lunes, 24 de agosto de 2015

PLÉYADE DE CULTURA EN EXPOSICIONES


Imagen de "Animal Político"

Muchos aspectos intervienen en cuanto a número de personas que asisten a los espacios culturales en México y en el mundo. En México, para lo que nos concierne sobre exposiciones, la cultura se relaciona con niveles de educación, interés, conocimiento, ratificación, culto, moda, espectáculo y morbo. Cientos de exposiciones al año de artistas denominados ahora como "emergentes" se realizan en museos, galerías, casas de cultura y todo tipo de espacios. Se inauguran con unos cuantos invitados, regularmente con presupuestos raquíticos, sin catálogo, sin vino de honor (las más de las veces con refresco y papas fritas), con paredes resanadas, mamparas rotas, arañas secas en el techo y con asistencia prioritariamente de amigos y familiares. El número de artistas que busca un espacio para exhibir su obra ha cobrado una potencia inusitada, satisfaciendo tal requisito (curricular, vivencial y en algunos casos económico) con asistencias mínimas o nulas en el tiempo que dura la exposición. Los apoyos de logística y difusión de las exposiciones, en gran parte responsables de los espacios que lo organizan, justifican las ausencias. La falta de un reconocimiento o de una firma establecida es otro punto en contra para los exponentes. Por otro lado: el público. El público asiste a una exposición de arte, primero porque se entera de ello; y en eso los medios de comunicación y difusión determinan tal información. Luego, porque el "perfil" del contenido de la exposición les motiva o no les interesa con lo que es su propia cultura: es conocido o no, es de tal época, de tal estilo o corriente artística, es exclusivo, nunca ha venido a México, etc. Y en tercer lugar por la experiencia directa de haber "visto", en vivo y a todo color, las obras exhibidas. En un país en donde los porcentajes de gente que no lee son exorbitantes, en donde la educación, no sólo la de las aulas sino la de toda interacción social es deplorable, en donde la gente prefiere gastar su dinero en un I-phone de quince mil pesos aunque no tenga ningún libro en su casa o en donde prefiere "amarrarse la tripa" para irse a Acapulco o al concierto de su "artista" favorito, es obvio que no existe tampoco una cultura visual para apreciar y valorar al dibujo, pintura, arquitectura, fotografía o grabado. Las élites que generan cultura y quienes la consumen se han visto contravenidas a su usual esquema. Los límites entre la denominada alta cultura, cultura popular, subcultura y cultura del consumo se han fracturado o marcan sus límites con permisibles excepciones o con telas de manta de cielo por donde todo pasa de un lado al otro.
     El Palacio de Bellas Artes atiborrado de gente es un indicador de la afortunada situación que permite a un número exhorbitante y efervecente de personas, ver en vivo las obras de Leonardo o Miguel Ángel que no pueden hacer con un viaje a Europa pero sí con una desmañada, una fila eterna y una paciencia olímpica en el Distrito Federal. 
     Rafael Tovar y de Teresa, titular del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes califica en su twetter de "exitosa" la exposición de los grandes maestros del Renacimiento y la complementa con infinidad de sutilezas avenidas de detalles anecdóticos sobre la vida y la obra de los artistas. ¿Es realmente eso un éxito? Si el propósito de los espacios culturales es que se llenen de gente, sí. Si es un logro que se traigan obras que jamás habían pisado suelo mexicano, también. Si la posibilidad de quienes no pueden viajar a Europa se habilita con las gestiones interculturales pertinentes entre países, embajadas e institutos para ver las obras aquí, también. Lo otro, no lo cuantitativo, sino lo cualitativo que resulta de la visita de la gente a las exposiciones como simple espectáculo, no tiene más mérito que la curiosidad, el morbo y el dejarse llevar; pero si con ello se abren las posibilidades a un acercamiento (al menos fortuito) de la gente a la cultura y eso resulta después en un interés acrecentado o un ímpetu en la formación del individuo, también es un éxito. Si de eso se enfatiza la importancia educativa y la aportación social de las Artes frente a los clichés de apreciación de las Ciencias, también. 
     El triunfo de las obras de Miguel Ángel y Leonardo en el Palacio de bellas Artes no radica en sus obras realmente, sino en la mitificación que se ha construido sobre ello y en cómo colaboramos en mantenerlo vivo. No en balde después de quinientos años, los vemos a la distancia, no como personas, sino como seres divinos; y los vamos a adorar al templo de templos del arte en México: el Palacio de Bellas Artes.




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