LA CONCIENCIA MEXICANA DE LA MUERTE EN SU REPRESENTACIÓN ARTÍSTICA Y POPULAR
La morphé
del cuerpo es la forma humana, la medida de las cosas, el estado material del
ser; y el ánima es el ser incorpóreo,
el espíritu, el complemento etéreo. “Todos los seres vivos tienen un alma, si
por alma entendemos el acto primitivo de un cuerpo natural que tiene la vida en
potencia… En el nivel más elemental de nuestra vida encontramos un acto del
alma que Aristóteles designa como el alma
nutritiva. En ella se encuentra la capacidad de asimilar para vivir, y esta
capacidad no sólo es común al hombre y a los animales, sino a todos los seres
vivos” (Xirau, 1964. Pág. 79).
La imagen de la muerte
mexicana es sin lugar a dudas la que parte en primera instancia de su
cosmogonía prehispánica: Decir que había niveles hacia arriba denominados cielos y niveles hacia abajo como inframundo es una manera de hacer el
espacio mítico prehispánico más comprensible y conveniente a nuestra cultura
“Conviene decir que concebían los nahuas estos (cielos) a modo de regiones
cósmicas superpuestas y separadas entre sí por una especie de travesaños” (León
Portilla, Miguel. Pág. 114). La representación del espacio hacia arriba y hacia
abajo se encuentra en el Códice Vaticano. Ateniéndonos a los niveles inferiores
por cuanto el tema que nos importa, baste mencionar que están constituidos por
nueve estratos, denominados como nueve inframundos porque supuestamente
representan las etapas que atraviesan los muertos; son espacios míticos obligatoriamente
transgredidos por las personas que morían de determinada manera. Así, al Tlalocan llegaban los que habían muerto
en cualquier forma relacionada con el agua: los ahogados, los que habían caído
fulminados por el rayo, así como los hidropónicos y los gotosos. A Cihuatlampa iban las mujeres muertas en
parto y los guerreros muertos en guerra; éstos últimos acompañaban al sol en su
travesía desde su salida hasta el cenit del mediodía; y las mujeres Cihuateteo lo acompañaban hasta el
ocaso. Al Chichihuahuauhco (lugar
del árbol de la nodriza) iban los niños que morían sin haber alcanzado uso de
razón. El último nivel, el Chiconaumictlan
(Lugar del silencio) es, según menciona Sahagún, el nombre donde los muertos
encontraban el noveno inframundo: “Solamente el perro bermejo podía bien pasar
a cuestas a los difuntos, y así en este lugar del infierno que se llama
Chiconaumictlan, se acababan y fenecían los difuntos” (Sahagún, Bernardino de.
Cap. I, 3er libro).
El phatos prehispánico es una
relación entre su mundo terrenal y su mundo mítico, en donde la muerte
determina un ligamento que los une. El valor del mito es algo que no sólo es real, sino que constituye, ordena y
conserva la realidad tangible del hombre y todo cuanto existe.
La imagen de la calavera (término
genérico para el esqueleto descarnado) tiene presencia en las ofrendas
mortuorias prehispánicas, en los cráneos de cristal y obsidiana, en las
máscaras de barro y jade; y ya en etapas posteriores a la Conquista, en los
grabados, vanitas, en la escultura mortuoria, exvotos, piras y en las múltiples
representaciones regionales, propias de cada grupo étnico. El origen burlesco del
recurso de la imagen de la calavera para la representación de personajes
públicos proviene de finales del siglo XVIII en impresos satíricos populares. “…
a partir de la parodia burlesca de que en su Quijotita nos habla Fernández de Lizardi, comenzaron a aparecer
impresos satirizando funerariamente a los personajes políticos y a las gentes
más popularmente conocidas.” (Fernández Ledesma Gabriel, en Macazaga Ordoño, César. Pág. 13). Un texto en verso
acompañado de una ilustración del personaje aludido denominado como
“calaverita” vino a ser el epítome de la representación de la muerte en México,
conjuntado con otras imágenes predispuestas mediante objetos múltiples: el papel
picado, los esqueletos de cartón y barro, la flor de cempasúchil
(cempoalxóchitl), los padrecitos con cabeza de garbanzo, los ataúdes, los
cráneos de azúcar, el pan de muerto, etc.
Este carácter sistemático de la muerte representada, reflejada en los
cráneos, esqueletos, ofrendas y demás ajuares del ámbito popular, tiene que ver
con una inquietud propia del sincretismo y de su adaptabilidad a nuevas
imposiciones e inclusiones recientes (y
no tan recientes), con sus consecuentes representaciones. Por eso, el sentir
del mexicano (su phatos) en sus
manifestaciones visuales sobre la muerte implican una morfología (ya descrita) y
una “conciencia multifacética”: en parte propia de su origen prehispánico y en
otra parte de su sincretismo multicultural, derivado o consecuencia de una
cultura globalizada, o como menciona Gilles Lipovetsky: Cultura Mundo. El mexicano no se ríe de la muerte (como se dice), más
bien responde por inercia a su herencia cultural y si se ríe de algo en estas
representaciones mortuorias burlescas con calaveras, es sobre lo efímero de la
vida, que es diferente. El mexicano reconoce una curiosidad y un pavor
tremendos ante la idea de la muerte (cualidad humana universal) y es consciente
de ello; pero no es consciente, aun cuando lo ejerce y lo demuestra, de una
estética y de una poética en la idea de la muerte y en cómo la representa: es
su memento mori. “Si no morimos como vivimos es porque realmente no fue
nuestra la vida que vivimos: no nos pertenecía como no nos pertenece la mala
suerte que nos mata. Dime cómo mueres y te diré quién eres.” (Paz, Octavio. Pág.
21). Por eso para el mexicano la presencia de la muerte es una constante en su
vida: si todos ya estamos muertos por
el simple hecho de estar vivos, entonces vivamos
como si estuviéramos muertos.
Se reconoce como la primera calavera literaria y gráfica de México a “La
portentosa, emperatriz de los sepulcros, vengadora de los gravios del altísimo
y muy señora de la humana naturaleza” de fray Joaquín Bolaños (1741-1796) con
grabados de Francisco Agüera Bustamante, que demuestra, o más bien se atreve a
representar lo efímero de la vida en la representación de la muerte. La muerte
es a partir de entonces un personaje mítico, por cuanto su inexorable presencia
en el proceso de la vida, pero es sobre todo una presencia tangible, de “carne
y hueso”, es decir, que viste y calza como
los vivos.
Sobre la obra de José Guadalupe Posada (Aguascalientes, 1845-1913)
merece mencionarse en primera instancia, bajo lo aludido, que no fue el
inventor de la calavera popular, pero sí quien le otorgó una definición
absoluta. Primero, de su obra sólo los interesados y estudiosos saben de sobra
que sus temáticas fueron diversas y que su faceta en la representación de calaveras
es tan sólo un breve apartado; y segundo, que a través de sus calaveras no hizo
más que continuar una tradición de poco más de un siglo. Pero el “arte” de
Posada en las calaveras resume después de todo la idiosincrasia del mexicano
decimonónico, que después se convirtió en revolucionario y luego en nostálgico
y folklorista. Parece indiscutible la idea de la muerte en México sin la Calavera Catrina de Posada. Su precisión
gráfica retrata la cultura mexicana de su época, propia de la élite porfiriana: catrinas y lagartijos afrancesados. Sobrada inclusión moderna de su imagen
como emblema del día de muertos, del arte mexicano y de la cultura popular.
La calavera de azúcar es la herencia del cráneo de cristal, del
tzompantli moderno y de la ofrenda mortuoria prehispánica. Su representación no
sólo evidencia la identidad del difunto descarnado, sino la herencia del
decapitado y del trofeo redimido. Con las guerras de conquista los españoles
vieron a sus caídos decapitados: cristianos y caballos; ensartados en varas sobre el muro
emblemático. Con la conquista espiritual deviene la inclusión sincrética del
dulce de confite o del alfeñique,
pasta comestible moldeada en forma de cráneo. Su material consumible tampoco es
ajeno. La infinidad de fiestas prehispánicas con fines rituales y ceremoniales
incluían la confección de figuras comestibles: de masa de maíz, de amaranto, de
carne y de mezclas exorbitantes que agregaban chile y carne humana. El pan,
también de masa moldeable, es herencia española y prehispánica. Las figuras de
muertos y de huesos apilados sobre un montículo son ejemplos vivos.
La conciencia de la muerte mexicana en su representación es la suma de
su herencia precolombina (ceremonial y mística); la manutención de las
tradiciones populares, sobre todo del día de muertos en noviembre; la
exaltación de la religión y el mito, así como la diatriba sobre el antagonismo
entre el Día de muertos y el Halloween.
Bibliografía.
- León Portilla,
Miguel. La filosofía náhuatl. UNAM. 1983, México.
- Xirau, Ramón. Introducción a la
historia de la filosofía. UNAM. 1964, México.
- De Sahagún, fray Bernardino. Historia
general de las cosas de Nueva España. Porrúa, col. Sepan Cuántos no. 300.
2010, México.
- Macazaga Ordoño, César. Posada y
las calaveras vivientes. Editorial Innovación. 1979, México.
- Bolaños, Joaquín. La portentosa,
emperatriz de los sepulcros, vengadora de los gravios del altísimo y muy señora
de la humana naturaleza. 1792. México.
- Paz,
Octavio. El laberinto de la soledad; postdata; vuelta a el laberinto de la
soledad. Fondo de Cultura Económica. 1975, México.
No hay comentarios:
Publicar un comentario