izquierda. Las prendas blancas se tallaban más o se dejaban remojar antes de lavarlas. Mi mamá no cantaba ni oía música al lavar, le preocupaba más cumplir bien con la tarea que complementarlo con aderezos de emoción. Mi tía Rosa, por el contrario, ponía el radio y cantaba o silbaba las canciones de moda, de Juan Gabriel, Napoleón o Camilo Sesto, hipnóticas, repetitivas como un carrusel y de mucha fe, esperanza y desilusión, como una de Camilo Sesto, que a cada rato pasaban en el radio e invitaban al llanto:


El amor de mi vida has sido tú

El amor de mi vida sigues siendo tú

Por lo que más quieras, no me arranques de ti

De rodillas te ruego, no me dejes así

¿Por qué me das libertad para amar?

Si yo prefiero estar preso de ti

Quizá no supe encontrar la forma

De conocerte y hacerte feliz

El amor de mi vida has sido tú... 


     Los recuerdos de esa época no tienen un orden secuencial ni una definición uniforme. Se convocan en diversas intensidades, como cuando sopla el viento, que a veces viene suave, otras veces viene fuerte, y otras viene cálido y otras tan frío que duele, como un golpe. A esto se añade la falta de datos, que nunca fue preocupación de nadie para describirme detalles y motivos de cómo y porqué vivíamos así. Siendo el más pequeño de los hijos de mis padres, me quedé con la parte final del recuento, en donde no parecía importante ya señalar ni remarcar nada. La casa de La 10 en la Porvenir fue para mí mi origen, y después fue el escueto recuento de que era de la abuela y luego de mi tía Susana, la hermana mayor de mi tía Rosa, pero nunca supe porqué vivíamos ahí todos amontonados, porqué vivían con nosotros los hermanos de mi papá y porqué nos fuimos después a la colonia Industrial. Con tres años lo único válido para mí era el amor de los demás y el reconocimiento del mundo, como lo es para cualquier niño que se descubre en él. 

    Con el tiempo descubrí breves flashazos que develaron los motivos de la familia Morales. En un viaje por Peribán Michoacán, mi papá pasó por una tienda en donde atendía una señorita de no malos bigotes. Mi papá quedó prendado de ella y le propuso que se casaran e irse con él a la Ciudad de México. Y así fue. Tuvieron cinco hijos y vivieron con precariedad en la casa de doña Guadalupe Escudero Gómez, madre de mi papá. Por ahí escuché que antes que yo naciera vivieron en la San Felipe de Jesús y no sé en dónde más, Con la runfla de mi papá en casa, mi madre tuvo una vida imposible (versión de mi mamá), que siempre padeció de la esquirla de sus cuñados hasta 1988, cuando ya mis tíos se habían ido a vivir en otro lado y nos quedamos sus hijos con ella hasta 1993, cuando se desbarató todo: mis hermanos se casaron y se fueron, y mi madre y yo fuimos acogidos en Lomas Verdes, en la casa de Javier, mi hermano mayor. 

     Un hecho desgarrador fue la muerte de mi papá. Yo tengo su acta de defunción pero ahí no se narra nada más que una cuestión visceral. Los recuerdos de mi papá son poquísimos, murió cuando yo tenia 6 años. El recuerdo más antiguo creo que fue cuando yo dormía entre mis papás, mi madre a la izquierda y mi padre a la derecha, como dos grandes flancos, y yo al centro de la cama, como encajado al fondo de un sumidero. En un despertar, ya para irse al trabajo mi papá, se vestía al pie de la cama, recargándose en el filo de metal para atar sus zapatos —por lo que parecía un enojo reciente, porque no entendía bien el lenguaje sino los gestos y el volumen de la voz—, mi madre le lanzó improperios para que bajara el pie porque molestaba a la perra, que descansaba justo ahí sobre la cama y que gruñía por el pie de mi papá. Mi papá no contestó la agresión, se vistió en silencio con el eco agresivo de mi madre y salió con un aire de respeto y estoicismo, pero sin sumisión ni arrepentimiento. Mi papá me llevó varias veces a la calle, ya fuera al cine o al parque. Fuimos a todas las películas de Disney en el cine Lindavista y al estreno de Tintorera. No me acuerdo de la película pero sí de la salida del cine, porque había un puestecito que vendía chocolates con la imagen del tiburón de la película. Le rogué a mi papá me comprara uno y con la negativa recurrí al llanto. No me compró nada y sí me dio un buen regaño. En otra ocasión fuimos caminando al mercado de la Prohogar, a dar la vuelta en los juguetes. Me compró una pelota de hule inflable y con ella fuimos a un parquecito que estaba de camino a la casa. Comenzamos a jugar y con dos o tres patadas cayó en una enramada de espinas y se ponchó. Unas cuadras adelante llevamos al pelota con un reparador de bicicletas, donde la parcharon y la inflaron pero no sirvió de nada. 

     No tengo recuerdo alguno de su enfermedad, tan solo del hospital de La Raza, en donde convaleció y al poco tiempo murió. En una visita que me llevaron me dijeron que iba a ver a mi papá, que estaba enfermo. Nunca me puse triste ni nada, la conciencia de la muerte y el sentimiento de pérdida estaban ausentes en mí. Después de la visita me bajaron al pie del hospital y me compraron una historieta del Chapulín Colorado. Nadie me dijo de que murió, ni me explicó de qué nunca. Cuando preguntaba eran evasivas, como si hubiera un secreto que no podían compartir, o como si decírmelo les implicara un gran esfuerzo mental, sacrificio de tiempo y un simple para qué. 

     La Porvenir era una colonia en los setentas lejana del centro de la ciudad, pobre, rodeada de terrenos baldíos, llanos amplios de tierra seca que con los ventarrones formaban remolinos que espolvoreaban todo a su paso. Una especie de tianguis era el centro comercial de los vecinos, puestos de lámina y madera mal hechos, pintados de azul celeste, en donde se vendía fruta, verduras, pan frío y plantas vivas. Si se requería una compra semanal para la comida más basta y de mejor calidad había que ir al mercado de la Prohogar, a quince o veinte minutos de distancia caminando lento pero con ritmo. El guajolotero pasaba a medio día, que con un palo y la ayuda de un perro arreaba los guajolotes entre las calles para ver quien le compraba uno. Pasaba también un señor con un camioncito o un trolebus pequeñito, copias exactas del transporte público, para dar la vuelta a la manzana a los niños por un peso. Cada año, con la fiesta de san Francisco se ponía una feria afuera de la iglesia, con los juegos típicos de diversión: las tazas, el carrusel, las canicas y la casa de los espantos, todo ello enmarcado por puestos de dulces y antojitos de quinta para complementar el tour, y un castillito con su corona y fuegos artificiales para homenajear al santo. El caleidoscopio de las luces, el movimiento, el ruido, las voces y los colores de la feria me engancharon con todas las ferias, que me fascinaron para siempre. 

     El Porvenir contenía en el nombre un significado profético: lo que me deparaba el futuro. Para mí era sinónimo de pobreza y desilusión. A la distancia, El Porvenir se convirtió en un suceso recapitular más que en un espacio físico, que contenía a mi papá en primera línea, y en segunda al polvo de los llanos aledaños, a la casa de espantos de la feria y a los primeros recuerdos de escuela, los del kinder y la primaria. 



EL CERRO BRUJO. 

Mi amigo Viliulfo Nereo era oriundo de Ajacuba, un pueblo del estado de Hidalgo, muy cercano a la ciudad de Tula. Era un chico magro pero recio, forjado por el trabajo del campo, en donde ayudaba a su padre y a su tío en la elaboración del pulque, en el labrado de la tierra y el cuidado de los caballos. Compartimos tres años en la Escuela de Iniciación Artística número 4. del INBA. 

     En la escuela andábamos casi siempre juntos, éramos del mismo grupo. Teníamos clases de pintura con Thelma Botello, de dibujo con Marilú Torres Kato, de escultura con Fernando Gálvez y de grabado con José Guadalupe Sámano. No me acuerdo de los nombres de los maestros de historia del arte y de geometría. La escuela estaba en la calle de Durango, en la colonia Roma, a dos cuadras del metro Insurgentes. Era una casona estilo neobarroco, con piso de duela y un sótano frío, frío, en donde se daban las clases de modelado en barro, cartonería y talla en madera. Compartíamos espacios con las áreas de teatro, danza y música. En el cambio de turnos (íbamos en la tarde) veíamos salir a los grupos matutinos, y en los cambios de clase nos topábamos con las niñas en tutu, y con los chicos de la clase de violonchelo. Era un ambiente multidisciplinario muy ameno y acogedor. Los maestros, coordinados por Thelma Botello, organizaban una exposición de fin de cursos en un espacio público. Thelma tenía un amigo reportero que trabaja en el periódico excelsior, así que teníamos asegurada una nota en la sección de sociales

     En unas vacaciones, Viliulfo me invitó a pasar unos días en su casa. Salimos temprano de la ciudad de México desde la central de autobuses del norte. Tomamos un autobús que nos llevó a Tula, en donde comimos en el mercado y luego visitamos la zona arqueológica. Al fondo de las ruinas, como a un kilómetro, había una pirámide de forma mixta, mitad rectangular y mitad redonda. Después de treparnos y caminar por los alrededores un rato, oímos la voz de un hombre que nos llamaba —¿Quieren monos?— Nos acercamos. En el portal de una choza había un hombre de pie de rasgos indígenas, de unos cincuenta años y con una mirada que parecía envuelta en una niebla. Volvió a repetir la pregunta. Nos invitó a pasar. Tenía en el piso varias figuras prehispánicas de piedra y de barro que, según nos dijo, había encontrado en los alrededores. Yo le compré la figura de una mujer en cuclillas, en una posición similar a la de un chac mol. Lamentamos no llevar más dinero pues tenía una piezas más grandes y unas en verdad eran joyas artísticas.

     Por la tarde tomamos un camión que nos llevó a su pueblo, que se encontraba exactamente entre Tula y el cerro del Chicoco, una montaña en forma de seno que se podía divisar muy bien desde las pirámides. Después del recibimiento, su madre nos dio de cenar y nos fuimos a dormir en una habitación oscura a más no poder, tan negra que daba lo mismo tener los ojos abiertos que cerrados. 

     Al día siguiente me mostró las tinajas en donde su tío fermentaba el pulque, y me enseñó los terrenos de su propiedad. Luego fuimos al pueblo, un lugar en extremo provinciano, con calles irregulares, unas empedradas y otras de pura tierra, con casas de adobe y aplanado de cal, con techos de teja de barro y caída de dos aguas. Me empujó a subirme a uno de sus caballos, con el que galopamos un trecho mientras yo le rogaba que se detuviera. Su habilidad con el caballo era igualable. 

     Al pie del pueblo se levantaba una loma semi árida, por donde circulaban todo tipo de alimañas del desierto. Viliulfo capturó un camaleón de espinas que retozaba bajo el sol. Comenzamos a subir a pie mientras él me narraba como si fuera un guía de turistas, las características del terreno, los animales que ahí vivían y los nombres de las tierras que terminaban en el horizonte. Mientras caminábamos, un dato me intrigó sobremanera. Dijo que a ese cerro le llamaban cerro brujo porque perdía a la gente, y que usualmente quien seguía la vereda para pasar de un lado al otro terminaba en el mismo punto. Caminamos un rato por un camino de tierra que parecía llevar al otro lado del cerro, poniendo atención al paisaje. Después de un rato llegamos al punto de inicio. Viliulfo volteó a verme y dijo con una sonrisota —¿Ya ves, te digo que es brujo— No supe qué decir, era como si me hubieran comido la lengua los ratones, no pude hablar. 

     Cuanto terminamos la escuela cada quien agarró por su camino. Cinco o seis años después nos reunimos en el centro de Azcapotzalco, en un Vips. Nos citamos ahí porque Viliulfo daba clases en el Instituto Fleming, una escuela multifacética en donde daba dibujo a unos chicos de diseño gráfico.


EL GOLPE TRIUNFAL DE "EL MARACAS" 

1990. Afuera del taller de Luis Nishizawa en la Enap Xochimilco había una pequeña plancha de cemento. Mis compañeros y yo teníamos clase de técnica de los materiales de pintura para primer semestre de la carrera en Artes visuales. Casi siempre, los ayudantes del maestro, encargados de abrir el taller, llegaban tarde. Según el horario asignado, teníamos clase a partir de las 7 de la mañana. Mientras nos abrían el taller hacíamos cualquier cosa, platicar, dibujar, levantar piedras del jardín para ver los bichos y jugar frontón. La pared del taller era alta y alguien llevó una pelota de esponja. Un compañero, que no me acuerdo cómo se llamaba, tenía una discapacidad, tenía los dientes superiores muy salidos, las piernas deformes y un brazo izquierdo corto con una mano pequeñita flexionada hacia adentro todo el tiempo. Comenzamos a jugar. El chico de la manita se integró también y aunque no tenía control de su cuerpo, lo intentaba como si nada. En una de esas, le vino el turno de golpear la pelota, hizo el intento con la mano derecha y falló, pero en un instante giró su cuerpo hacia atrás y le alcanzó a pegar con la otra mano, con la de la manita. El golpe fue tan sorpresivo y de pirueta, que ganó la partida. Nos dió una risa loca y a partir de ahí le apodamos "el Maracas" porque siempre le temblaba la mano, por la jugada magistral en el frontón y porque en charlas informales nos dijo que quería ser pianista. Tan maloras como somos de jóvenes, nos botabamos de risa a sus espaldas y enfrente de él. Sin mayores tapujos que la camaradería y la sinceridad, nos mentaba la madre pero andaba con nosotros para todos lados. 

     Al siguiente semestre ya no se presentó. Nunca supimos si su ilusión de ser pianista o de advocar la ilusión como hizo con la pelota, lo llevaron por el camino que quería.


LA CLASE SOBRE TEOTIHUACAN. 

El maestro Constantino Rábago, co-director de la historieta "Rarotonga" y antropológo de las culturas precolombinas. En la foto de arriba a la derecha en un número de "Cartones". En: pepines.iib.unam.mx 

Por ahí entre 1984-1986, mi hermano Toño me invitó (y me contagio en ánimos), a tomar un curso con el antropológo Constantino Rábago, en la colonia Narvarte, muy cerca del metro Eugenia. El curso, de historia antigua de México, era en la casa del maestro. Se trataba de un edificio de seis o siete pisos, con elevador y toda la cosa. Su biblioteca fungía como sala de estar y como salón de clases. Era un espacio cerrado, alfombrado, enmarcado por cuatro paredes forradas de libros, con algunos nichos para piezas prehispánicas y adornos varios, entre los cuales llamó mi atención una placa de metal enmarcada, con la imagen de la calavera Catarina de Posada. Al ver mi interés, el maestro afirmó sin titubeos, que era la plancha original. 

     Los asistentes eran personas de posibles, se notaba en su indumentaria, en su forma de hablar y en que llegaban en coche. La mayoría eran mayores de 50 años, mi hermano y yo, los más jóvenes. No me acuerdo del costo del curso, era un pago por cada sesión, pero sí me acuerdo que era caro. Duraba tres horas, una sesión por semana. 

     El curso trataba sobre las culturas prehispánicas, principalmente sobre Teotihuacan. El maestro comenzaba su clase colocándose en una especie de estrado frente a la sala, y después de los saludos y comentarios sobre cualquier cosa con los asistentes, comenzaba su histrion. Tan apasionado se ponía, que por ratos gritaba y manoteaba como un verdadero orador en medio de una plaza griega. Detalló los periodos cronológicos de Teotihuacan, comparaba los vestigios arquitectónicos, cerámicos, escultóricos y pictóricos con otras culturas, y enjuagaba todo eso con los modos de vida, organización social y religión. Todo un erudito. 

     Toño llevaba una libreta para hacer apuntes, pero la verdad es que era más regocijo escucharlo que perder atención tomando notas. Yo, por mi parte, más con la efusión que con la atención de capturar los datos e interrelacionarlos, solo podía parar el oído para ver qué se me pegaba, pues me faltaba en ese entonces mucha información de lectura para hacer valer los discursos. Ya había leído algo de Miguel León Portilla, de López Austin, de Sahagún y de una que otra fuente primaria. Además, mi hermano y yo habíamos ido montones de veces al Museo de Antropología, al Anahuacalli, al recién abierto Templo Mayor y varias zonas arqueológicas, pero me faltaba información y método. Esto corrobora en la práctica, que el aprendizaje, además de la pertinente manera de disponer de un ambiente propicio, requiere de tiempo. 

     Fuimos a tres o cuatro sesiones y ya no regresamos. Según un acuerdo entre mi hermano y yo (más de él que de mí), ya no quisimos regresar porque nos caían gordos los demás asistentes. Supuestamente su estatus social y su pose de intelectuales, nos parecieron abyectos y contaminaban el ambiente de la clase. El precio del curso influyó también, pero nuestra falta de objetividad por la juventud y una mezcla entre envidia y sentimiento de inferioridad, contaminaron nuestra decisión.


SIN TRABAJO. 

Después de renunciar a mis horas como ayudante de profesor en la Enap en 1997, di por terminado mi contrato con la UNAM. (Han de saber que hice mi servicio social como ayudante del taller de grabado en metal y luego me dieron una plaza como ayudante de profesor de dibujo. El maestro que me promovió para ayudarle fue Aureliano Sánchez Tejeda, un hombre incisivo en su método de enseñanza y famosillo en la escuela por su despotez, que no era otra cosa que una fachada mezcla entre el dibujo de imitación, el rigor de la asistencia, la exigencia de atención total y silencio en su clase, y una teoría aderezada con una buena dosis de retórica que impactaba nuestras débiles mentes de estudiantes). Me dieron una beca en el área de gráfica para jóvenes creadores del Fonca en ese mismo año. Así, me sentí valiente, renuncié, y me dediqué exclusivamente, según yo, al proyecto de mi beca. Cuando se acabó la beca en 1998, se acabó el dinero. Ya vivía solo y debía pagar la renta de mi departamento, los servicios y llenar el refrigerador. Armado con un curriculum nutrido para la edad que tenía (27 años), fui a dejar mi carpeta de obra a todas las galerías, a la Misraki, a la de Arte Mexicano, a la Pecannins, a la Óscar Román y muchas más. Recibieron mis papeles pero nunca me hablaron. Decidí entonces buscar trabajo en un marco cultural. Fui a museos y casas de cultura a ver si me daban trabajo como profesor o administrativo. Nada. Al mismo tiempo, dejé mi curriculum en la Universidad Iberoamericana en Santa Fe, en la Nuevo Mundo y en otras. Nada tampoco. Pasaba el tiempo y mis ahorros se acababan. No me cabía entonces la menor duda de que mi trabajo como productor plástico, mis capacidades como profesor y mi necesidad económica, nunca fueron factores importantes, debía conformarme con el auto convencimiento de lo que sabía de mí mismo, y seguir insistiendo. Pero la necesidad tenía mayor peso y las palmadas que me podía dar a mí mismo poco servían. 

     Vi un anuncio del Claustro de Sor Juana en el periódico, solicitaban profesores para las carreras de Arte y Cultura. Me citaron para hacerme un examen, mismo que según yo reprobé porque me puse muy nervioso, pero me dieron dos materias y pude así, tener un ingreso. Cuando cambiaron a la directora de tales licenciaturas, llegó otra y sin mayores explicaciones, me quitó las horas, se llamaba Adriana Grande de Mello. Me quedé otra vez sin nada. Unas semanas después la tipa me habló por teléfono y me dijo que se retractaba y que si quería regresar para impartir una materia. Mi orgullo fue mas grande y rechacé la oferta. 

Dejé un curso de inglés que estaba tomando en Interlingua porque ya no podía pagarlo, y mis sesiones de ejercicio en el gimnasio las paré de golpe también. Ya era 1999. Busqué entonces trabajo de lo que fuera. Dejé papeles en Sanborns y en una tienda departamental, ya no me acuerdo cual. También en librerias Gandhi. De ahí me citaron en un edificio de oficinas sobre la avenida Miguel Ángel de Quevedo, no en la librería, sino en un inmueble muy cerca de la avenida Insurgentes. León Achar, un tipo refunfuñón, vió mi curriculum y me preguntó casi gritando que qué demonios hacía yo ahi, que yo era artista. Le dije que necesitaba trabajar. Me dio un puesto como ayudante de librero en el departamento de arte de la sucursal en Lomas de Chapultepec. Por fin tenía trabajo. Mi sueldo era de 2,200 pesos. Apenas para pagar la renta de mi departamento y un sobrante a ver para qué alcanzaba. La jornada era de medio tiempo pero extenuante. No me quedaba tiempo ni energía para nada. Dejé mis grabados y mis clases y estuve vendiendo libros por casi un año. Ahí conocí a Eugenia, mi esposa. Al poco tiempo juntamos nuestros sueldos y nuestras necesidades. Me acompañó y me ayudó a pedir trabajo otra vez. Fuimos a la casa de Cultura Azcapotzalco, en donde logré abrir un taller de grabado en madera; me pagaban una bicoca. Y fuimos a la Enap para vender, por sugerencia y apoyo de María Eugenia Figueroa, quien fuera mi maestra de grabado en metal, unas muñecas de cuero para aplicar el barniz de aguafuerte. Con eso nos ayudábamos un poco. En el año 2000, cuando terminó la huelga de la UNAM, Antonio Yarza y Ricardo Morales, colegas de la escuela y a sabiendas de mi situación, me dijeron que estaban contratando profesores en la FES Cuautitlán. Llevé mis papeles y ahí estuvo Antonio Yarza para recomendarme. Me dieron dos materias para la carrera de Diseño y Comunicación Visual. Casi al mismo tiempo, regresé a la Enap a pedir horas. Maru Figueroa me recomendó hablar con Marco Antonio Albarrán, coordinador de la carrera en Artes Visuales. Busqué a Albarrán, estaba dando clase de dibujo en el "Pentágono", un espacio abierto enmarcado por varios salones. Lo saludé, me reconoció (lo conocía desde 1986), y me dijo que le cubriera la clase mientras atendía unos asuntos en su oficina. Le trabajé dos horas en su clase en lo que se desocupaba. Me pidió unos papeles para otro día y me asignó una materia para diseño y otra para artes visuales. Estuve dando clases en la FESC y en la ENAP al mismo tiempo por casi un año. Así regresé a la UNAM, y se han sumado 25 años como profesor desde 1994, con tres interrumpidos. Y aunque he seguido solicitando y participando en otros empleos, he tenido siempre una matriz que en principio me educó y luego me permitió educar; y a través de ese esquema, poder vivir.

Anecdotario 2


LA DESPEDIDA DE AGUS DE LA CRUZ. 

Por una extraña sensación, tuve el impulso de subir a facebook unas fotos de mis dibujos hechos entre 1984 y 1990. Los había fotografiado para mi clase de dibujo, para mostrarles a mis alumnos sobre la importancia del proceso evolutivo en el aprendizaje de dibujar y para que se dieran cuenta de su nivel respecto del de un niño de 12 a 18 años. Casi al instante, los comentarios afloraron en la pestaña de notificaciones. Un comentario en especial de Agus de la Cruz remembró mi etapa de estudiante en la secundaria. Agustín de la Cruz era mi compañero en el taller de artes pláticas, y juntos compartimos la experiencia de trabajar bajo las órdenes del profesor Sergio Fernández Carreón, versado maestro, egresado de la academia de San Carlos. Desde la secundaria nunca volví a ver a Agustín pero nos habíamos saludado en facebook de vez en cuando. Agustín compartió en su comentario un portafolio de madera que el maestro nos había enseñado a ensamblar, un estuche de pinturas que con todas las minucias y cuidados del carpintero, que el profesor Carreón nos hizo fabricar en el taller - ¿Te acuerdas de este trabajo que hicimos en la secu? Y ahí tengo la mayoría que hicimos como recuerdo- Dijo con un ánimo sincero y nostálgico. Cuatro días después, Agustín falleció y los breves intercambios que sostuvimos adquirieron la imagen profética del despido.

     

DAVID HUERTA Y EL HIJO DEL CUERVO. 

No recuerdo exactamente cómo, pero sí es seguro que para presentar a la editorial Libros del Dragón (a cargo de Salvador Alanís), asistimos grabadores y escritores a "El hijo del Cuervo", en el Centro de Coyoacán, en 1997. Salvador me presentó con David Huerta, hijo de Efrain Huerta, y me presumió con el libro que hicimos juntos para la editorial: "Mito y realidad", una carpeta de grabados hechos entre 1994 y 1996 en la Enap. Salvador escribió unos poemas para el libro, ejemplar único. David Huerta, quien miró la animosa exposición de Salvador y con un aire mezcla entre arrogancia e incredulidad, llevó sus ojos de mis grabados a mis ojos dos o tres veces y luego, con aire de erudito internacional y sin mesura, asintió con la cabeza y se retiró caminando al fondo del recinto, como si no hubiera pasado nada.


ENCUENTROS ENTRE 23 AÑOS. 

En el segundo encuentro de becarios de jóvenes creadores del fonca en la universidad de Jalapa, Veracruz, en 1998. Camino a una sesión con tutores, alcancé a Ignacio Salazar, tutor del área de Pintura. Me presenté, y con la idea de interesarlo, le dije que fui compañero de grupo de su hija Diana. Sin mas intención que establecer lazos de comunicación e intercambio y con afán de asegurar su atención, metí a su hija en mi presentación. No sé detuvo para nada, me echó una mirada sesgada y asintió con un - Mmmmh-. Esperé me dijera algo más pero no, seguimos caminando juntos hasta el inmueble y ahí nos separamos. 21 años después, en una visita a la Enap Xochimilco con motivo de la firma de unos grabados para una carpeta conmemorativa del 68, me topé en el estacionamiento a Paco Plancarte, mi cotutor de tesis de posgrado. En el camino nos topamos con Ignacio Salazar. Me lo presentó y le dije - ya nos conocemos-. Muy sonriente y sin ahondar en el detalle nos despedimos.


LA CASA DE "EL CUERVO" 

Nunca lo supe y menos mi familia. La casa en la colonia Industrial con domicilio Fundidora de Monterrey no. 115, en donde viví de 1979 a 1993, fue habitada por el cantante de música vernácula Alberto Ángel "el Cuervo". Lo supe porque en la página wikipedia dedicada a la colonia Industrial se menciona. Lo ratifiqué con el Cuervo vía messenger. Me dijo que sí, que ahí vivió en su infancia y que fue casa de su abuela.  Después de que murió don Raúl Morales Escudero (mi padre) en 1979, mi madre nos llevó (a sus cinco hijos) a vivir a la colonia Industrial. La casa tenía dos niveles y nosotros nos asentamos en la planta baja (no era duplex pero el dueño rentaba el piso superior a otra familia). Tenía un patio pequeño en la entrada, dos recámaras con ventana a la calle, un baño regular con mosaicos antiguos, un comedor, una cocina pequeña, un espacio que en su momento fue habitación de mi tío Jesús y luego sala, y una azotehuela con un retrete en un cuartito apretado. Ningún rastro de "el Cuervo" cuando llegamos. La casa, de estilo modernista de los años 30 del siglo XX, a espaldas del parque María del Carmen, parecía holgada para una pareja joven, pero fue en esencia apretada para cinco niños, mi madre y mis dos tíos.


Anecdotario 1


SOBRE LA ANÉCDOTA. 

La anécdota nunca será, por más que la defiendan, sustituto de la historia. Tampoco lo será la crónica. No estamos hablando de posiciones jerárquicas, sino de sustancia y de permanencia. La etimología no ayuda mucho a establecer una definición precisa y tampoco a distinguirla de la crónica, el relato, el cuento e incluso la historia. Dice el diccionario: del griego anékdota, suceso curioso y poco conocido, relato breve, suceso circunstancial o irrelevante. 

 Lo que no dice el diccionario es que las anécdotas poseen una buena dosis de mitología, y en ello radica su inteligencia. Así que no se tomen estas anécdotas como determinantes soluciones, como si fueran dechadas  virtudes de comentarios banales de facebook o de twitter, pero tampoco se les desdeñe como si fueran mínimas explosiones emocionales para ratificar los fantasmas de mis egomanías. En los sucesos cotidianos se esconden los subterfugios del inconsciente y las verdades desbocadas de los instantes pasionales. El problema es la perspectiva, que se da con el tiempo y sobre todo, con madurez visionaria. Cuando no podemos empalmar los errores con las verdades, recurrimos a las justificaciones, y todos, sin excepción, somos maestros consumados del autoengaño. Sin la perspectiva de la historia personal no tendríamos qué contar, por eso la falta de memoria recurre por momentos a la fantasía o a la reconstrucción bien lograda, lograda al menos para una buena narrativa, como también hacen la crónica y la historia. Sobre la verdad en la anécdota, no debemos tampoco preocuparnos, no debemos ser jueces ni miembros de un jurado para permitirnos un criterio propio. La reconstrucción de los hechos genera de por sí una distancia entre la verdad y la falsedad. Las anécdotas, más que convencernos, pretenden sorprendernos y con ello, gestionar expectativas. 

     Siempre quise exhudar mis anécdotas pero de una manera ajena a la esperanza de que se lean. Ha sido más bien una necesidad personal universal, es decir, la necesidad que tenemos todos de depositar en los recuerdos un hilo de dos extremos, uno de transitoriedad y otro de permanencencia. Lo personal es impersonal cuando los sucesos se enmarcan en el suceso mismo, en la materia que hace de la naturaleza humana algo distinto a la lógica de la historia personal. Lo impersonal, presente en nuestras vidas, es lo que nos hace ser lo que somos y al mismo tiempo, lo que decidimos. No es contradicción, es más bien, la contraparte de la razón de ser de todo lo que vivimos, en donde no existe lógica ni argumento, sólo el tejido de los hechos. 


UN VIAJE CON AGUSTÍN MONSREAL. 

En el encuentro de becarios del Fonca de jóvenes creadores 1997 en Jalapa, Veracruz, partimos tutores, becarios y organizadores desde el Auditorio Nacional. Me tocó sentarme con Agustín Monsreal, escritor yucateco y tutor del área de cuento. Llegué primero al asiento así que me tocó ventanilla en el autobús. El maestro se sentó a un lado de mí. El trayecto se hizo en silencio en nuestros asientos hasta las afueras de la ciudad de México, en donde cobra ritmo el viaje en la carretera. Rompí el hielo. Me presenté y se presentó, nos dimos la mano. Después de intercambiar información sobre nuestras áreas artísticas le dije, abusando de la cercanía y del hielo roto, que los moldes artísticos se construyen sobre cimientos de inercia perceptiva, como sucede con las modas y el consumo. Agregué que incluso las identidades regionales o nacionalistas no se escapan del banalismo y las representaciones sobre estimadas. Se molesto mucho, me escudriñó y señaló mi playera diciendo -¡Cómo eso que tienes ahí!- Yo vestía unos jeans y una playera azul con un estampado de los Broncos de Denver, una ropa para mis 26 años casual y que simplemente correspondía con mi edad y con mi comodidad. Nunca me he comprado ropa estampada con la intención de identificarme con un equipo de fútbol, así que su comentario me sorprendió porque no entendí al inicio su molestia y no lograba conectar mi comentario con mi vestimenta. Viajamos en silencio un rato mientras procesaba en mi mente lo sucedido. De reojo vi que portaba un pantalón casimir y una guayabera blanca, epiteto de un formalismo provinciano. Caí en la cuenta que el maestro asumió mi comentario como personal y que interpretó mi juicio como dirigido a su forma de vestir. No me pareció pertinente disculparme pues mis comentarios nunca fueron para él y más bien, él se puso el saco. Intenté dos veces retomar el diálogo pero sus monosílabos y su mirada dirigida al frente mantuvieron la brecha. Cuando llegamos a Jalapa y el autobús se detuvo, el maestro brincó de su asiento, tomó su equipaje y salió rápidamente por el pasillo, como si le urgiera bajar del vehículo. Me dio una risa ligera, como esas que salen aderezadas de una seguridad somera y me dije en silencio -La distancia entre ser y no ser respecto de los demás no es la edad ni el ilusionismo que uno se hace de sí mismo, es una realidad que no vemos y es la que, por muy clara que sea, no tiene porqué corresponder con la realidad de los demás-. 


RETRATO DEL MAESTRO ALEJANDRO ALVARADO CARREÑO 

Conocí al maestro Alvarado (Alejandro Alvarado Carreño) en una exposición colectiva de jóvenes creadores generación 1997-1998, en galerías del Centro Nacional de las Artes en 1999. Creo que me lo presentó Ricardo Morales. El maestro Álvarado supo por terceros de mí y quiso conocerme porque sabía que hacía buril. Me invitó a visitar su casa-taller en Coyoacán. Meses después, mi esposa Maru y yo fuimos a visitarlo. Su taller era una nave anexa a su casa, en el corazón de Coyoacán y también era sede de la Asociación Mexicana de Grabadores. Nos recibió con calidez y con un tour a sus instalaciones. Me mostró algunos impresos antiguos y una caja con algunos buriles, misma que era parte de una mesa en donde apoyaba dos microscopios. Me mostró sus máquinas de impresión e hizo énfasis en un tórculo que afirmaba era de José Clemente Orozco. También me presumió una máquina timbradora, capaz de imprimir automáticamente grabados en metal de pequeño formato. Su archivo de estampas incluía grabados virreinales, europeos del período antiguo y de los siglos XIX y XX. También tenía planchas de cobre, acero, linoleo y madera. Desde un principio detecté un desorden y falta de cuidado y conservación de su colección. Tenía varios gatos deambulando libremente en su taller, trepando sobre las mesas, prensas, fieltros, papeles y estampas, de tal manera que había pelos por todos lados y un perfume permanente de orines de gato. Con esta visita se estableció un enlace que duró poco más de 20 años. 

     En 1999, por medio de mi hermano Javier, Concretos Apasco me comisionó la impresión de un grabado ejecutivo para fin de año, un presente artístico que Apasco regalaría a sus proveedores y amigos. Era el segundo proyecto con Apasco y yo no tenía tórculo. Recurrí al maestro Alvarado, quien me prestó su máquina timbradora para editar el tiraje. 

     En el año 2000, Regina Burillo, encargada de proyectos culturales en el Museo de San Carlos, me invitó a elaborar un grabado conmemorativo para la nueva sede de la Academia de Artes, que ahora sería trasladada al antiguo convento de la Merced. Recurrí para el tiraje con un amigo, Francisco Magallán, quien tenía un tórculo en su casa allá por Villa Coapa y que no tuvo intención de cobrarme ni quinto. La edición consistía en 400 impresos. Cuando mi esposa y yo terminamos el tiraje y por fin lo entregamos en el museo, nos dimos cuenta que faltaban 40 impresiones. Recurrí entonces al maestro Alvarado, no quería incomodar otra vez a Paco. El maestro me rentó su taller y terminamos el tiraje.

     En 2012, al maestro Alvarado se le ocurrió que le hiciera un retrato a buril. Postergué la realización de su propuesta hasta 2014, luego de varias insistencias del maestro. Me basé en unas fotografías que le tomé para mi tesis, en donde también aparece una entrevista que le hice. Cuando terminé el grabado, decidí llevárselo a su casa. Acordamos por teléfono vernos a las 9:30 de la mañana. Al llegar a su domicilio, toqué el timbre varias veces y no me abrió. A las quinientas apareció a lo lejos su hija, Ann, que venía a paso lento subiendo la calle. Me dijo que su padre estaba dentro y que no sabía nada de la cita. Me hizo esperar en la calle en lo que le avisaba a su padre. Minutos después salió el maestro. Sin pena por el olvido, me hizo pasar. Le entregué el grabado, mismo que yo había envuelto con un respaldo de cartón para su protección. Lo miró sin mucho interés y lo puso en el suelo recargado en uno de sus tórculos. En ese momento llegaron unas señoras (las hicieron pasar). El maestro acudió rápido y con pompa a recibirlas, dejándome a mi por un lado. Por la charla, parecía que las tipas eran unas autoridades o trabajadoras del Banco de México y que estaban en tratos con el maestro para que les curara una exposición de billetes. Después de un rato, como recordando que yo estaba ahí, me presentó con ellas pero siguió en lo suyo. Ante mi desesperación y poca tolerancia, me despedí rápido del maestro y me fui. El grabado se quedó en el piso. 

     El maestro dió un curso de buril en "la Parota" y me enteré de eso porque me habló por teléfono para decirme que al director de ese taller le regaló el retrato que le hice y que le diera otro, así no más, como si nada. Ya me había acostumbrado a algunas situaciones irreverentes, pero siempre me tomaba por sorpresa. Una vez me preguntó a quema ropa cuánto ganaba. Otra, que los grabados que le donaban otros grabadores para su asociación, los regalaba o vendía. 

   En otra, lo visité en el taller donde daba clase en la academia de San Carlos, cuando irrumpió sin educación Ana Barbosa, una amiga de él que estaba escribiendo un libro sobre el grabado en México. Después de su entrada triunfal, me preguntó - ¿Y tú quién eres? - Cómo si fuera un mueble o un personaje indigno de su vista y de la presencia del maestro. El maestro no la disculpó, me presentó con ella y le pidió incluyera mi nombre en su libro. Ese libro, todavía sin publicarse, pasó por mis manos primero, pues fue mi primer arbitraje. 

     No le contesté al maestro cuando me pidió otro impreso de su retrato, fue la manera más amable de decirle que no. 

     Un año antes de su muerte, me llamó por teléfono para invitarme a un proyecto consistente en una serie de grabados alusivos al juego de baraja de la lotería. Le dije que no me interesaba. Se sorprendió un poco y me insistió añadiendo nombres de grabadores reconocidos que había invitado y le aceptaron sin chistar. Su asociación (AMPIG A. C.) era una manera de fomentar la producción gráfica, pero también tenía una cara económica, vendía grabados, carpetas, libretas y se daban cursos por gente invitada y con alumnos inscritos por módica cantidad. Recién lo conocí le compré una membresía en su asociación pero al no percibir prebenda alguna, la cancelé. El maestro me insistió en reanudarla, de tal manera que debía pagar la membresia, la credencial y además ir por ella hasta Coyoacán. Pues no. 

     Por ahí de 2013, le sugerí organizar su colección de estampas antiguas y catalogarla. No me contestó pero era una negativa. Paco Plancarte me dijo que le propuso lo mismo y también se lo negó. Coincidimos sobre el descuido de su colección y el mal trato que le tenía a grabados y placas de Posada, a los grabados de su padre, a los grabados de principios del siglo XX, y de muchas otras estampas antiguas y decimonónicas. Entre tantas visitas que le hice, vi que tenía todo apilado en cajas viejas, encimadas, polveadas y sin un trato manual correcto. Una lástima. 

     Una lección de lecciones del maestro fue que me enseñó cómo corregir los errores en placas de grabado en metal. Y su sencillez y su calidez, percibible en la manera en que hacía del taller de su casa un centro de comunión y tertulia. 

     Me enteré de su muerte por las redes sociales. Lo lamenté compartiendo la noticia con mis colegas de la facultad, quienes, a excepción de uno, no hicieron comentario alguno. La historia del grabado, cuyos orígenes corresponden al maestro Alejandro Alvarado Carreño, proviene de una línea directa, primero, la de su padre Carlos Alvarado Lang, y de ahí hacia la antigua Academia de San Carlos y todo lo que sabemos sobre el grabado en México y Europa. 


BRUJERÍA FAMILIAR

Mi madre me dijo que vió a una bruja, que le consultó un oráculo. La bruja le confío que el más pequeño de sus hijos sería el que más lejos llegaría. Yo era el más joven de mis hermanos. Mi tío era brujo, pero nunca me dijo nada de eso. Es más, cuando vió mis virtudes plásticas creía que estaba traumado. 


jueves, 27 de enero de 2022

Los Avengers a la carta



Una alumna, con mucho orgullo y presunción, dijo en la sala virtual y como si al caso, que de entre sus aspiraciones para estudiar diseño se encontraba lograr un trabajo en una producción de cine como la de los Avengers, con todo lo que eso  representa; dejando tras de su comentario un silencio rematador, de esos que esperan una aprobación universal. No hay nada extraño en que los jóvenes se identifiquen con las imágenes de su época: memes, emoticones, avengers, mangas y demás; a lo que se añade una presunción por el lenguaje inclusivo, la perspectiva de género y la hipersensibilidad, que no es otra cosa que el triunfo de la pasividad y la derrota de la responsabilidad: la exacerbación de susceptibilidades. Otrora no eran los Avengers, pero han sido siempre todo tipo de banalidades mostradas en el cine, la televisión y cualquier espacio mediático y comercial. Cuando estaban de moda los X-men, el Señor de los anillos, Dragon ball, el Castillo vagabundo, Godzilla, el pato Donald, Candy o Harry Potter, eran esas las motivaciones juveniles. La justificación a la edad no es final pues pese a las dolencias de la juventud, el mundo no es como es sino como lo hace la sociedad, jóvenes y adultos, y las modas, transitorias en su vigencia, son permanentes porque viven en el reconocimiento y la reafirmación de quienes las producen, las difunden, las aceptan y las reinterpretan. 
     La percepción del mundo no es un estadio final de convergencias entre el ser y el mundo, entre el yo y lo demás, o entre lo de adentro y lo de afuera respectivamente. El mundo se hace dentro del ser y existe fuera de él. Entonces, el mundo se hace con la conciencia del ser, sea esta individual o colectiva. La complicidad social colabora en su construcción, pero la decisión de que el mundo sea como es, es individual. 
     La alumna espera con firme convicción, que su apreciación sobre los Avengers sea correcta y coincidente con su decisión de estudiar diseño. No tendrá problemas. El diseño es por sí mismo una construcción edificada sobre cimientos en donde las modas, las películas, las caricaturas y los personajes de fantasía tienen cierto dominio. Dos profesores incluso comparten, con cierta inocencia e ignorancia reflexiva, su gusto por los personajes de caricatura, uno idolatra a Iron man y otro a Superman. La regla de la enseñanza es así la intrascendente manera de autovalidar el mundo que se percibe y que se construye. El mundo es y no es. Aprendemos a hacer el mundo y así nos hacemos con él. Aprender lo que es el mundo es recibir lo que otros hacen con él y aceptar que es así. Si los Avengers representa en el mundo algo que tiene que ver con lo que es el diseño, entonces lo será. 
     Pero ¿qué representan los Avengers? Más allá de las imágenes chatarra, los Avengers representan el nivel de capacidad perceptiva y volitiva de una sociedad inmersa en las identidades. Las imágenes como entes de materialización de las ideas es inherente a la historia del hombre. En otros tiempos las pinturas, esculturas, formas arquitectónicas y estampas cumplieron su función idolátrica, evangelizadora, mítica, simbólica o persuasiva en cualquier latitud, pero la distinción entre identidad y conocimiento, pese a los matices interpuestos, es radical. La persona es un ente individual como es también una partícula de la sociedad. La sociedad hace al individuo y éste hace a la sociedad. Múltiples formas de esta interacción dual se manifiestan en otras inquietudes similares, pero al final coincidentes, es decir, no son sólo los Avengers, sino cualquier molde iconográfico. Las imágenes del mundo se establecen con respaldos institucionales, y en lo instituido participan desde los gobiernos, las escuelas, el mercado, la publicidad, las noticias, y los espacios acotados y diversificados, como la familia y las pequeñas interacciones sociales. Pero no podemos poner en el mismo cesto a todas las imágenes, como hay clasificaciones, hay niveles, y es aquí donde nos debemos detener, porque la validación del mundo visual requiere de un juicio, y los juicios no se construyen con opiniones sino con argumentos, comparaciones y veracidades. El espacio que abarca los Avengers es infinitamente más grande que el de "el juicio final" de Miguel Ángel. Los Avengers es un producto mediático, económico y momentáneo, la obra de Miguel Ángel es propia de la historia del arte y es atemporal. 
     Cualquiera diría que cada quien es libre de elegir lo que quiera y lo que le guste, pero la libertad nunca es absoluta. La libertad de hacer el mundo nunca es totalmente libre, se encuentra sujeta siempre a un parámetro prehecho. La vista, antes que el lenguaje, es el primer intermedio entre la percepción y el mundo, o más bien, entre la espectativa y cómo se resuelve el mundo. Sin parámetros tendríamos pura percepción y terreno virgen para la interpretación. Sin parámetros no habría manera de identificar, asociar, comparar ni aprender nada heredado, así que la libertad en este sentido, si bien depende de nuestra decisión, depende también de nuestra capacidad de decisión. Esta alumna que elige a los Avengers como modelo para una decisión de vocación, en gran parte retoma de su mundo lo que ve, como en otra parte le otorga relieve por decisión personal. En las decisiones interviene la capacidad de interiorización, que es consecuencia del tipo de información con que se hace el mundo (aspectos perceptivos antojables desde la visión pedagógica). Si sus padres y maestros no son capaces de mostrarle el mundo, lo hará el cine, la televisión y las redes sociales. La edad no es justificación, como tampoco lo es la individualizacion. Si el mundo es una mezcla sostenida entre la percepción y la construcción individual y colectiva, es una responsabilidad conjunta. Si Miguel Ángel hubiera vivido en la época de los Avengers, su decisión entre ser escultor o pintor y ser diseñador (diseñador en el sentido moderno de la palabra y la profesión) hubiera dependido de su decisión y de su contexto, como lo fue el Renacimiento para hacerlo escultor y pintor. Hubiera tenido que esperar a tener 18 años de edad para estudiar a nivel profesional, hacer un examen de admisión, y hubiera tenido que repartir su tiempo entre estudiar, trabajar en cualquier cosa para ayudar a su familia y revisar sus mensajes de facebook y whatsaap.
    Pero la decisión de la alumna, cuyo contexto ya conocemos, requiere de un tinglado más nutritivo para que considere algo más que su modelo avengerista. Lo que califica aquí, para remitirnos al juicio de decisión, es la capacidad de hacer del mundo algo más que lo que vemos. Si el contexto no es nutritivo, se debe hacer un contexto, y esa es, además de una paradoja social, un motivo de reflexión sobre lo que es el ser humano, lo que representa y lo que es para sí mismo frente a la vastedad. Miguel ángeles por doquier no parece ser, al menos por decisión colectiva, algo que suceda mientras Hulk, Iron man, el capitán América y Thor nos demuestren que pueden salvar al mundo en cada secuela que recauda millones de dólares, y que el mundo de los trompones, los super poderes, la magia y las joyas del infinito, las hagamos tan reales como para definir lo que queremos ver del mundo. 
     Más allá del menú, la vista puede girar 360 grados y hay más, mucho más. 

viernes, 14 de enero de 2022

ASPECTOS SOBRESALIENTES DE LA INVESTIGACIÓN

 

 

ASPECTOS SOBRESALIENTES DE LA INVESTIGACIÓN

—Guía para el iniciado en la investigación—


CONTENIDO:

-       ¿Qué es la investigación?

-       Contexto y función de la investigación

-       Conocimiento enciclopédico-conocimiento reflexivo

-       ¿Qué es una línea de investigación?

-       La hipótesis

-       Métodos inductivo e hipotético deductivo

-       El valor de las metodologías

-       Niveles de investigación

-       Teoría y práctica (proposición y demostración)

-       La multidisciplina

-       El árbol metodológico (líneas de investigación y ramificaciones)

-       Importancia de los proyectos

-       La investigación como razonamiento

-       El gusto

-       Sobre el estado anímico de trabajo

-       Cómo hacer una investigación

 

 

 

 

 

 

¿QUÉ ES LA INVESTIGACIÓN?

La investigación o investigatio implican, en el rubro estrictamente lingüístico, la acción o efecto de averiguar, de conocer o de saber sobre algo. Para ello se requiere de un planteamiento o tema a desarrollar, también llamado problema. La manera en que tal desarrollo o problema se aborda se llama método (del griego methodus=camino a seguir); y la estructura que determina las rutas a seguir se llaman metodología (estudio de los métodos).

     Las investigaciones se generan de dos maneras: teórica o teórica-práctica. La idea de la investigación como un sistema metodológico que culmina en un planteamiento escrito o verbalizado no contempla a la práctica en sí misma como investigación.

 

CONTEXTO Y FUNCIÓN DE LA INVESTIGACIÓN

Una proposición, principalmente institucional, ha determinado que la investigación como ejercicio formal se realice en los ámbitos académico y profesional. Las normativas que generaron lo que hoy conocemos como metodología de la investigación, propusieron desde el siglo XIX, que un sistema racional para abordar el conocimiento cumpla con las directrices planteadas en una estructura universal: el protocolo de investigación. Todo esto mediante el marco referencial de trabajo del campo científico. El método como sistema de trabajo en las investigaciones ha redondeado la manera en que se dispone de una regla, y ha determinado que las instituciones de todo el mundo se ajusten a esto. Ante esta jerarquización, liderada por las ciencias, las humanidades y las artes no solamente han adaptado modos de ver y de hacer investigación, sino que han cedido a una posición jerárquica frente a las ciencias y han delimitado sus modos de ver y ejercer el conocimiento. El papel de la investigación en las instituciones, además de incentivar el conocimiento, procura ratificar o hacer valer su relación con su entorno social, político y económico.

 

CONOCIMIENTO ENCICLOPÉDICO-CONOCIMIENTO REFLEXIVO

La recopilación de información para saber o conocer sobre algo, de manera general o particular, a fin de implicar una suma universal o mundial, se llama conocimiento enciclopédico, de enkliklios paideia=instrucción circular o educación redonda. También se le ha llamado ratio universalis=radio universal. La Ilustración como movimiento cultural (mediados del siglo XVIII y principios del XIX en Europa) propició el conocimiento enciclopédico y determinó las pautas para lo que ahora es la investigación. De este periodo destacaron pensadores como Libniz, Diderot, Voltaire, Descartes, Rousseau, Spinoza, Newton, D´alembert, Montesquieu y Kant.

     El conocimiento reflexivo, a diferencia del enciclopédico, propicia el ejercicio de la crítica y con ello, el juicio argumentativo.

 

¿QUÉ ES UNA LÍNEA DE INVESTIGACIÓN?

Es la especialización, expertise o rubro particular en que el investigador se ha formado, y ejerce con ello su investigación. En la formación, se implican los estudios particulares de licenciatura y posgrado, así como todos aquellos afluentes que influyen en su actitud ante el área en que se desenvuelve, siendo así, reafirmantes o cambiantes. En el ejercicio, se implica tanto la inmersión en su matriz de estudio, como la exploración de otras áreas adyacentes.

 

LA HIPÓTESIS

La hipótesis, del griego hypothesis=afirmación, conjetura, proposición, es una formulación que predice un probable resultado a un problema planteado, que se puede confirmar en la investigación, se puede refutar o puede ser en sí misma un propósito de estudio. Una proposición, de propositio=acción y efecto de poner adelante, implica un valor antepuesto de verdad, siendo así, el medio mediante el cual la investigación puede, en dado caso, cumplir sus objetivos.

 

MÉTODOS INDUCTIVO E HIPOTÉTICO DEDUCTIVO

En el método o razonamiento inductivo, las premisas apoyan la conclusión, pero no la garantizan, como cuando decimos que la Bauhaus es la matriz del diseño actual. En el método hipotético deductivo, las hipótesis propuestas funcionan como un fin en sí mismo, de tal manera que el ejercicio inductivo y deductivo propone soluciones hipotéticas comprobables o refutables.

     Del método inductivo, pese a su debilidad sucinta por cuanto su prioridad por sobre una hipótesis, nos es útil su mecanismo de gestión imaginativa. Del método hipotético deductivo, nos es útil el dato como hecho irrefutable. La capacidad creativa de la investigación que se sirve de uno o de otro responde a la potencialidad del investigador, pero responde sobre todo a las cualidades del objeto de estudio. Los estudios de caso que proporcionan de antemano hechos contundentes, como fechas, autores, obras y acontecimientos, llevan a conclusiones cuadrangulares (inducción); mientras en los casos en donde los hechos no disponen de datos duros sino de hipótesis que permiten formular otras hipótesis, generan conclusiones flexibles (hipótesis deductivas). Aquí el valor del método se sostiene en las disertaciones. La veridicidad en el modelo hipotético deductivo se toma como un hecho cuando las atribuciones a los motivos de estudio adquieren cierta rigidez, como cuando decimos que la invención de la imprenta es atribuida a Gutemberg en 1440. La falsedad de este hecho nutre el método hipotético y permite una realimentación del ejercicio del método. Tomemos en cuenta que el método como directriz moduladora en los estudios tiene también adecuaciones propias de sus factores cuantitativos, cualitativos, de la academia, de las instituciones y que esto conlleva un estilo particular en la aplicación de los métodos.

 

EL VALOR DE LAS METODOLOGÍAS

Una metodología es una estructura que permite entender el método y abordarlo. Responde a una experiencia y visión particulares, en donde el autor comprende y se especializa en un área. La importancia de las metodologías radica en la resolución de rutas de trabajo que el investigador por sí mismo no logra consolidar. Sin embargo, las circunstancias de cada caso en la investigación son particulares y requieren siempre de cierta flexibilidad para poderse solventar.

     Por ignorancia, inercia o falta de escrutinio sobre la metodología y su función, las metodologías se han mitificado a tal grado, que se consideran parámetros inextricables e incuestionables. Es más importante el sentido de responsabilidad a través de la elocuencia que otorga la razón en la argumentación de los procesos de investigación, que si están basadas en esta o aquella metodología de tal o cual autor.

 

NIVELES DE INVESTIGACIÓN

Por niveles académicos (grados académicos). Aunque las características particulares sobre cada uno de los niveles de estudio son variables de acuerdo con cada institución, normativas y áreas geográficas, y que en muchos casos no existe una descripción tácita sobre cada uno de sus perfiles, existe una universalidad de criterios y aplicaciones sobre lo que corresponde a cada uno:

Licenciatura. Contenidos informativos y comparativos. Exploración sobre algún tema, tópico o que sea congruente con sus asignaturas. Responde a un tema específico sobre una situación particular en donde la demostración de un procedimiento, su metodología de ejecución y su resultado son suficientes.

Maestría. Contenidos que examinan, cuestionan, comprueban o desaprueban una teoría, postulado o postura sobre un tema o área específicos. Propone o reafirma un estudio especial dentro de su disciplina. Reflexiona, critica y desmenuza un tópico específico.

Doctorado. Contenidos de análisis, propuesta y demostración de nuevas teorías. Formula un nuevo conocimiento, una nueva teoría o un nuevo paradigma; mediante su rescate, posicionamiento, inclusión y valoración específicas.

Por asignación de labores. Los proyectos tienen generalmente un esquema de asignación correspondiente con el tipo de función o cargo que se desempeña en las investigaciones. En los proyectos de tesis, el esquema es el asesor o tutor, quien funge como director principal del proyecto. El sinodal es un cotutor o coasesor, y el tutelo es el aspirante al grado académico y quien directamente realiza la investigación. En los proyectos de investigación, resultado de esquemas ajenos a la tesis, existe un director o coordinador de la investigación, y un séquito de colaboradores y ayudantes, cuyo número es determinado por el coordinador y por las normativas mediante las cuales se gesta el proyecto. Los modos o maneras en que las labores dividen sus tareas en la investigación dependen también del tipo de autoridad y sumisión que tiene cada uno de los cargos de asignación.

Por especialización (línea de investigación o expertise). La asignación o solicitud de proyectos de investigación se da de acuerdo con el área de conocimiento en que se desarrolla o se incluye. El nivel aquí corresponde con las líneas de investigación.

Acordes a la formación (Los antecedentes de preparación del investigador). La capacidad o nivel del investigador es en cierto sentido, de acuerdo con su grado académico y su formación escolar complementaria, pero depende también, del entorno vivencial (los caracteres, sutilezas y demás atenuantes en la definición del desarrollo de la persona, entendidos como los que se dan en todos los ámbitos de su vida: un aprendizaje "integral"). Me refiero a la visión particular de la persona, variable por supuesto, pero consagrada bajo el entendido “no suscrito” de lo que es correcto y lo que no.

Acordes a la experiencia de investigación (trayectoria en la investigación). Un nivel de exigencia universal, suscrita y no suscrita en la normativa, en la ética, reflejada en el currículum del investigador, en el número de publicaciones, en su participación en congresos, coloquios, simposios, exposiciones, estancias, conferencias, cursos, talleres, presentaciones, ponencias y demás afluentes institucionales, reflejan hasta cierto punto, la experiencia del investigador.

     Sin estas prebendas institucionales, la experiencia del investigador se percibe en la calidad de su trabajo, sea este escrito, hablado o demostrado en sus proyectos.

Acordes a la capacidad de interiorización (sinceridad de desarrollo en la investigación). Se entiende la interiorización como la capacidad personal de incorporar la reflexión hacia el interior, es decir, de hacer valer mediante el uso de la razón y el sentido, la cualidad de pensar como un paradigma de exigencia y demostración en la investigación. Podría suponerse que la experiencia por sí misma otorga al investigador la capacidad de interiorizar, pero se debe añadir la actitud, del latín aptitudine=postura, es decir, la capacidad de identificar con sinceridad las virtudes y las faltantes en el ejercicio de investigar. Ejemplos comunes de falta de interiorización son visibles a todos los niveles académicos y profesionales. La interiorización es una mezcla entre conocerse a sí mismo y hacer algo por mejorar, verse en un espejo.

     En la investigación, la falta de interiorización se nota en la simple recopilación de datos, en la ausencia de crítica y juicio, en la falta de aportaciones al área, en la repetición de referentes, en el acotamiento a su línea de investigación (área de confort), en una terminología estrecha y no cuestionada, en la falta de articulación y propósito de sus proyectos, en la falta de criterio para seleccionar las fuentes de información, en la incapacidad de conectar los datos directos con los indirectos, en distinguir los datos de los metadatos, etc.

Acordes a la exigencia institucional. Las instituciones tienen programas que incentivan las investigaciones y en muchos casos, las financian. Los gobiernos, universidades y órganos independientes o autónomos gestionan programas para dar becas, estancias, obtención de grados, cursos y participación en múltiples eventos. Cada uno de estos, implica una serie de normativas que deben cumplirse para accesar, desarrollar y culminar las investigaciones. Los niveles de investigación son aquí entonces, acordes a estos tipos y normativas. Por ejemplo, en la UNAM existen numerosos programas que implican gestionar la participación en la investigación por áreas: cátedras, becas, concursos, exposiciones, publicaciones, congresos, etc. Y cada uno tiene por lo regular una convocatoria, en donde se exponen las reglas y requisitos de participación. La estatura de estos eventos depende de la instancia que la promueve y el tipo de exigencia que se espera.

 

TEORÍA Y PRÁCTICA (PROPOSICIÓN Y DEMOSTRACIÓN)

La validez o importancia de los proyectos depende tanto de la manera como se estructuran, como de sus aportaciones. En las investigaciones teóricas y teórico-prácticas, la formulación de teorías, teoremas y demás formas de concreción del conocimiento, se pueden demostrar mediante proposiciones (propositio) y demostraciones (demonstratio=acción y efecto de probar o declarar). En ambos casos, la palabra funciona como vehículo convincente para tales fines (retórica=elocuencia), sin embargo, la recopilación de datos merece en muchos casos llevarse a la práctica, y en esto caben las pruebas, experimentos, prácticas de campo y demás acciones de corroboración. Esto ha llevado a una idea sobre la relación o distancia entre la teoría y la práctica, y las disciplinas que justifican su desenvolvimiento en una o en otra.

 

LA MULTIDISCIPLINA

Si bien la amplitud de la investigación está enmarcada por la formación y la expertise del que investiga, también está limitada por las mismas particularidades de su línea. Los límites de cada disciplina son necesarios para hacer de esta una especialidad, pero también la convierten en un cúmulo de vacilaciones. ¡Ninguna investigación es totalmente ajena e independiente del entorno que la delimita!

     La multidisciplina, entendida en la investigación como la integración de varias áreas con objetivos afines, implica para la metodología un ratio universae scientia dei, una modalidad polifacética, multitemática y polipraxis. Un ejercicio del conocimiento que trasciende la regla del método científico y la concepción de la ciencia como parámetro absoluto e inalterable.

     El ejemplo más emblemático de la multidisciplina es el hombre renacentista, multifacético, tratadista, científico y artista a la vez. Genio. Otro es el ejemplo griego, el de Sócrates, Platón y Aristóteles, el de la instauración de la dialéctica y de la deconstrucción, el de la reflexión por la reflexión. El hombre de la ilustración fue el último rescoldo de la gran disciplina como disciplinas, de la gran incógnita epistemológica. La ilustración propició la enciclopedia, la suma de todos los conocimientos y con ello, la absolución del mito, previamente entremezclados en las formas productivas e idealistas del Renacimiento y del Barroco. El hombre tecnológico de los siglos XIX y XX, no representa en sí mismo a la multidisciplina, pero la promulgó. Los estandartes del capitalismo, que vivieron su origen en la máquina, la estandarización y el consumo, no promulgaron el gran conocimiento, pero asentaron las bases de la epistemología moderna.

     En la investigación, la multidisciplina es la manera en que interceden áreas adyacentes o complementarias a un área o matriz específica.

 

EL ÁRBOL METODOLÓGICO (líneas de investigación y ramificaciones)

Un sino de sinos para el principiante en la investigación, es cómo delimitar su campo de estudio. Los estudios profesionales influyen en esta determinación, pero no la especializan. En la carrera de Diseño y Comunicación Visual, como en otras carreras, existe un área terminal que se llama “orientaciones”, en donde el conocimiento se particulariza. Otra forma de particularizar el conocimiento son los estudios de posgrado. ¿Pero, con estos estudios realmente hay una especialización, una dote, un dominio o una expertise en ese campo? A estos estudios se deben sumar los antecedentes formativos, las habilidades, las capacidades, los intereses, los gustos y las responsabilidades; todos estos, cambiantes, agregados, cuestionados y depurados.

     Un modo de ver el tamaño o extensión de una investigación es compararla con un árbol, en donde el tronco es el campo general de su estudio, y las ramas son las particularidades o especialidades que lo delimitan. Lo que hace que tal árbol sea de determinada especie es su línea de investigación. Lo que determina el tamaño, forma y dirección de sus ramas y hojas, que como ya dije arriba, son los complementos, apoyos o referentes indirectos de otras áreas de estudio. Lo que determine el tamaño del árbol, su firmeza, forma, color y salud, tendrá que ver con su entorno y su mantenimiento: época del año, tierra, viento, agua, abono, sol y poda; que podemos comparar con la manera en que el investigador se gestiona a sí mismo como tal, y lo que eso, de acuerdo a su compromiso y evolución, lo va depurando.

 

IMPORTANCIA DE LOS PROYECTOS

La importancia de la investigación se da debido a su nivel y lo que representa para el conocimiento. Se da de acuerdo con el tema que se investiga y cómo se investiga. Surge de la comparación, la comparación surge del juicio, y el juicio debe provenir de la razón argumentativa, del sentido. ¿Todos los temas son válidos? No. Porque hay comparaciones banales y juicios sin sentido. Porque lo importante debe ser importante universal y repercusivo, no inclusivo. Porque lo particular debe estar imbuido de la razón universal. Porque la regla metodológica es trascendible y porque las cualidades, más que las cantidades, determinan criterios de validación y deben ser también, de auto validación. Círculos completos.

     El ejercicio del conocimiento debe sostenerse a través del sentido que da la razón y no mediante las validaciones identitarias. La identidad es estéril porque se sustenta en el apego al gremio; la razón se funda en el argumento ¿Qué tesis puede sostenerse bajo la frase soy diseñador y por eso merezco respeto? ¿Qué sentido tiene defender al gremio en la exposición particular de un proyecto? La pertenencia a un grupo de trabajo, académico o a un área profesional no resulta porque sí en la validación de todo lo que se hace en él.

     Los proyectos son importantes porque incentivan el conocimiento. Mejor, el máximo conocimiento.

 

LA INVESTIGACIÓN COMO RAZONAMIENTO

Pensar y razonar no son lo mismo. Para que los pensamientos puedan adquirir una aportación argumentativa requieren de la razón, de otra manera cualquier factor inducido por la percepción y la sensibilidad sería investigar. Aprender a pensar y a razonar no solamente se sirven de la cognición para entender el mundo, sino de una estructura capaz de organizar y priorizar lo que merece ser investigado. Este ejercicio se logra mediante la deconstrucción y la decodificación. El lenguaje parece ser el mecanismo más eficaz para convertir en razones nuestros pensamientos debido a la paridad denotativa que tiene en la nominación de todo, sin embargo, la percepción y el lenguaje no verbal nos permiten concebir el mundo bajo parámetros distintos, propios del empleo de los sentidos y de formas de construcción mediante la imaginación, las ideas, los sueños, los recuerdos, la praxis, la intuición y la mimesis. Aunque la validez de la investigación sin la presencia del lenguaje es permisible, los medios mediante los cuales se comparte, publica o aterriza en una estructura convincente son mediante un texto.

     Razonar, estructurar, verbalizar y otorgar sentido a nuestras investigaciones, es un proceso que se aprende comprendiendo el método, implicando un nivel de esfuerzo y responsabilidad, y haciendo corresponder el lenguaje a los contenidos o ideas. Y esto lleva tiempo ¿Cuánto? Depende del compromiso, habilidad, persistencia, constancia y conciencia del investigador. Hacer una tesis apenas introduce a la investigación, pero no logra generalmente cuajar en la persona un sentido de razonamiento, las más de las veces es sólo un cumplimiento académico, un trámite administrativo. En muchos proyectos de investigación profesional sucede lo mismo, o peor, porque el requisito antepuesto a la argumentación solo es útil para llenar el currículum, tener la promoción o mantener una beca.

     La articulación entre la investigación y la razón se da entonces, cuando la combinación asertiva y equilibrada entre su propósito y su sentido, priorizan por el ejercicio del conocimiento: se buscan datos, se cuestionan, se plantean soluciones, se comparan posturas, se interceden dudas, se agotan recursos, se buscan palabras, se invierte tiempo, se lee exhaustivamente, se administran las tareas, se sopesan los esfuerzos, se abren expectativas, se inconforman satisfacciones, se añaden complejidades, se inducen perspectivas, se sacrifican conformidades, se construye un criterio…

 

 

EL GUSTO.

No hay aforos a la medida, ni normativa capaz de discernir lo que merece o no merece ser investigado, ni ética en lo que debe y no debe, ser publicado o premiado. La decisión de elección es libre, pero está sujeta a la capacidad de quien la realiza y, sobre todo, a un espécimen amorfo y definido a la vez: el gusto. Si el gusto es esencial en la elección del tema, es entonces una decisión personal. ¿Pero y los encargos y el trabajo en equipo? Lo colectivo es individual con la aceptación y el compromiso. Lo impuesto es individual con la idea del trabajo que se respalda en sí mismo: la responsabilidad. Los gustos son superlativos cuando no parten de recursos argumentativos. La normativa del gusto descansa, como un fantasma, en la conciencia ética, en la especulación visionaria, en la convergencia cognitiva y perceptiva y, sobre todo, en la sinceridad humana. Con el gusto se satisfacen intenciones, pero también se justifican dolencias. No hay relatividad que justifique nada, el gusto es un aliciente que se aprende, se desarrolla y se moldea. Los árboles frondosos de la investigación dan frutos amargos, pero son plenos, son bellos y son antiguos, permanecen de pie. La amargura del fruto es amarga sólo a los paladares enfermos y primerizos. A los necios también, que no saben distinguir lo que vale la pena de lo que no; o que distinguen muy bien, pero anteponen las conveniencias superficiales al conocimiento.

     Con el gusto viene el criterio de selección y con éste el calificativo, evaluativo y crítico: el juicio. Lo que es, lo que puede ser y lo que debe ser. Los indicadores no son institucionales ni comerciales, no son los números de ediciones ni el renombre de las autoridades, no son tampoco las legislaciones ni las asignaciones. Son los contenidos. Este equilibrio entre el saber, la razón y el deseo es el juicio. En el saber está la confirmación del mundo, en la razón está la elocuencia de su significado, y en el deseo está la visión comparativa de sus elementos. Tener, querer o deber saber representa por sí mismo un esquema inicial de selección. Pensar, imaginar y discurrir es la herramienta del sentido, lo que valida la posición del tema frente a lo demás. Anhelar y soñar son para la investigación la clave del arco que sostiene su posición.

    El espectro en que se distiende la razón entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo bello y lo feo, entre lo bueno y lo malo, entre lo que me gusta y no me gusta requiere de una misma directriz racional: el argumento. Y el argumento, libre de prebendas jerárquicas entre disciplinas, es la elocuente manera de disentir sobre lo que ya se sabe, sobre lo que debemos o podemos saber y sobre lo que podríamos saber. Es también la racional manera de interceder en la duda. Es la suma de determinaciones que intercede entre la falacia y la veridicidad. La corroboración sublimada de experiencia sensorial, memoria y conciencia.

     Así, el juicio es una dote en la que todos participan, pero que nadie acepta.

 

SOBRE EL ESTADO ANÍMICO DE TRABAJO

La investigación es un proceso que implica tiempo, esfuerzo y disposición integral. Y con ello viene por default el dolor, el sudor y el cansancio ¿Por qué tendría que ser fácil? ¿Por qué tendría que ser en poco tiempo? ¿Por qué sin sufrimientos? ¿Por qué sin presiones? De las dolencias más recurrentes en la investigación están más presentes las intelectuales que las físicas. Aprender es por sí misma una labor que requiere sacrificios. Si al alumno le interesa la calificación más que el aprendizaje, más el espectáculo que la exigencia, más el grado que el conocimiento o más el estatus que el compromiso; o si al profesor le interesa más el dinero que su formalidad, más el descanso que el sacrificio, o más el escalafón que su ejemplo; o si al director le interesa más la autoridad que coordinar los proyectos, más la promoción que la cordura, o más la política que la academia, tenemos, además de un espectro amplio de conveniencias, faltas administrativas y éticas.

     La virtud intelectual en el proceso de investigar implica, como parte de su interiorización, saber identificar y sopesar los aciertos y los desaciertos, y los logros y las frustraciones. Las medianías, que no son otra cosa de equilibrar los ingredientes que componen las razones inmateriales de la investigación, fluctúan entre la teoría y la práctica, entre hacer y pensar, entre saber y proponer, entre la información y la crítica, entre razón y cerrazón, entre la extensión y el contenido, entre lo general y lo particular, y entre lo pertinente y lo impertinente. ¿Cómo se hace esto? Regresamos a la idea de sinceridad y responsabilidad: interiorización.

 

CÓMO HACER UNA INVESTIGACIÓN

¿Cómo elegir un tema de investigación? Identifica tus habilidades, tus experiencias y tus intereses sobre un tópico particular y luego aterrízalo en palabras. Escribe un título a tu investigación que suene lógico, sencillo y nada pretencioso. Debe existir una lógica entre lo que sabes hacer, lo que has practicado y lo que te interese. No antepongas el gusto a lo demás, la lógica está en que antepongas un criterio asertivo. ¿Para qué quieres investigar algo que te gusta, pero para lo que no tienes ninguna aptitud sincera? Si no tienes habilidades en tu área de estudio, ni experiencia alguna y trabajas sólo con el puro gusto, lo más probable es que tu investigación sea caótica. Antepón el conocimiento al sentimiento, la razón al sueño, la lógica a la locura… No importa si el tema que decides investigar se ha investigado o no, lo que importa es el enfoque que le des.

El protocolo es un punto de arranque. El protocolo es un documento escrito en el que se plantea una organización o plan de trabajo para una investigación. La estructura de un protocolo cualquiera contiene un título, un subtítulo, planteamiento del problema, objetivos generales, objetivos particulares, metodología de trabajo, hipótesis, propuesta de índice con capítulos y apartados, fuentes de información (bibliografía) y cronograma de trabajo. Su construcción es pertinente para un primer planteamiento de investigación y para comprender la viabilidad de un proyecto.

Marco teórico o referencial. Es la recopilación de información existente y referente que incluye antecedentes, teorías, conceptos, postulados y variables escritas o planteadas sobre el motivo de estudio. Se realiza revisando la bibliografía sobre el tema, y ordenando, clasificando y categorizando los conceptos. También se le llama estado del arte o estado de la cuestión.

Palabras clave. Las ideas o los conceptos principales o nodales de una investigación, que tienen una nominación o terminología son palabras clave.

Terminología. Es el conjunto de palabras propias o ajustadas a un área específica del conocimiento. Su definición final o flexible se da en función del tipo de conocimiento o disciplina que trata, en donde la argumentación y la lógica determinan descripciones únicas o varias.

Etimología. El estudio del origen lingüístico de las palabras es útil para sustraer puntos de referencia descriptivos o reflexivos. En la terminología se dispone de significados universales o particulares, acepciones, sinónimos, antónimos, adjetivaciones, jergas y demás variaciones propias de contextos semánticos múltiples. Cuando se recurre a la etimología se tienen bases lingüísticas para respaldar, contradecir o añadir los significados de los términos del área que se estudia. En cualquier investigación, si no se discurre en el significado de los términos, no se cuestiona el sentido de éstos y no se profundiza en el motivo de estudio. La etimología y sus variantes terminológicas ayudan también a respaldar las premisas en la investigación.

Estructura del documento. Es similar al protocolo, pero no es un punto de arranque sino una definición final universal. De principio a fin, comprende una carátula con el título y subtítulo de la investigación. Un índice con capítulos que a su vez se dividen en apartados, secuenciados numéricamente y señalando la ubicación de cada uno por páginas en el cuerpo del texto. Una introducción. Un cuerpo de texto acorde con lo señalado en el índice. conclusiones y bibliografía o cualquier otro tipo de información o fuentes de consulta. La extensión depende del nivel de la investigación y de la capacidad de solvencia o correspondencia entre las ideas contenidas y el texto.

Tiempo de elaboración. Depende del tamaño de la investigación y de su complejidad. Y depende también de la capacidad de organización del investigador.

 

 

 

miércoles, 24 de noviembre de 2021

EL HOMBRE POLICÉFALO


Había una vez un hombre común y corriente que tenía muchas vidas, no porque viviera mucho o porque resucitara cada vez que se moría, sino porque tenía muchas cabezas en su alacena, mismas que se intercambiaba cada vez que quería. Había descubierto una fórmula infalible para que su tejido se regenerara y cicatrizara ipso facto cada vez que se quitaba y ponía otra cabeza. Su colección de cabezas era múltiple en personajes; tenía cabezas de hombres, mujeres, viejos, jóvenes, guapos, feos, rubios, morenos, pelirojos y por supuesto, su propia cabeza. Lo único que tenía que hacer era quitarse su cabeza con ambas manos jalándola hacia arriba y ponerse otra presionándola contra sus hombros. Su secreto le permitía mantener las cabezas en perfecto estado y que su salud física nunca se deteriorara por la incompatibilidad de tejidos. Las células de su cuerpo se fusionaba con las de las cabezas, permitiendo que los vasos sanguíneos, nervios, huesos y tejido muscular se hicieran uno con las cabezas en cada intercambio.

     Cada vez que se ponía otra cabeza, podía ser otra persona, lo cual le daba oportunidad de hacer todo tipo de tratos, relaciones y jugarretas con la gente, que no podría hacer siendo él mismo. Digamos que usaba su truco para esconder su propia identidad y así interactuar con el prójimo. Le pasaba más o menos como a los actores, que deben interpretar un personaje, con la diferencia de que no debía maquillarse, usar una máscara, peluca, ni un disfraz convincente. Su personaje era de carne y hueso y sus efectos especiales eran reales. Con cada cabeza adquiría las dotes que tiene cada persona a través de su cabeza: la voz, gestos faciales, y todo lo que se hace o expresa con la cabeza, como comer, estornudar, toser, llorar, escuchar, ver, sentir, etc. 

     La pregunta importante no es cómo le hacia con su vida personal real, sino cómo hacia para sostener un nivel anímico con tantas personalidades, para manejar el tiempo y para justificar a la gente quién era. 

La respuesta principal es que vivía sólo, eso le daba un margen de operación, y que nadie supiera su secreto, claro. 

     De su repertorio de cabezas tenía tres favoritas, una era de un viejo con cara de mapa, un rostro lineal en todo el sentido de la palabra. Le gustaba porque su voz era similar a la de un locutor, grave, de volumen firme, sensual y sin estribillo, lo que le daba al rostro un aire de seguridad y sapiencia, un rostro erudito. La otra era de una señora que lindaba los 40, de pelo quebrado, nariz recta y fina, con una somera división en la punta, de tez blanquísima, como la de una mujer renacentista pintada por Holbein, una mujer malhumorada a más no poder, pero deseosa todo el tiempo de compañía. La tercera era la cabeza de un afeminado. Un rostro mordaz y sexy enmarcado en una cabellera espesa y negra, de unos treinta años, de mirada penetrante, labios abultados y mentón saliente, con voz chillona y quejosa a la vez. Con esta cabeza se hacía pasar muy bien por un defensor del lenguaje inclusivo y los derechos humanos. 

     Tenía en su closet un abanico de ropajes. Todos de la misma talla, pero algunos con adaptaciones para verse más gordo, más magro o más musculado. No eran disfraces, eran ropas comunes que combinaba con la personalidad de cada cabeza. Su espejo hacía las veces de confidente y de juez de pasarela. 

     Gracias a sus metamorfosis, podía detener parcialmente el tiempo, pues la vejez resultante del deterioro de la carne no intervenía en su cuerpo cuando portaba otra cabeza. Además del tiempo, su conciencia de ser se había transformado. Sus dotes de actor policéfalo le dieron la oportunidad de "ser" muchas veces sin el deterioro emocional de ser él mismo, de tal manera que, al no tomarse en serio en cada personaje, podía verse a sí mismo a distancia, sin inmiscuir sus verdaderos sentimientos y emociones. Su cabeza original había pasado a ser uno más de sus disfraces. 

     Con la interacción cotidiana y con los cambios frecuentes de cabezas, terminó por confundir una con otra, así que por momentos trataba con la gente con una cabeza como si fuera otra, al punto de perder objetividad para los demás y para sí mismo. Cuando la falta de objetividad que le daba la identidad comenzó a ser más frecuente, terminó por darse cuenta que no era "ser" uno u otro en cada cabeza, sino no "ser" nadie y al mismo tiempo "ser" todo en sí mismo. Entonces dejó ser quien era, o más bien, quiénes era. 

     No se trataba de insensibilizacion porque para la presencia del ser se acepta su contraparte: lo sensible, en donde caben todo tipo de susceptibilidades. Era más bien desapego. El "ser" es primero por la presencia física y la conciencia, y luego por la afectación exterior, que incide en las acciones y en las ideas. La mente aquí participa muy poco y la planicie del ser desapegado nada tiene que ver con las identidades. El hombre policéfalo adoptó entonces una actitud desprendida. La máscara de sus identidades ya no le era útil para su satisfacción, sino para un propósito impersonal. Dejó de importarle el placer de sentirse y de hacer sentir a los demás alguien que no era, y dio paso a la acción libre de intereses, en donde sus sentimientos ya no tenían sentido. Sus acciones entonces se convirtieron en propósitos solubles pero firmes. La relación con la gente que trataba se convirtió en un reto y las importancias en desprendimiento. 

     Un amigo mío, budista por vocación, hubiera jurado que llegó al Nirvana. Otro, profesor de filosofía, hubiera sugerido que se convirtió en estoico, aunque lo racional en este caso no tuviera mucho que ver. La realidad del hombre policéfalo no fue ni lo uno ni lo otro. Se convirtió en lo que somos todos los seres humanos, un yo infinito que no se reconoce en sí mismo, sino en todos los demás.