miércoles, 4 de febrero de 2026

LA PERSISTENCIA DE LA RAZÓN

 

La versión de Disney de la reina de corazones

Domesticar lo trágico de la vida está en la persistencia de lo que se hace. No para someter a la realidad. No para comulgar con las identidades y las susceptibilidades. No para enaltecer los sueños y la magia. Sino para aprovechar al máximo el tiempo, el esfuerzo y todo factor de subsistencia. Si ya estamos aquí entonces hagamos lo que tenemos que hacer; y si es posible, hagámoslo tan bien que lo vivamos bien.

Si la práctica hiciera al maestro, bastarían pocos años para tener buenos políticos, buenos maestros, buenos herreros, buenos albañiles, buenos padres, buenos ciudadanos...
La construcción del yo, que es paralela a la del trabajador, el profesionista o el artesano, se nutre de acciones, no de teorizaciones, pero una minima dosis de racionalidad es siempre necesaria para enaltecer el trabajo, para que valga la pena lo que se hace y entonces sí, la persistencia dé frutos. Consciencia.

Hay gente que lleva años practicando su oficio y siempre lo hace mal. Entonces no es la práctica solita, es la pertinencia de lo que se hace, que es la conjunción entre un buen esquema o modelo de instrucción y una buena dosis de compromiso. ¿No nos quejamos siempre del otro que no hace las cosas bien? ¿No son ellos los que repetidamente, después de hacer lo que hacen mal, no lo depuran? Aquí nada tiene que ver si la acción es un oficio o una profesión. Puede ser la vida misma, que requiere por simple subsistencia, que las cosas se hagan bien, que se respete el dinero, el tiempo y la energía del otro. Un simple servicio mal hecho de tintorería, cerrajería o mecánica es suficiente para no volver más. Los negocios no truenan por mala estrategia, sino por mala producción. Si el dentista se empeña en quitarle la muela al paciente, con un argumento que sólo él entiende, será suficiente para ganarse unos pesos de más. Y cuando otro dentista le dice que eso no era necesario, el primero habrá perdido un cliente.
En la formación es lo mismo. Una estudiante de mi clase de dibujo me dijo que la práctica hace al maestro. ¿Por qué entonces no hacen eso? ¿Por qué se conforman con tres ejercicios de acuarela que tienen que entregar al maestro en vez de hacerlo cien veces por su cuenta hasta dominarlo? ¿Por qué regatean el costo de los materiales, el esfuerzo, el compromiso? ¿Qué es entonces para ellos el tiempo? ¿Que algún día lo harán, que alguien lo haga por ellos o que se haga solo?
Regresamos a la culpa del otro, ese que hace las cosas mal. Yo no.

La práctica sin pertinencia no genera super dotados, al contrario, produce conformistas, criticones, quejosos y corruptos. Dibujar mil veces lo mismo hará al maestro si lo que se dibuja y cómo se dibuja contiene los elementos suficientes para validar su pertinencia. Hay cosas que si se repiten, sirven para aprender a dibujar, y hay cosas que no sirven para nada, por muy bonitas o sabrosas que sean.
Dominar la acuarela requiere primero aprender bien la técnica y luego repetirla. Aplicarla mal y repetirla mil veces es hacerla mal mil veces, y eso no hace a nadie maestro. El espacio para repetirla no está en la clase, está en quien realmente abre un espacio porque quiere hacerlo. Los referentes ayudan, pero cuando el profesor no da la pauta correcta para referirlos bien, el alumno chifla en la loma.

Y que no se nos olvide, el alumno no sabe, el que sabe es el maestro. —¿Cómo que el maestro tampoco sabe? —¿Cómo que el alumno cuestiona al maestro?—

En el país de las maravillas la locura y el sinsentido hacen parecer que la loca es Alicia.
—¡Que le corten la cabeza!— Al fin y al cabo la persistencia de la razón vale un comino.